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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

...Val....

Nati me miró por encima de su margarita con esa cara de "sé que estás mintiendo".

—Repite eso —dijo—. Pero sin la parte donde finges que no te importa.

—No me importa.

—Valentina.

—Que no.

Natalia Torres era mi mejor amiga desde los quince y la única persona que podía desarmarme con una ceja levantada. Abogada. Detector de mentiras humano. Paciencia infinita para mis desastres. También era la única que sabía lo de mi madre, lo de mi padre, lo de Camila. Todo. Y ahora iba a saber lo de Sebastián del Fuego.

Porque cometí el error de contarle.

—A ver —Nati levantó un dedo—. Te emborrachaste un jueves. Te acostaste con tu enemigo del bachillerato. Resulta que es piloto en tu aeropuerto. Le quisiste pagar cien mil pesos, él rompió el dinero en tu cara. Y ahora te manda mensajes por una credencial. ¿Y dices que no te importa?

—No.

—Val, te quiero, pero eres la peor mentirosa que conozco.

Estábamos en Bar Vuelo Nocturno. El mismo bar. Idea de Nati: "necesitas exorcizar el lugar". Yo creía que lo que necesitaba era no volver aquí jamás, pero Nati tiene esa forma de convencerte de hacer estupideces que suena razonable cuando lo dice.

—¿Y la credencial? —preguntó, mordiéndose el limón—. ¿Se la pediste?

—Le dije que la dejara en recepción del aeropuerto.

—¿Y?

—Dijo que prefería dármela en persona. Para asegurarse de que llegara a mis manos. —Pausa—. Con emoji de avión.

—Dios mío, le gustas.

—No le gusto. Me odia. Siempre me odió.

—Val, los hombres que te odian toman el dinero y se van. No lo rompen para demostrar un punto.

No supe qué contestar. Bebí mi limonada mineral con ganas de que fuera tequila. Pero ya aprendí: nada de alcohol en este bar.

—Háblame de él —dijo Nati, acomodándose con la postura de "no me muevo hasta que sueltes todo"—. Del bachillerato. Siempre me dijiste que había un chico que te sacaba de quicio pero nunca me dijiste quién era.

Cerré los ojos.

Sebastián del Fuego se sentó a mi lado el primer día del último año. No porque quisiera. La maestra de física nos asignó lugares después del examen diagnóstico y decidió sentar juntos a los dos puntajes más altos.

Era el único que podía ganarme. En todo. Matemáticas, física, literatura. Cada examen era una guerra entre nosotros que nadie más entendía pero que para mí lo era todo. Porque yo necesitaba ser la mejor. Necesitaba que mi padre viera mis calificaciones y por una vez dijera algo que no fuera "tu hermana lo habría hecho mejor".

Y llegaba Del Fuego con su sonrisa de lado y me ganaba por medio punto en cálculo integral, y yo quería arrancársela de la cara.

Pero también quería que me mirara. Todo el tiempo. Y eso me daba más coraje que perder cualquier examen.

—¿Entonces sí te gustaba? —interrumpió Nati.

—No. Era insoportable. Arrogante. Se creía dueño del mundo.

—No fue lo que pregunté.

La puerta del bar se abrió.

Rodrigo Zamora entró primero, con esa energía de perro que acaban de soltar al parque, mirando alrededor buscando la mejor mesa. Detrás de él, con las manos en los bolsillos y la misma chamarra negra que yo recordaba con demasiado detalle —la misma que me quitó antes de quitarme la blusa, la misma que olía a su colonia y que tiré al piso del hotel sin pensarlo—, entró Seb.

Me vio al mismo tiempo que yo lo vi a él.

Sonrió. No la sonrisa completa. Sólo una esquina de la boca. Suficiente para que yo supiera que sabía exactamente lo que su presencia hacía aquí.

—Ese es —siseé, hundiéndome en mi asiento.

—¿Ese es qué? —Nati giró la cabeza con cero disimulo—. ¿El de la chamarra? ¿El alto?

—No lo mires.

—Val, está guapísimo.

—Que no lo mires.

Tarde. Rodri ya nos había visto y venía hacia nosotras con los brazos abiertos.

—¡La controladora de mi corazón! —Llegó a nuestra mesa—. ¿Cómo estás? ¿Ya te devolvieron tu credencial? El capitán la carga a todos lados, creo que duerme con ella.

—Rodri. —La voz de Seb llegó desde atrás. Baja, con advertencia—. Cállate.

—¿Qué? Sólo soy amable. —Rodri se volvió hacia Nati y la cara se le transformó. Flechazo instantáneo—. Hola. Soy Rodrigo. Mis amigos me dicen Rodri. Tú puedes decirme como quieras.

Nati se rió.

—Natalia. Mis amigos me dicen Nati. Siéntate si quieres.

—¿Puedo? Capitán, siéntese, nos invitaron.

—Nadie invitó a nadie —dije, pero Seb ya se estaba sentando a mi lado porque el otro lugar lo había tomado Rodri.

Su brazo rozó el mío al acomodarse. Sentí la corriente hasta los dedos. Olía a la misma colonia. La misma. Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza — se me calentó la piel, se me apretó algo abajo del estómago, y tuve que cruzar las piernas debajo de la mesa porque la cercanía me estaba afectando de una forma que no tenía nada de profesional.

