Colter Callahan es un vaquero salvaje, de botas embarradas, modales dudosos y cero interés en una esposa.
Charlotte Walkins es sofisticada, adora los tacones, los vestidos de diseñador y considera que el barro no debería existir.
Así que, naturalmente, sus padres deciden sentarlos a cenar.
Colter fantasea con echarla de su rancho antes del primer plato.
Charlotte, después de mirarlo de arriba abajo, le sugiere que un buen corte de pelo podría hacer milagros.
Están a punto de convertirse en enemigos.
Entonces llega la propuesta de matrimonio.
Él tendrá que convivir con una princesa que probablemente se desmaye al ver una vaca.
Ella tendrá que soportar a un salvaje que cree que una camisa limpia es opcional.
Y justo cuando Charlotte piensa que casarse sería un desastre, descubre que el robo que la dejó hospitalizada podría esconder mucho más.
Ahora debe elegir entre enfrentar el misterio en la ciudad o refugiarse en el rancho de un salvaje junto a un insoportable marido.
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COLTER CALLAHAN
NARRADOR
Colter Callahan a sus 33 años considera que tiene su vida soñada para la que trabaja demasiado.
Cuando él recibió dinero por parte de su padre para labrar su futuro automáticamente comenzó a buscar un campo. Quería tener una vida tranquila en medio de la naturaleza.
Él era demasiado sencillo para estar en una oficina. No quería un automóvil de lujo, ni mucho menos estar detrás de un escritorio vestido de traje y corbata.
Al decirle a sus hermanos lo que compraría ellos se habían reído pensando que se trataba de una broma, pero al adquirir el lugar que sintió como propio al verlo, ellos le habían asegurado que lo visitarían muy poco. Y lo habían cumplido.
Él amaba el silencio, el aire puro, el amanecer sin el sonido de bocinas, sin tener que ver a la gente corriendo de un lado a otro.
Ver a sus animales le daba paz. Amaba eso.
No le tenía miedo al trabajo duro, ni a una caída del caballo, mucho menos al polvo.
La única mujer que iba al rancho era la mujer de uno de los peones y solamente cuando ella podía hacerlo porque era una mujer de cincuenta y tantos años.
No tenía líos de faldas ni siquiera una mujer que molestara su existencia y estaba bien con ello. Acababa sus días tan exhausto que ni siquiera pensaba en su abstinencia sexual.
Pero cuando Jack llegó con la noticia de que tendría invitados a cenar todas las alarmas se activaron. Su padre cada año le preguntaba cuando tendría una mujer a su lado con quién compartir sus días.
Cada año le había respondido que no necesitaba a una esposa y que estaba muy ocupado para buscar una. Hasta que eso dejó de ser una excusa y se limitó a decir que estaba perfectamente bien solo.
Naturalmente, su padre había dejado de insistir. Sabía que Colter era el que tenía el carácter más fuerte de sus tres hijos y por el bien de la paz decidió no mencionar el tema.
Pero lo que este ranchero no sabía era que los invitados de su padre no solamente llegarían al campo a compartir una cena.
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Joshua había llegado al penthouse y había visto a su hija buscando a Pastelito. Cómo las ventanas vivían cerradas y no había vecinos, él no podía meterse en problemas, o al menos no tantos.
--Hija, necesito que me acompañes a una cena importante
Ella lo miró y recordó lo que había pasado cuando él la invitó a cenar por última vez.
--Papá... tendría que salir y el elevador... ¿De verdad tengo que ir?
--Por favor. Te hablé de Jack Callahan algunas veces, aunque no creo que lo recuerdes. Me reencontré con él y amablemente nos invitó
--¿A qué hora es la cena?
--Acordamos vernos a las nueve, pero está un poco lejos, así que saldremos a las siete para llegar a tiempo
Charlotte frunció el ceño, pero aceptó.
--Está bien. Buscaré lo que usaré
--Hija, no hace falta que vayas muy bien arreglada. Jack es un amigo
Ella lo miró tal como si hubiese cometido un crimen. Las cenas a las que asistía su padre siempre requerían buena presencia, un vestido elegante, tacones altos...
Joshua evitó decirle que iban a cenar a un campo porque su hija era especialmente delicada respecto al lodo. Siempre había vivido en la ciudad, en edificios, calles asfaltadas y en su apartamento siempre procuraba no entrar con los zapatos sucios, tanto que incluso los dejaba prolijamente en la entrada y se colocaba sus pantuflas.
Cuando ella terminó de alistarse lo hizo usando un vestido rosa claro, tacones altísimos, un bolso de diseñador que combinaba perfectamente. Se había puesto uno de sus perfumes favoritos y sus joyas eran las únicas que tenía puestas el día del robo.
Ella no sabía que tres joyas habían sido descartadas. Joshua había preferido no decírselo hasta que estuviera recuperada y para no empeorar su estado de ánimo.
Salir del edificio fue difícil. Lo hizo tomada del brazo de su padre, con sus ojos cerrados la mayor parte del tiempo y contando con él lentamente para que el tiempo pasara más rápido.
Joshua miró los zapatos de su hija y suspiró.
--¿Tan lejos es? No sé adónde vamos
Ella notó que la civilización comenzaba a quedar atrás. A mitad de camino, su padre tomó un camino de tierra.
--Papá, creo que te equivocaste de camino. No creo que desees llegar tarde-- señaló mirando hacia adelante
--No, hija, es el camino correcto. No te preocupes que estamos cerca
Ella hizo silencio. Miró que ya no tenía señal y suspiró. Revisó su maquillaje usando el espejo que guardaba en su bolso y con cuidado retocó su labial.
Joshua la miró de reojo y pensó que su hija en menos de treinta minutos no querría bajar de la camioneta, menos aún porque había barro.
Entonces a lo lejos vio el rancho del hijo de su amigo, su última esperanza para salvarlos de la ruina económica.
Entonces, Charlotte miró el rancho y negó mirando a su padre.
--Dime que este no es el lugar de la cena, por favor. No estoy vestida para la ocasión y tampoco vendría aquí jamás
--Hija, fueron amables en invitarnos. Por favor, se simpática con ellos
--Papá soy simpática, pero estamos en medio de la nada, sin señal, hay barro...
--¿Cuál es el punto? Son buenas personas
--No creo que allí esté todo medianamente limpio para cenar. No quiero enfermarme. ¿Puedes formular una disculpa adecuada e irnos?
--Charlotte...
--Está bien, tal vez puedas decir que me siento indispuesta e inapetente. No serás descortés y yo no tendré que abandonar la camioneta
Sugirió, pero su padre la miró con seriedad avanzando con lentitud hacia el rancho solamente para convencerla.
--Quisiera haberme puesto unos zapatos menos bonitos-- Suspiró-- ¿Cómo se te ocurre no decirme que vendríamos aquí?
--Ya llegamos. Te aseguro que te agradarán
--Eso espero-- Dijo no muy convencida
Entonces la camioneta finalmente se detuvo. Vio a dos hombres de pie. Uno de ellos estaba vestido de manera aceptable, ese debía ser el amigo de su padre, pero el otro... hasta tenía la camisa mal planchada, usaba botas horribles y además tenía puesto un sombrero que le quedaba pésimo.
--Dios mío...-- Pronunció en voz baja mientras su padre se bajaba de la camioneta para abrirle la puerta. No es que no pudiera hacerlo ella misma, sino que cuando usaba tacones necesitaba ayuda
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