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Ecos Del Tercer Cielo

Ecos Del Tercer Cielo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Fantasía épica
Popularitas:111
Nilai: 5
nombre de autor: Maicol Castañeda

Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.



NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL DESPRENDIMIENTO

La partida de Jeik – El primero

La noche en que Jeik cumplió cinco años no comenzó distinta a las demás. La luna llena iluminaba Terraluz con una serenidad casi sagrada, el viento movía apenas las hojas del patio y el hogar de Albiel y Aloriah respiraba una paz frágil. Pero algo cambió. No fue un sonido ni un temblor. Fue una presión en el aire, una vibración rojiza que comenzó a teñir el cielo como si el horizonte ardiera desde dentro.

Aloriah lo sintió antes de verlo. El corazón le dio un vuelco, una certeza antigua le recorrió el pecho y supo que la promesa estaba reclamando su primera parte.

Jeik salió del patio con las manos cubiertas de barro y el cabello revuelto, riendo por algo que solo él entendía. Cuando vio el rostro de su madre, dejó de sonreír y se aferró al vestido con ambas manos.

—¿Por qué estás triste, mamá? ¿Hice algo malo?

Aloriah se arrodilló despacio. Sus manos temblaban, pero su voz no debía hacerlo. Le sostuvo el rostro entre los dedos y lo besó en la frente, inhalando su olor como si quisiera guardarlo para siempre.

—No, mi amor… —susurró—. No hiciste nada malo. Lo hiciste todo tan bien… que el cielo te quiere para algo grande.

Entonces el viento se abrió.

Entre fuego que no consumía y ráfagas que no herían, descendió una figura alta envuelta en un manto ardiente. No tenía rostro visible, solo una presencia que imponía respeto y destino. La luz rojiza danzaba a su alrededor como una corona viva.

Jeik retrocedió un paso. El miedo fue instintivo.

Albiel avanzó, colocándose entre su hijo y la figura por un segundo que fue eterno. Miró al guía sin desafío, pero sin sumisión.

—Es el guía del fuego —dijo con voz firme—. El que forja a los valientes. Hijo… ha llegado tu hora.

El niño miró a su madre otra vez. Sus ojos buscaban una razón para quedarse. Aloriah sonrió con los labios, aunque por dentro algo se rompía.

—No temas al fuego —le dijo, rozándole la mejilla—. Porque tú naciste de él.

Jeik respiró profundo. Sus manos dejaron el vestido, Dio un paso,Luego otro, Cuando el guía lo tomó, el fuego no lo quemó. Lo envolvió.

Jeik no lloró, Solo miró atrás una última vez.

Y desapareció en la luz.

La partida de Dervis – El que escuchaba

Dos años después, la luna volvió a llenarse, pero esa noche el aire no ardía. Pesaba. Como si el mundo entero contuviera la respiración.

Dervis cumplía cinco.

A diferencia de Jeik, él parecía haber sabido desde días antes que el momento se acercaba. Pasaba horas en silencio junto a su padre, sentado en el umbral de la casa o arrodillado en el granero, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas.

Una tarde, Aloriah lo encontró allí.

—¿Qué haces, amor? —preguntó suavemente.

—Escucho —respondió sin abrir los ojos—. El cielo habla bajito… pero habla.

Aloriah sintió un nudo en la garganta. Se arrodilló y lo abrazó con fuerza, apoyando la frente en su cabello.

—Eres mi luz en medio de tantas sombras —susurró.

Cuando la hora llegó, no hubo fuego ni viento. La oscuridad simplemente se densificó frente a la casa, reuniéndose hasta formar una figura cubierta por una túnica que parecía absorber la luz a su alrededor. No pronunció palabra. Solo esperaba.

Dervis se levantó antes de que alguien lo llamara.

Abrazó a su madre largo, como si quisiera transmitirle calma a ella y no al revés.

—Mamá… aprendí a orar por ti también.

Albiel lo tomó por los hombros y lo miró directo a los ojos.

—Nunca te sientas solo. La oscuridad no vence al que sabe encender una oración.

Dervis asintió y caminó hacia la figura sin vacilar. Antes de desaparecer entre sombras que no eran frías, giró el rostro y dijo:

—Papá… yo sí escuché… cuando todos callaban.

Y la noche lo cerró en silencio.

La partida de Gael – El impetuoso

Cuando Gael cumplió cinco, no hubo señal evidente. Ningún cielo teñido. Ningún peso extraño. Solo un silencio demasiado profundo para una tarde de juegos.

Albiel y Aloriah lo buscaron por toda la casa hasta encontrarlo en la rama más alta del árbol del patio, balanceando los pies mientras miraba el horizonte.

—¿Qué haces allá arriba? —preguntó Albiel.

—Estoy viendo si ya viene mi guía. Jeik dijo que volaban.

Rieron… pero la risa de Aloriah se quebró en el pecho.

Esa misma noche, una ráfaga de viento helado barrió Terraluz. Las hojas giraron en espiral y, en medio del remolino, apareció una figura cubierta de escarcha, con ojos como hielo antiguo.

—¿Ya? —exclamó Gael, corriendo hacia su madre—. Mamá… ¿no puedes decirle que venga otro día?

Aloriah lo apretó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.

—Siempre fuiste mi tormenta… pero también mi rayo de alegría.

Albiel se arrodilló frente a él.

—La fuerza sin disciplina se convierte en caos. Domina tu fuego interior, hijo. No dejes que él te domine a ti.

Gael tragó saliva. Miró al guía, luego a sus padres.

—No voy a llorar —dijo, con la voz temblando apenas—. Pero ustedes sí pueden… ¿cierto?

El viento lo envolvió. Copos de hielo danzaron en el aire y desapareció entre ellos.

La partida de Maikel – El último

El más pequeño. El más callado. El que parecía observarlo todo.

Cuando Maikel cumplió cinco, el dolor ya no era sorpresa en el corazón de Aloriah… pero no por eso pesaba menos.

Esa mañana le llevó flores silvestres envueltas en una hoja.

—Para ti, mamá. Porque siempre me cuidas más que a nadie.

Ella se arrodilló y lo abrazó con una ternura desesperada.

—No es que te cuide más… es que los silenciosos a veces sufren solos.

Esa noche no hubo fuego ni hielo. Entre los árboles surgió una figura cubierta de musgo y ramas, antigua como la tierra misma. