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Los Gemelos del Mafioso

Los Gemelos del Mafioso

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Madre soltera / Completas
Popularitas:86.9k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Naira Sousa

Milla Greco pensó que huir de Roma con una maleta, un pasaporte nuevo y un secreto en el vientre sería suficiente para mantenerse alejada del hombre más peligroso que jamás cruzó su camino.

Estaba equivocada.

Un año después, en un pequeño pueblo pesquero bañado por el mar Egeo, Milla cría sola dos bebés de ojos avellanos que llevan en el rostro los rasgos del padre: el mafioso que juró nunca volver a aferrarse a nadie y que, incluso a distancia, sigue marcando el compás de su miedo.

Mientras ella lucha por mantener a los gemelos fuera del alcance de la mafia, Steffan D’Lucca empieza a sospechar que la noche que intentó enterrar en la memoria dejó huellas que nadie se atrevió a contarle.

Y cuando un hombre como él descubre que podría tener herederos escondidos, la distancia se convierte en un territorio más que conquistar.

NovelToon tiene autorización de Naira Sousa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Mi día siempre empieza de la misma manera.

Antes de que el sol termine de salir, yo ya tengo los ojos abiertos, porque los lloriqueos de mis tesoros no saben lo que es un horario.

Ni siquiera necesito ver el reloj para saber que todavía es demasiado temprano, pero aun así sonrío. Es el tipo de cansancio que yo elegí tener.

Ya dejo los dos biberones listos la noche anterior. Así que solo tengo que ir a la cocina, tomar las botellitas tibias y volver al cuarto, donde los dos ya se remueven inquietos en la cuna.

Con un poco de cuidado, acomodo a Cecília y a Leonel sobre la cama, como hago todos los días: una almohada detrás de la espalda, la parte de arriba del cuerpo un poquito elevada, un pañal de tela doblado bajo la cabeza por si acaso.

Pongo los biberones en sus manitas, los posiciono bien en la boca, y los dos empiezan a succionar con una calma.

Me quedo unos segundos ahí, observando.

Cecília cierra los ojos mientras toma su leche, como si estuviera meditando.

Leonel, al contrario, mantiene la mirada atenta, seria, como si estuviera evaluando el techo. Es gracioso cómo logra parecer concentrado hasta con la boca ocupada.

--Buenos días, mis amores --susurro, pasándoles la mano por el cabello a cada uno--. El mundo no tiene idea de lo importantes que son. Y las cositas más lindas de mamá.

Cuando estoy segura de que los biberones están firmes y de que no se van a ahogar, corro hasta la puerta de entrada.

Casi todos los días es el mismo ritual: en cuanto el primer bote de pesca atraca, uno de los pescadores del pueblo pasa por mi casa ofreciendo pescado fresco. Cuando no me lo regalan, lo compro para ayudar. Es una especie de acuerdo. Ellos saben que tengo poco dinero, y siempre se las arreglan para cobrarme menos de lo que deberían.

Abro la puerta sintiendo el viento del mar en la cara.

El olor a sal llega junto, mezclado con el aroma fuerte del pescado y el ruido de las voces de los hombres que se saludan en griego.

Vasilis, el pescador que más platica conmigo, ya viene subiendo por la callecita de tierra con una hielera en la mano.

--Kaliméra, Milla! --saluda, con la sonrisa abierta--. Pesqué uno muy bonito hoy.

--Buenos días, Vasilis --respondo, todavía con el pelo recogido de cualquier modo--. Si sigues vendiéndome pescado tan bueno, voy a tener que conseguirme un marido pescador.

Él se ríe fuerte, sacudiendo la cabeza.

--Los maridos pescadores dan más trabajo que pescado --responde, guiñando un ojo--. Quédate solo con el pescado.

Escojo uno de los más chicos, que cabe en mi presupuesto y en mi sartén.

Él insiste en limpiarlo ahí frente a la casa, como siempre, tirando las vísceras en una cubeta, mientras me cuenta algún chisme del pueblo que difícilmente entiendo completo. Después, se niega a recibir el precio justo.

--Para los niños --dice, encogiéndose de hombros--. Necesitan crecer fuertes.

Agradezco, con el pecho apretado de gratitud, y vuelvo adentro.

Cuando llego al cuarto, Cecília y Leonel ya terminaron de comer.

Los biberones están vacíos a su lado, y sus ojitos curiosos me siguen por la puerta.

--¿Y entonces? --digo, recogiendo los biberones vacíos--. ¿Listos para otro día igual a todos los demás?

Así es como me gusta que sea: igual.

Rutina, predecible, sin sorpresas.

Sorpresas, para quien huye, nunca significan nada bueno.

Después de la leche, viene la parte que casi siempre termina en llanto: el baño.

Lleno la pequeña bañera de plástico con agua tibia y llevo a uno a la vez.

Cecília lo adora. Patalea, intenta agarrar el agua, se ríe como si estuviera bañándose en la alberca de un hotel cinco estrellas.

Leonel, por otro lado, enfrenta todo con indignación.

