Milla Greco pensó que huir de Roma con una maleta, un pasaporte nuevo y un secreto en el vientre sería suficiente para mantenerse alejada del hombre más peligroso que jamás cruzó su camino.
Estaba equivocada.
Un año después, en un pequeño pueblo pesquero bañado por el mar Egeo, Milla cría sola dos bebés de ojos avellanos que llevan en el rostro los rasgos del padre: el mafioso que juró nunca volver a aferrarse a nadie y que, incluso a distancia, sigue marcando el compás de su miedo.
Mientras ella lucha por mantener a los gemelos fuera del alcance de la mafia, Steffan D’Lucca empieza a sospechar que la noche que intentó enterrar en la memoria dejó huellas que nadie se atrevió a contarle.
Y cuando un hombre como él descubre que podría tener herederos escondidos, la distancia se convierte en un territorio más que conquistar.
NovelToon tiene autorización de Naira Sousa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Mi día comienza siempre de la misma manera.
Antes de que el sol decida nacer por completo, yo ya estoy con los ojos abiertos, porque los lloriqueos de mis tesoros no saben lo que es horario.
No necesito ni mirar el reloj para saber que aún es demasiado temprano, pero, aun así, sonrío. Es el tipo de cansancio que yo elegí tener.
Ya dejo las dos mamaderas listas la noche anterior. Entonces solo necesito ir hasta la cocina, tomar las botellitas tibias y volver al cuarto, donde los dos ya se remueven inquietos en la cuna.
Con un poco de cuidado, acomodo a Cecília y Leonel sobre la cama, como hago todos los días: una almohada por detrás de la espalda, la parte de arriba del cuerpo un poquito elevada, una fralda de tela doblada bajo la cabeza para cualquier desastre.
Coloco las mamaderas en las manos de ellos, posiciono derechito en la boca, y los dos comienzan a succionar con una calma.
Me quedo algunos segundos allí, observando.
Cecília cierra los ojos mientras mama, como si estuviera meditando.
Leonel, al contrario, mantiene la mirada atenta, seria, como si estuviera evaluando el techo. Es gracioso como él consigue parecer concentrado hasta con la boca ocupada.
—Buenos días, mis amores — susurro, pasando la mano en el cabello de cada uno. — El mundo no tiene idea de lo mucho que ustedes son importantes. Y las cosas más lindas de mamá.
Cuando tengo certeza de que las mamaderas están firmes y que ellos no van a ahogarse, corro hasta la puerta del frente.
Casi todo día es el mismo ritual: así que el primer barco de pesca atraca, uno de los pescadores de la villa pasa en mi casa ofreciendo pescado fresco. Cuando yo no gano, yo compro para ayudar. Es una especie de acuerdo. Ellos saben que yo tengo poco dinero, y siempre dan una manera de hacerme pagar menos de lo que deberían.
Abro la puerta sintiendo el viento del mar golpear en el rostro.
El olor a sal llega junto, mezclado al aroma fuerte del pescado y al ruido de las voces de los hombres que se saludan en griego.
Vasilis, el pescador que más conversa conmigo, ya viene subiendo la callecita de tierra con una caja de isopor en la mano.
—Kaliméra, Milla! — él saluda, con la sonrisa abierta. — Pegué uno muy bonito hoy.
—Buenos días, Vasilis — respondo, aún con el cabello preso de cualquier manera. — Si usted se queda vendiéndome pescado bueno así, voy a tener que conseguir un marido pescador.
Él ríe alto, moviendo la cabeza.
—Los maridos pescadores dan más trabajo que pescado — responde, guiñando. — Quédese solo con el pescado.
Elijo uno de los menores, que cabe en mi presupuesto y en mi olla.
Él hace cuestión de limpiar allí en frente de la casa, como siempre, jugando las vísceras en un balde propio, mientras me cuenta alguna chismoso de la villa que yo difícilmente entiendo entera. Después, se rehúsa a recibir el valor justo.
—Para los niños — dice, encogiendo los hombros. — Ellos necesitan crecer fuertes.
Yo agradezco, el pecho apretado de gratitud, y vuelvo para adentro.
Cuando llego al cuarto, Cecília y Leonel ya terminaron de mamar.
Las mamaderas están vacías al lado de ellos, y los ojitos curiosos me siguen por la puerta.
