Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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EL ARTE DE LA CAZA
La velocidad de la camioneta blindada devoraba la carretera interestatal mientras la tormenta, hasta entonces una simple llovizna, se transformaba en una cortina pesada de agua. Los limpiaparabrisas trabajaban a un ritmo frenético, barriendo el agua de la luna delantera mientras los potentes faros de xenón cortaban la penumbra del trayecto. El habitáculo reforzado aislaba casi por completo el bramido del motor de ocho cilindros, creando un microcosmos de tensión concentrada donde cada respiración pesaba.
Isabella no apartaba la vista de la pantalla integrada en la consola central del vehículo, la cual transmitía en tiempo real las cámaras de seguridad del perímetro de su residencia en Las Mercedes. Los monitores mostraban a los guardias de seguridad privada moviéndose con orden, apostados estratégicamente en la entrada principal, las tapias laterales y la terraza superior.
Los niños seguían dormidos; las cámaras de sus habitaciones confirmaban la tranquilidad en la que Bruno y Mía permanecían ajenos al infierno que se desencadenaba afuera.
Sin embargo, la calma aparente no engañaba a ninguno de los dos.
—No concuerda, Kael —dijo Isabella, rompiendo el silencio táctico. Su voz no denotaba miedo, sino esa frialdad analítica que la había coronado en el mundo corporativo como la Viuda de Hierro—. Roberto no tiene los contactos ni el capital líquido para orquestar una emboscada con armamento pesado de manera improvisada. Si tenía esa logística lista, significa que la fuga no fue un acto desesperado tras su arresto.
Estaba planificada como su plan de contingencia desde antes de que entregaras los audios a la fiscalía.
Kael apretó el volante de cuero acolchado, sintiendo cómo los nudillos se le ponían blancos.
En su mente trazaba el mapa de influencias de los Thorne, revisando cada alianza, cada favor debió y cada cuenta en paraísos fiscales que había auditado en secreto semanas atrás.
—Tienes razón —admitió él, con la mirada clavada en el asfalto mojado—. Liberar a un preso de alto perfil de un convoy policial requiere inteligencia militar previa, rutas de escape despejadas y un punto ciego en la cobertura de radar de la ciudad. Silvia y Roberto no trabajaban solos.
Alguien más financió esto... alguien dentro del propio círculo de poder de Kronos o de la fiscalía.
El teléfono integrado de la camioneta parpadeó con una llamada entrante a través de un canal encriptado de nivel tres. Kael presionó el botón en el volante para contestar sin desviar la atención de la conducción.
—Habla —ordenó Kael.
—Kael, soy Héctor. Acabamos de interceptar una triangulación de señal satelital en la frecuencia privada de la familia Thorne —la voz de su jefe de seguridad sonaba entrecortada por las interferencias de la tormenta—. No están avanzando hacia la ciudad. El rastreo de la celda de origen indica que la llamada de la emboscada salió de la zona industrial norte, cerca de los viejos astilleros.
Isabella se inclinó hacia la consola, frunciendo el ceño.
—¿Los astilleros? Es el único puerto privado que no está bajo la jurisdicción directa de la Guardia Costera —dedujo ella de inmediato—. No intenta atacar la residencia para cobrarse una venganza inmediata. Está intentando huir del país por vía marítima antes de que el espacio aéreo quede cerrado por completo.
—Pero no se iría con las manos vacías —añadió Kael, ralentizando ligeramente la marcha al aproximarse a una bifurcación en la autopista—. Roberto es un tipo orgulloso e impulsivo. Si sabe que lo perdió todo —las acciones de Aero-Logix, la custodia de sus nietos, su reputación y su fortuna—, no se marchará sin intentar asestar un golpe mortal.
—Quiere forzar una negociación —susurró Isabella, atando los últimos cabos—. Sabe que tú y yo estamos juntos en esto. Si no puede llegar a los niños porque la casa está blindada, nos buscará a nosotros. La emboscada no fue para esconderse; fue el cebo para sacarte a ti de la torre Kronos y a mí de mi entorno seguro.