Se agarra de mi dedo con tanta fuerza que parece un adulto aferrado a un salvavidas ponchado.

--Ya sé, ya sé --murmuro, riendo--, el agua es una gran falta de respeto para un hombre serio como tú, ¿verdad?

Después de que están limpiecitos, secos y vestidos, pongo a los dos en el corralito de la sala, rodeados de juguetes que compré en ofertas.

Hay sonajas, muñequitos de tela y cubos de colores.

Cecília siempre escoge el juguete más ruidoso. A Leonel le gusta morder todo, como si estuviera probando la resistencia.

Mientras ellos se distraen, corro a arreglar la casa como puedo.

Lavo los trastes del desayuno, guardo el pescado en el refrigerador pequeño, barro el piso. La casa es sencilla, pero es mi fortaleza.

El día pasa siguiendo un reloj.

Está la hora de la fruta machacada, la hora del intento de siesta, la hora en que los dos deciden llorar al mismo tiempo solo para poner a prueba mi cordura.

Es agotador, es repetitivo, es extenuante.

Y aun así, cada vez que los veo gateando por el tapete o aplaudiendo uno al otro, tengo la certeza de que hice lo correcto.

Al final de la tarde, empiezo a preparar la papilla de la cena. Machaco verduras con un poco de pescado, agrego arroz, mezclo todo en la olla pequeña.

El olor llena la casa, mezclado con la sal del mar que entra por la ventana abierta.

Cecília hace fiesta en cuanto siente el aroma, ya abriendo la boca antes de que yo acerque la cuchara. Leonel es más desconfiado. Me mira como si yo tuviera que demostrarle que la comida es buena.

--Confía en mamá --digo, soplando la papilla.

Él termina cediendo.

La boca se abre, la cuchara entra, y pronto ya está comiendo tan bien como su hermana.

Alrededor de las siete de la noche, los dos ya están bañados de nuevo, con la barriga llena y los ojitos pesados.

Acuesto a cada uno en su cuna, una al lado de la otra, con la sábana sencilla cubriéndolos hasta la cintura.

Cecília se agarra su propio pie con las manos, luchando contra el sueño. Leonel se voltea de lado, abrazando el pequeño osito de peluche que una turista alemana me regaló un día en el mercado.

--Buenas noches, mis tesoros más bonitos --susurro, besando la frente de cada uno--. Duérmanse. Mamá está aquí.

Se van quedando dormidos poco a poco.

Primero, la respiración se hace más lenta.

Después, los bracitos se relajan.

Me quedo ahí, observándolos unos minutos, hasta estar segura de que realmente están dormidos.

Solo entonces recuerdo que todavía no me bañé.

Mi piel carga la sal del sudor y un poco de olor a pescado, y mis músculos duelen como si hubiera corrido una maratón todo el día.

Voy al baño, me doy un baño rápido, dejando que el agua caiga sobre mi cabeza como si pudiera lavar también la preocupación que nunca se va.

Escojo un vestido holgado, cómodo, de tela ligera.

No es bonito, pero es suave, y es todo lo que necesito para dormir.

Me recojo el pelo en un chongo flojo, me seco los pies, apago la luz del baño.

De vuelta a la sala, reviso las cunas una vez más. Cecília tiene la boca entreabierta, dormida. Leonel mantiene la expresión seria hasta dormido.

Camino hasta el interruptor de la sala, lista para apagar la luz y dejar solo la de la cocina encendida, tenue, como de costumbre. Es en ese momento cuando escucho.

Tres golpes en la puerta.

No son golpes tímidos, de vecino pidiendo azúcar.

Son firmes, llenos, seguros.

El tipo de golpe de quien tiene la certeza de que le van a abrir.

Mi corazón se aprieta, pero mi cabeza busca el camino lógico.

Visitas nocturnas a veces son raras en el pueblo.

Ya ha pasado que algún vecino aparezca con un pedazo de pastel, con verduras que le sobraron, con pescado que no vendió.

No tienen mucha noción del horario. La vida aquí se rige por la marea, no por el reloj.

Aun así, algo en mi pecho grita que hay algo mal.

Respiro hondo, intentando convencer a mi cuerpo de que es solo otra noche común.

--Ya voy --digo, en un susurro que nadie del otro lado puede oír.

Camino hasta la puerta, sintiendo el piso frío bajo los pies, y abro. Y el mundo que intenté construir lejos de él se parte a la mitad.

El primer impacto son las luces.

Los faros de un vehículo negro, estacionado justo frente a mi casa, iluminan la calle estrecha. Al lado del auto, tres hombres vestidos de forma idéntica: traje oscuro, postura rígida, manos demasiado sueltas para quien no va armado.

El segundo impacto soy yo misma, porque siento que el corazón se me salta un latido, no, varios, hasta parecer que simplemente se va a detener.

Reconozco ese tipo de presencia.

Es la misma de la que huí tratando de olvidar.

El tercer impacto es él.

Steffan D'Lucca está parado a unos pasos de mí, llenando la entrada como si fuera demasiado grande para caber ahí.