—¿Y entonces? — hablo, colectando las mamaderas vacías. — ¿Listos para más un día igual a todos los otros?
Es así que a mí me gusta que sea: igual.
Rutina, previsible, sin sorpresas.
Sorpresas, para quien huye, nunca significa cosa buena.
Después de la leche, viene la parte que casi siempre resulta en llanto: el baño.
Lleno la pequeña bañera de plástico con agua tibia y llevo uno de cada vez.
Cecília adora. Golpea las piernitas, intenta tomar el agua, ríe como si estuviera tomando baño de piscina en un hotel cinco estrellas.
Leonel, por otro lado, encara todo con indignación.
Agarra mi dedo con tanta fuerza que parece un adulto preso a una boya pinchada.
—Yo sé, yo sé — murmuro, riendo —, agua es una grande falta de respeto para un hombre serio como tú, ¿no es?
Después que están limpiecitos, secos y vestidos, coloco los dos en el corralito de la sala, cercados de juguetes que compré en promociones.
Hay sonajeros, animalitos de tela y cubos coloridos.
Cecília elige siempre el juguete más ruidoso. Leonel gusta de morder todo, como si estuviera testeando la resistencia.
Mientras ellos se distraen, corro para arreglar la casa del jeito que da.
Lavo la vajilla del café, guardo el pescado en la heladera pequeña, barro el piso. La casa es simple, pero es mi fortaleza.
El día pasa siguiendo un reloj.
Tiene la hora de la fruta machacada, la hora de la tentativa de siesta, la hora en que los dos deciden llorar al mismo tiempo solo para testear mi sanidad.
Es cansativo, es repetitivo, es exhaustivo.
Y, aun así, toda vez que los veo gateando por la alfombra o dando palmaditas uno para el otro, yo tengo certeza de que hice la cosa cierta.
Al fin de la tarde, comienzo a preparar la papilla de la cena. Machaco legumbres con un poco del pescado, acrescento arroz, muevo todo en la olla pequeña.
El olor llena la casa, mezclado a la sal del mar que entra por la ventana abierta.
Cecília hace fiesta así que siente el aroma, ya abriendo la boca antes mismo de yo aproximar la cuchara. Ya Leonel es más desconfiado. Me mira como si yo necesitase probar que la comida es buena.
—Confía en mamá — digo, soplando la papilla.
Él acaba cediendo.
La boca se abre, la cuchara entra, y luego él está comiendo tan bien cuanto la hermana.
Alrededor de las siete de la noche, los dos ya están con el baño tomado de nuevo, la barriga llena y los ojitos pesados.
Coloco cada uno en su cuna, uno al lado del otro, con la sábana simple cubriendo hasta la cintura.
Cecília agarra el propio pie con las manos, luchando contra el sueño. Leonel gira de lado, abrazando el pequeño osito de peluche que una turista alemana me dio un día en el mercado.
—Buenas noches, mis tesoros más bonitos — susurro, besando la frente de cada uno. — Duerman. Mamá está aquí.
Ellos adormecen poco a poco.
Primero, la respiración se queda más lenta.
Después, los bracitos relajan.
Yo me quedo allí, observando por algunos minutos, hasta tener certeza de que están realmente durmiendo.
Solo entonces recuerdo que aún no tomé baño.
Mi piel carrega la sal del sudor y un poco del olor a pescado, y mis músculos duelen como si yo hubiese corrido en una corrida el día entero.
Voy para el baño, tomo un baño rápido, dejando el agua caer sobre la cabeza como si pudiese lavar también la preocupación que nunca se va.
Elijo un vestido largo, confortable, de tejido leve.
No es bonito, pero es suave, y es todo lo que yo necesito para dormir.
Prendo el cabello en un moño flojo, enjugo los pies, apago la luz del baño.
De vuelta a la sala, confiero las cunas más una vez. Cecília está con la boca entreabierta, durmiendo. Leonel mantiene la expresión seria hasta mismo durmiendo.
Camino hasta el interruptor de la sala, lista para apagar la luz y dejar solo la de la cocina encendida, flojita, como de costumbre. Es en ese momento que oigo.
Tres golpes en la puerta.
No son golpes tímidos, de vecino pidiendo azúcar.
Son firmes, llenos, seguros.
El tipo de golpe de quien tiene certeza de que va a ser atendido.
Mi corazón se aprieta, pero mi cabeza busca el camino lógico.
Visitas a la noche a veces son raras en la villa.
Ya ha pasado de algún vecino aparecer con un pedazo de pastel, con legumbres que sobraron, con pescado que no vendió.
Ellos no tienen mucha noción del horario. La vida aquí es guiada por la marea, no por el reloj.
Aun así, alguna cosa en mi pecho grita que hay algo errado.
Respiro hondo, intentando convencer mi cuerpo de que es solo más una noche común.
—Ya va — digo, en un susurro que nadie del otro lado puede oír.
Camino hasta la puerta, sintiendo el piso helado bajo los pies y abro. Y el mundo que yo intenté construir lejos de él raja en el medio.
El primero choque son las luces.
Los faroles de un vehículo negro, estacionado bien en frente de mi casa, iluminan la calle estrecha. Al lado del carro, tres hombres vestidos de forma idéntica: terno oscuro, postura rígida, manos sueltas demás para quien no está armado.
El segundo choque soy yo misma, porque siento el corazón errar un latido, no, errar varios, hasta parecer que va simplemente parar.
Reconozco aquel tipo de presencia.
Es la misma que yo huí intentando olvidar.
El tercero choque es él.
Steffan D’Lucca está parado a pocos pasos de mí, preenchendo la entrada como si fuese grande demás para caber allí.
La camisa blanca está parcialmente abierta, revelando el tatuaje que sube por el pecho y desaparece en el pescuezo. Los cabellos están peinados para atrás, el rostro serio, los ojos avellana oscuros y helados como el fondo del mar en día de tempestad.
Por un segundo, yo realmente acredito que estoy soñando. O teniendo una pesadilla. No hace sentido.
Yo crucé países para que ese momento nunca aconteciese.
—¿Tú? — mi voz sale ronca, flaca. — No… no puede ser.
Pero es.
Él está allí, entero, sólido, ocupando el mismo aire que yo respiro.
Los ojos de él deslizan por mí, de mi rostro hasta los pies descalzos, analizándome.
Después, pasan por encima de mi hombro, barriendo el interior de la casa, evaluando puertas, ventanas y cantos.
Yo me encojo instintivamente. Soy pequeña delante de él. Un metro y cincuenta y seis no es nada delante de un metro y noventa de hombre acostumbrado a mandar. Siento la diferencia de altura y de mundo como un peso.
—¿No vas a invitarme para entrar, fugitiva? — él pregunta, la voz baja, firme, sin prisa.
Yo debería golpear a la puerta, gritar, correr, hacer cualquier cosa que no fuese dar espacio para él. Pero las piernas no obedecen, y la mente trabaja rápido demás.
Si yo lo mantener del lado de fuera, los vecinos pueden ver. Pueden oír.
Y hombres como Steffan no gustan de testigos.
Doy un paso para el lado, abriendo pasaje. Siento el olor de él antes mismo de verlo pasar por mí: perfume amaderado, caro, familiar.
Es como si aquella noche volviese entera, comprimida en un segundo.
El cuarto de la casa de él, la camisa medio abierta que yo misma abrí, la forma como él dijo mi nombre como si fuese importante.
Yo intenté olvidar.
Fallé.
Él entra con calma, como si la casa fuese de él. Sus zapatos de cuero italiano hacen un ruido leve en el piso de madera.
Los tres hombres quedan del lado de fuera, próximos al vehículo, en alerta.
Yo cierro la puerta despacio, como si el gesto pudiese atrasar lo inevitable.
Steffan da algunos pasos, y yo lo sigo con los ojos, el corazón descompassado.
Veo cuando la mirada de él recorre la sala: el sillón, el sofá improvisado, la pequeña cocina al fondo. Es un mundo muy diferente del de él, y yo sé de eso.
Entonces los ojos de él paran.
Dos cunas, una al lado de la otra, ocupan el canto más iluminado de la sala.
Sábanas claras, algunos juguetes presos en las laterales, un osito de peluche.
Dentro de ellas, mis hijos duermen, ajenos al terremoto que acaba de atravesar nuestra puerta.
La mirada de Steffan se fija allí.
Yo consigo percibir el exacto segundo en que algo cambia en la expresión de él.