Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 3
Aquel día, el sol quemaba más que de costumbre. La luz caía a plomo sobre el asfalto, que resplandecía ondulante por el calor. El aire pesaba, hacía que respirar costara un poco más y que el cuerpo se agotara enseguida, incluso de solo estar de pie. Dentro de la casa reinaba el silencio, pero no el de la calma: era una quietud que oprimía.
—¡Valentina! —La voz de doña Carmen tronó desde la sala, afilada como de costumbre.
Valentina, que estaba ordenando la cocina, se detuvo de inmediato.
—¿Sí, señora?
—Cómprame fruta. Quiero ensalada de frutas. Con este calor, lo rico es comer algo fresco. —No era un pedido, era una orden.
—Sí, señora —respondió Valentina sin hacer preguntas. Tomó la billetera; los dedos le pesaban como si hubiera perdido toda la fuerza.
Al salir de la casa sintió que los pasos le costaban más que nunca. La cabeza seguía llena de pensamientos, y en el pecho todavía cargaba esa opresión que no se le iba desde el día anterior. Pero como cada día, siguió caminando. Cumpliendo con todo sin una queja, sin una protesta.
Afuera, la calle bullía de actividad. Vehículos pasaban sin cesar, los claxon se respondían unos a otros, mezclados con los gritos de los vendedores ambulantes. El sol le quemaba la piel, y el sudor empezó a perlarle las sienes. Valentina se paró al borde de la calle, los ojos mirando a la derecha y a la izquierda, como verificando que fuera seguro cruzar.
Pero en realidad su mente no estaba ahí. Estaba atrapada en lo que pasó el día anterior.
En un segundo que pareció eterno, desde la derecha una motocicleta se lanzó a toda velocidad. El rugido del motor creció, acercándose deprisa.
—¡CUIDADO! ¡MUÉVETE! —gritó alguien, desesperado.
Valentina giró la cabeza y los ojos se le abrieron de par en par. Quiso retroceder, esquivar, pero el cuerpo se le trabó. Las piernas no le respondieron, como si estuvieran clavadas al piso. Y en esa fracción de segundo, el impacto la alcanzó.
¡CRASH!
El golpe retumbó. El cuerpo de Valentina salió despedido y se estrelló contra el pavimento. El dolor se extendió al instante por cada rincón de su cuerpo, feroz, despiadado. La cabeza le daba vueltas, la vista se le nubló.
Las voces a su alrededor le llegaban difusas, como desde un lugar muy lejano. Alguien gritaba, otros corrían hacia ella, pero todo fue apagándose fuera de su alcance.
El mundo giró sin rumbo. El cielo, que un momento antes ardía de luz, se fue diluyendo ante sus ojos. En los últimos instantes antes de que todo se volviera negro, un pensamiento frágil le cruzó por la mente.
¿Por qué mi vida es así?
Las lágrimas le resbalaron sin que lo notara. Después, poco a poco, todo desapareció en la oscuridad.
* * *
Matías —el motociclista que atropelló a Valentina— se quedó paralizado, temblando de pies a cabeza.
—No... por favor, no te mueras —musitó.
—¡Que alguien lleve a la víctima al hospital! —pidió un hombre mayor que se había arrodillado junto a Valentina.
—¡Ese es el que la atropelló! —gritaron los curiosos, señalando al joven en uniforme escolar montado en la motocicleta.
—Tú la atropellaste, tú tienes que hacerte responsable —le dijo el hombre al muchacho.
En el hospital, el ambiente era frío y tenso. El olor a medicamentos picaba en la nariz. Matías iba y venía frente a la sala de urgencias, incapaz de estarse quieto. De vez en cuando se revolvía el pelo con las manos; la cara le desbordaba arrepentimiento.
—¿Qué voy a hacer? ¿Y si le pasa algo grave? —murmuraba para sí.
Le temblaban las manos cuando sacó el celular. Marcó el único número en el que confiaba de verdad.
—¿Hermano?
Del otro lado, una voz serena.
—Sí, ¿qué pasa, Mati? ¿Por qué no has llegado a casa?
—Her-ma-no... a-tro-pe-llé a alguien. —La voz de Matías se quebraba con cada sílaba—. Estoy en el hospital. No sé qué hacer.
Silencio durante unos segundos.
—¿En qué hospital estás?