—Mendoza —dijo.

—Del Fuego —respondí sin mirarlo.

—¿Cómo está tu credencial sin ti? ¿Te extraña?

—¿Cómo está tu ego sin público? ¿Sobrevive?

Nati nos veía como quien ve un partido de tenis. Vi el momento exacto en que conectó todos los puntos.

—Ay, Dios —murmuró detrás de su margarita.

La conversación se soltó a pesar de mí. Rodri llenaba cualquier silencio con historias de vuelo que iban de lo absurdo a lo ridículo. Nati se reía de todo lo que decía, y no era cortesía.

Y Seb hablaba poco pero cada cosa que decía pesaba. Escuchaba bien, respondía directo, y a veces decía algo tan inesperadamente chistoso que me sacaba una risa antes de que pudiera frenarla. Cuando se reía su pierna se apretaba contra la mía debajo de la mesa y no la movía, y yo tampoco la movía, y eso era peor que cualquier coqueteo directo.

—¿Ustedes dos de dónde se conocen? —preguntó Rodri, señalándonos.

—Del bachillerato —dijo Seb—. Compañeros de pupitre.

—Rivales —corregí.

—Eso también. —Me miró. Y lo que había en sus ojos no era burla—. Ella era la única que podía ganarme en un examen. Y la única a la que le importaba.

—Porque tú hacías trampa —solté.

—Nunca hice trampa, Mendoza. Tú eras la que revisaba mi examen por encima de mi hombro creyendo que no me daba cuenta.

—Mentira.

—Tercer examen de física, segundo semestre. Te inclinaste tanto que tu pelo me rozó el brazo. Olías a manzana verde.

Me quedé callada. Porque lo recordaba. La vergüenza de ser descubierta. Y que él siguió escribiendo sin decir nada. Como si no le importara. O como si le gustara.

Diez años después y el tipo todavía recordaba a qué olía mi shampoo. Eso me hizo algo en el pecho que no quise examinar.

—Bueno —Nati se levantó con una sonrisa demasiado inocente—. Rodri, ¿me acompañas a la barra? Quiero otra margarita.

—Sería un honor, señorita Natalia.

Se fueron. Y quedamos solos.

—¿Por qué viniste? —pregunté directo.

—Rodri quería salir. Yo no elegí el lugar.

—¿Y la credencial?

Metió la mano en el bolsillo de la chamarra y la sacó. Mi credencial del aeropuerto, con mi foto espantosa de las seis de la mañana. VALENTINA MENDOZA ARANDA.

La puso sobre la mesa pero no la soltó. La sostenía por una esquina. Si la quería, tenía que acercar mi mano a la suya.

—Suéltala.

—¿Por qué saliste corriendo esa mañana? —preguntó, ignorándome.

—No salí corriendo. Me fui.

—Te fuiste sin decir nada, rompiste mi nota y luego intentaste pagarme. Eso es salir corriendo con pasos extra.

—Porque fue un error —dije, y la palabra me supo fea—. Estaba borracha.

—Mentira. —Bajó la voz—. Estabas borracha, sí. Pero sabías lo que hacías. Igual que yo.

Nos miramos. El bar seguía ahí con su música y su gente. Pero era como si alguien le hubiera bajado el volumen a todo y sólo quedáramos nosotros. Y yo recordaba demasiado bien cómo era estar más cerca de él que esto. Sin ropa. Sin excusas. Sin el volumen de nada.

Le arranqué la credencial de un tirón. Los dedos se nos rozaron y ninguno de los dos disimuló.

—Gracias —murmuré.

—De nada. Me debes un favor.

—No te debo nada.

—Sí. Te cubrí cuando llegaste sin credencial al aeropuerto. Le dije a tu supervisora que se la prestaste a un pasajero que la confundió con la suya.

—¿Hiciste qué?

—De nada —repitió, y esta vez sonrió de verdad.

Nati y Rodri volvieron con bebidas para todos. Limonada para mí, whisky para Seb, dos margaritas para ellos que iban a terminar en algo que no era mi problema.

La noche avanzó. Me relajé sin querer. Y cuando Seb contó un aterrizaje forzoso en Cancún que nos hizo reír hasta que dolió, algo se me aflojó adentro. Un nudo que llevaba años apretando.

Era peligroso. Lo sabía. Porque lo fácil que era estar con él, lo natural que se sentía después de diez años, era el tipo de cosa que podía destruirme si le daba espacio.

A medianoche nos despedimos. Rodri le besó la mano a Nati con una reverencia ridícula que la hizo ponerse roja. Seb sólo me dijo:

—Buenas noches, Mendoza.

—Buenas noches, Del Fuego.

En el auto, Nati esperó treinta segundos.

—Val.

—No.

—Ese hombre te mira como si fueras la única persona en el bar. Y no te mira a la cara, Val. Te mira entera. Como si ya supiera qué hay debajo de tu ropa.

—Somos compañeros de trabajo.

—No te mira como compañero de trabajo. Te mira como alguien que ya te tuvo y quiere repetir.

No respondí. Puse la radio fuerte y manejé a casa con la mandíbula apretada y el cuerpo caliente en los lugares equivocados.

Maldito Del Fuego.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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