La camisa blanca está parcialmente abierta, revelando el tatuaje que sube por el pecho y desaparece en el cuello. El cabello peinado hacia atrás, el rostro serio, los ojos avellana oscuros y gélidos como el fondo del mar en día de tormenta.

Por un segundo, de verdad creo que estoy soñando. O teniendo una pesadilla. No tiene sentido.

Crucé países para que este momento nunca ocurriera.

--¿Tú? --mi voz sale ronca, débil--. No... no puede ser.

Pero lo es.

Él está ahí, entero, sólido, ocupando el mismo aire que yo respiro.

Sus ojos se deslizan por mí, de mi rostro hasta mis pies descalzos, analizándome.

Después, pasan por encima de mi hombro, recorriendo el interior de la casa, evaluando puertas, ventanas y rincones.

Me encojo instintivamente. Soy pequeña frente a él. Un metro cincuenta y seis no es nada frente a un metro noventa de hombre acostumbrado a mandar. Siento la diferencia de estatura y de mundo como un peso.

--¿No me vas a invitar a pasar, fugitiva? --pregunta, la voz baja, firme, sin prisa.

Debería cerrar la puerta, gritar, correr, hacer cualquier cosa que no fuera darle espacio. Pero las piernas no obedecen, y la mente trabaja demasiado rápido.

Si lo mantengo afuera, los vecinos pueden ver. Pueden oír.

Y hombres como Steffan no gustan de testigos.

Doy un paso al lado, abriéndole el paso. Percibo su olor antes de verlo pasar junto a mí: perfume amaderado, caro, familiar.

Es como si aquella noche volviera entera, comprimida en un segundo.

La habitación de su casa, la camisa medio abierta que yo misma le abrí, la forma en que dijo mi nombre como si fuera importante.

Intenté olvidar.

Fallé.

Él entra con calma, como si la casa fuera suya. Sus zapatos de cuero italiano hacen un ruido leve en el piso de madera.

Los tres hombres se quedan afuera, cerca del vehículo, en alerta.

Cierro la puerta despacio, como si el gesto pudiera retrasar lo inevitable.

Steffan da algunos pasos, y yo lo sigo con los ojos, el corazón desbocado.

Veo cuando su mirada recorre la sala: el sillón, el sofá improvisado, la pequeña cocina al fondo. Es un mundo muy diferente al suyo, y yo lo sé.

Entonces sus ojos se detienen.

Dos cunas, una al lado de la otra, ocupan el rincón más iluminado de la sala.

Sábanas claras, algunos juguetes sujetos a los lados, un osito de peluche.

Dentro de ellas, mis hijos duermen, ajenos al terremoto que acaba de cruzar nuestra puerta.

La mirada de Steffan se fija ahí.

Logro percibir el segundo exacto en que algo cambia en su expresión.

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Beth Gtz
ya cayó milla😂😂😂
Beth Gtz
OMG 🥰🥰 ese d luka
Beth Gtz
que bárbara si q aguanto, yo sí caigo a la primera 🤣🤣
Beth Gtz
yo eligiría la 3 🤭🤭🤭🤭
Alma Rosa Dominguez Martinez
está buenísima está novela 👏👏👏
Sunshine
Está interesante, lo único que no me gusta en que deja a los hijos sin su padre, para que se meten con hombres peligrosos, les gustan al principio, les gusta verlos peligrosos, el lujo, el ser poseídas y después salen con el cuento que son mafiosos, peligrosos y los quieren lejos de los hijos, hacen pasar a los hijos hambre, peligro y necesidades, creo que esta novela termina aqui para mi
Beth Gtz: apenas va el primer capítulo y todavía no sabemos cómo fue q ella se casó con el si x contrato o x amor,dale chance a la historia antes de abandonar
total 1 replies
karen miranda
Hermosa historia 😍 felicidades escritora espero poder leer más de tus historias 🥰
Alma Rosa Dominguez Martinez
muy buena novela estoy atrapada 👏👏
Alma Rosa Dominguez Martinez
porque no me deja dar like
Monica Liliana Broudiscou
excelente historia, me fascinó,muy buena corta y bien redactada, muchas felicitaciones 👏👏👏👏👏👏👏🥰🥰👏👏👏👏👏👏
Liliana 🇨🇴🇨🇴🍀
gracias autora
Celene Jazmìn
hola buenas tardes alguna de ustedes sabe cuál es la primera parte de esta novela, se los agradecería mucho si me dijeran el nombre del primer libro de esta novela.
Beth Gtz: no, sabía q existía una primera parte
total 1 replies
Maria Maceira
me gusto mucho.diferente pero intersante.
cricri
exelente novela
Carolina Restrepo Cardona
muy bien escrito el libro e interesante!
Betsabe Herrera
excelente de principio a fin 🙂🙂🙂
Alcenia Acosta
Estupida es poco. Se menosprecia
Maria Maceira
vivir con esa combination de peligro y mirando Todo El tiempo hacia atras.no es divertico y menos seguridad y libertad.
Guadalupe Barrios
🤩🤩🤩🤩🤩
Zimaray Varrato
👏👏👏me gustó ,muy binita
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