Poco después, un hombre llegó con paso rápido pero medido. El rostro tranquilo, la mirada penetrante. La camisa impecable, en claro contraste con Matías, que seguía hecho un desastre.
Era Santiago, el hermano mayor de Matías. Fue directo hacia él.
—¿Estás bien?
Matías negó con la cabeza, rápido.
—Yo estoy bien, hermano, pero ella... —Se le cerró la garganta—. Está inconsciente.
Santiago le apretó el hombro con suavidad.
—Tranquilo. Nos vamos a hacer cargo.
La cortina divisoria se abrió. Una enfermera salió.
—¿Familiares de la paciente? —preguntó.
Matías se giró de golpe.
—Y-yo...
Santiago avanzó un paso.
—Nosotros la trajimos. ¿Cómo está?
—La paciente sigue inconsciente. Tiene un golpe en la cabeza y varias heridas superficiales. Vamos a hacerle estudios más completos.
Santiago asintió.
—Hagan lo que sea necesario. Yo me hago cargo de todos los gastos.
La enfermera asintió y volvió adentro.
Matías contempló a su hermano con los ojos vidriosos.
—Hermano, tengo miedo de que le pase algo.
Santiago mantuvo la vista al frente.
—El miedo es normal. Pero ahora no es momento de entrar en pánico. Primero asegurémonos de que esté fuera de peligro.
* * *
Unas horas más tarde, Valentina fue trasladada a una habitación. Yacía débil en la cama, pálida, con la cabeza vendada y un suero conectado a la mano.
Santiago estaba de pie junto a la cama, observándola con calma. Matías permanecía sentado en la silla, la cabeza gacha, sin atreverse a mirar.
—Hermano, de verdad no fue a propósito —dijo el joven en voz baja.
Santiago no contestó de inmediato. Seguía con los ojos fijos en Valentina.
—Lo sé —dijo al fin, despacio—. Por eso nos hacemos responsables hasta que se recupere.
Al día siguiente, el médico llegó para los estudios de control. Lo acompañaban varias enfermeras con expedientes y equipo. Santiago escuchaba de pie a un lado, con expresión seria.
—Ya le hicimos una revisión completa —informó el doctor, abriendo el reporte—. En cuanto a las lesiones por el accidente, no hay nada demasiado grave. La paciente solo necesita reposo y unos días de observación.
Matías exhaló aliviado.
Pero el médico no había terminado.
—Sin embargo, encontramos otra cosa.
Santiago entrecerró los ojos.
—¿Qué cosa, doctor?
El médico titubeó un instante, luego continuó con cautela.
—En los análisis detectamos restos de un compuesto anti-ovulatorio en el organismo de la paciente.
La habitación se volvió más silenciosa.
Santiago lo miró fijamente.
—¿Qué significa eso?
—Esta sustancia se utiliza para inhibir la ovulación. Y por lo que observamos, lleva un tiempo considerable en el cuerpo de la paciente.
Matías arrugó la frente, sin entender del todo.
—¿O sea que...?
El doctor tomó aire.
—Con toda probabilidad, esto es lo que ha impedido que la paciente pueda quedar embarazada.
En ese preciso momento, los párpados de Valentina se movieron despacio. Comenzó a despertar. La vista aún borrosa, pero las voces a su alrededor le llegaban poco a poco, filtrándose en su conciencia.
Las palabras del médico cayeron como esquirlas de vidrio, una a una, dentro de su despertar. Abrió los ojos. Lo primero que vio fue el techo blanco del hospital, difuso sobre ella. Respirar le costaba.
—¿D-dónde estoy? —preguntó apenas, casi inaudible.
Santiago se volvió hacia ella.
—¿Ya despertó?
Valentina no respondió de inmediato. Los ojos le vagaron despacio, intentando entender dónde estaba.
—Doctor —lo llamó con la voz rasposa—, ¿qué fue lo que dijo hace un momento?
El médico dudó, pero al final le explicó con más suavidad.
—Encontramos una sustancia que inhibe la ovulación en su cuerpo. Al parecer lleva ahí bastante tiempo, y es posible que sea la razón por la que usted no ha podido embarazarse.
El mundo de Valentina se detuvo. Los ojos se le abrieron de golpe y el aire se le atascó en la garganta. Todos los sonidos a su alrededor desaparecieron de pronto. Solo quedó una frase repitiéndose en su cabeza, una y otra vez, como un eco que no paraba de rebotar.
"La razón por la que usted no ha podido embarazarse."