Kael sonrió de lado, una sonrisa sombría donde el antiguo predador que solía ser volvía a asomar la cabeza, aunque esta vez movido por un propósito completamente distinto. Ya no luchaba por el control de un mercado ni por el sometimiento de sus rivales; luchaba por proteger el futuro que acaba de vislumbrar horas atrás en su oficina.
—El viejo cometió un error de cálculo grave —murmuró Kael, cambiando de carril de manera decidida y tomando la desviación que llevaba directo hacia la autopista industrial del norte—. Creyó que nos pondríamos a la defensiva y nos encerraríamos a esperar a las autoridades. No sabe que el cazador ha cambiado.
—Kael, ir directamente a los astilleros sin el apoyo de la Policía Científica es un riesgo innecesario —advirtió Isabella, aunque en su tono no había desaprobación, sino una evaluación pragmática de las probabilidades.
—Si esperamos a la fiscalía o a las patrullas convencionales, las fugas de información en el sistema le darán a Roberto el tiempo suficiente para subir a una embarcación rápida y desaparecer en aguas internacionales —respondió Kael, aumentando la presión sobre el acelerador. La camioneta rugió, ganando velocidad sobre el pavimento anegado—. Además, la policía tiene límites tácticos y protocolos que Roberto sabrá explotar. Nosotros no tenemos esas ataduras tonight.
Isabella guardó silencio durante unos segundos.
Observó el perfil rígido de Kael, la firmeza con la que sujetaba el volante y la resolución implacable en sus ojos. No había rastro de la soberbia que solía irritarla en el pasado; solo una lealtad férrea y una determinación casi absoluta. Ella abrió la guantera reforzada del salpicadero del copiloto, donde reposaba un arma corta de calibre 9 milímetros perfectamente mantenida junto a dos cargadores adicionales.
Sin dudarlo, tomó el arma, verificó el carro del percutor con una destreza precisa y comprobó el seguro antes de colocarla sobre su regazo.
Kael la miró por el espejo retrovisor, alzando una ceja con una mezcla de sorpresa y admiración indisimulable.
—Veo que la Viuda de Hierro no solo sabe firmar fusiones multimillonarias en Ginebra —comentó él, con un matiz leve de ironía en la voz para aliviar la tensión del habitáculo.
—Aprendí a disparar en el campo de tiro de mi padre cuando tenía dieciocho años, Kael —respondió ella con serenidad, apoyando la espalda contra el asiento mientras mantenía el arma asegurada en sus manos—.
Nadie va a volver a poner en riesgo la estabilidad de mis hijos. Ni los Thorne, ni la mafia corporativa, ni nadie. Si Roberto quiere una guerra antes de marcharse, le daremos exactamente lo que vino a buscar.
La camioneta abandonó la vía principal y se adentró en una carretera secundaria mal iluminada, flanqueada por viejos galpones industriales y contenedores metálicos oxidados. La lluvia golpeaba con fuerza el metal del vehículo mientras las luces de los muelles abandonados comenzaban a dibujarse al fondo de la bruma.
Kael apagó las luces altas de la SUV, dejando únicamente los faros antiniebla de baja intensidad para mantener el perfil lo más bajo posible. A partir de ese punto, el asfalto daba paso a un terreno de grava e irregularidades.
—Héctor está a diez minutos detrás de nosotros con la unidad táctica privada —informó Kael, desactivando los sistemas de navegación que proyectaban luz en el tablero para dejar el interior en completa oscuridad—.
Entraremos por el flanco oeste del astillero. Roberto cree que tiene el control del juego, pero esta noche descubrirá lo que ocurre cuando acorralas a las personas equivocadas.
Isabella asintió, sintiendo el pulso acelerado pero la mente absolutamente despejada. La alianza que había comenzado con una promesa sobre el suelo de mármol de la torre Kronos estaba a punto de ponerse a prueba bajo el fuego real.