Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 17: ¿Querés ser mi esposa?
Narrado por Cristian
Habían pasado dos años desde que Mileidis y yo comenzamos nuestro noviazgo. Ya estábamos en 2029, y durante todo ese tiempo nuestro amor solo había crecido.
Ella seguía trabajando como mesera en el restaurante frente al mar y yo continuaba levantándome de madrugada para salir a pescar con mi papá, Jeico Morales. Vendía bocachicos, mojarras, róbalos, pargos, corvinas, sierras, bagres y jureles, y cada día me sentía más orgulloso de mi trabajo.
Habíamos pasado momentos buenos y también dificultades, pero nunca dejamos de apoyarnos.
Desde hacía varias semanas tenía una idea rondando en la cabeza.
Quería que Mileidis dejara de ser solo mi novia.
Quería que fuera mi esposa.
Con los ahorros que había reunido durante mucho tiempo compré un anillo sencillo, pero muy bonito. No era el más costoso del mundo, pero lo había comprado con el fruto de mi trabajo y de muchas jornadas bajo el sol.
Aquella tarde la invité a caminar por la playa donde nos conocimos.
El mar estaba tranquilo y el cielo comenzaba a pintarse con los colores del atardecer.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Mileidis sonriendo.
—Porque este lugar cambió mi vida.
Ella tomó mi mano.
—También cambió la mía.
Caminamos unos minutos en silencio.
Recordamos el día en que el mar se llevó su maleta y cómo yo empecé a llamarla "sirenita".
Los dos nos reímos.
—Todavía no puedo creer que ese apodo se quedara —dijo ella.
—Y nunca va a cambiar.
Ella negó con la cabeza entre risas.
Me detuve frente a ella.
Sentía el corazón latiendo tan fuerte como el primer día que le pedí que fuera mi novia.
—Sirenita...
—¿Sí, pescador?
Saqué la pequeña caja del bolsillo.
Ella abrió los ojos de la sorpresa.
Poco a poco me arrodillé sobre la arena.
Las olas llegaban hasta mis pies mientras la miraba a los ojos.
—Mileidis Figueroa...
Ella llevó una mano a su boca.
—Durante estos dos años me enseñaste que el amor verdadero existe. Estuviste conmigo en los días buenos y en los malos. Me apoyaste cuando nadie creía en mis sueños y llenaste de alegría mi vida.
Sentí que la voz se me quebraba por la emoción.
—No soy un hombre rico. No tengo mansiones ni carros lujosos. Solo tengo un corazón que te ama con toda el alma.
Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Mileidis.
Abrí la cajita y le mostré el anillo.
—¿Querés casarte conmigo y convertirte en mi esposa?
Durante unos segundos solo se escuchó el sonido del mar.
Ella lloraba de felicidad.
Finalmente sonrió.
—Cristian...
Respiró profundo antes de responder.
—Cuando llegué a Cartagena pensé que había perdido todo. Pero Dios puso en mi camino al pescador más noble y más bueno que he conocido.
Se secó las lágrimas.
—Nunca me hicieron falta los lujos, porque siempre me hiciste sentir rica de amor.
Sonrió con todo el corazón.
—Y mi respuesta es...
Hizo una pequeña pausa.
—Sí. Sí quiero casarme con vos.
Sentí una felicidad inmensa.
Con manos temblorosas le coloqué el anillo en el dedo.
Ella me abrazó con fuerza.
Los dos llorábamos de alegría.
Después nos miramos a los ojos.
—Te amo, sirenita.
—Y yo te amo, pescador.
Nos dimos un beso largo y lleno de amor mientras el sol terminaba de esconderse sobre el mar Caribe.
En ese momento comprendí que la mejor decisión de mi vida había sido correr detrás de aquella muchacha que un día salió del mar como una verdadera sirena.
Ahora ya no era solo mi sirenita.
Ahora era mi prometida, y juntos comenzaríamos a escribir un nuevo capítulo de nuestra historia de amor.