Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 13: EL EXPEDIENTE
Me enteré por el grupo de WhatsApp.
"LOS QUE SOBRAN" - nunca lo silenciamos, aunque ya no viviéramos todos en Rosario.
Flor mandó un link del diario La Capital. Título en negrita:
"Escándalo en Derecho UNR: Separan de su cargo a profesor titular por denuncias de acoso sexual de 5 alumnas"
Abajo, una foto de la facultad. Y aunque no ponía el nombre completo por secreto de sumario, decía: M. V., 39 años, profesor de Procesal II.
Se me heló la sangre.
Abrí el link. No era un rumor. Era una resolución oficial del Consejo Directivo. Cinco denuncias formales. Cinco alumnas de entre 20 y 23 años. Patrón repetido: consultas después de hora, oficina, mensajes fuera de horario, "si querés aprobar, tenés que ser más cariñosa". Una de ellas era Mora. La chica que vi esa madrugada.
Luz escribió: Amiga, ¿estás bien?
Santi: Elena, ¿vos sabías algo?
Yo no contesté. Dejé el celular y me quedé mirando la ventana de mi departamento en Buenos Aires.
Sentí todo a la vez. Asco. Culpa. Alivio. Vergüenza.
Asco por él. Culpa por haber pensado que lo mío con él había sido distinto, especial. Alivio por haberme ido esa noche y no haberle perdonado el audio de cuatro minutos. Vergüenza por haber dudado de mí cuando lo vi con Mora.
Marcos me llamó a los diez minutos. Él también lo había visto.
"¿Viste lo de Valdez?", me dijo.
"Sí".
"Elena, ¿vos...? ¿A vos te hizo algo?".
Esa pregunta me desarmó. Porque nadie me la había hecho así, sin morbo, con miedo de verdad.
"No. Conmigo nunca. Conmigo esperó a que yo no fuera más su alumna. Fue correcto hasta lo obsesivo. Por eso me dolió más cuando lo vi con Mora. Porque con ella no esperó".
"¿Vas a declarar?", me preguntó.
"¿Yo? ¿Para qué? A mí no me acosó".
"No, pero podés contar lo que viste. Lo de Mora. Lo que pasó esa madrugada. Puede servirle a ellas".
Colgué y me quedé pensando.
Esa tarde, me llegó un mail de la Secretaría Académica de la UNR. El mismo lugar donde yo había presentado la defensa de Marcos. Asunto: "Solicitud de testimonio - Expte. 2119/26".
Me pedían si podía declarar como testigo. No como víctima. Como testigo de lo que vi en la oficina esa noche.
Le dije que sí.
Viajé a Rosario al día siguiente. No avisé a nadie más que a Luz.
La audiencia fue a puertas cerradas. En la misma sala donde yo había rendido Procesal II y me había sacado diez. Solo que ahora había cinco chicas sentadas. Ninguna tenía más de 23. Una lloraba. Mora me reconoció y me abrazó fuerte en el pasillo.
"Gracias por venir", me dijo. "Cuando vos te fuiste esa noche, pensé que me odiabas".
"No te odiaba a vos, Mora. Me odiaba a mí por haber creído que era la única".
Entré. Declaré. Conté lo que vi, con fecha, hora y lugar. Sin agregar, sin exagerar. Como me enseñó Méndez: sobrio, técnico y humano. Dije que esa noche había dos vasos de vino, que era de madrugada, que ella estaba en su oficina fuera de horario. Dije que a mí nunca me había acosado, pero que el patrón que describían las chicas era el mismo que había usado para acercarse a mí, solo que conmigo había esperado a que yo no fuera su alumna.
Cuando salí, Luz me estaba esperando con un termo.
"¿Cómo te sentís?", me preguntó.
"Como si hubiera cerrado un círculo", le dije. "Hace un año vine a esta facu a pedir que me crean a mí. Hoy vine a que le crean a otras".
A los dos días, salió la resolución final: expulsión definitiva, inhabilitación para ejercer la docencia en cualquier universidad pública por 10 años, y elevación a la justicia penal.
Volví a Buenos Aires. Pero esta vez no estaba destruida.
Marcos me estaba esperando en Retiro, con dos cafés de kiosco.
"¿Cómo te fue, abogada?", me preguntó.
"Bien. Hice lo que había que hacer".
Nos subimos al colectivo juntos. Esta vez, no parados. Había dos asientos libres al fondo. Nos sentamos.
Apoyé la cabeza en su hombro, sin pensarlo. Y él apoyó la suya en la mía.
El colectivo arrancó. Y por la ventana, Rosario se iba quedando atrás, chiquita, con su facultad y sus fantasmas.
Pero esta vez, no me llevaba culpa. Me llevaba tranquila.
Porque por fin entendí que yo nunca sobré en esa facultad.
Los que sobraban eran otros.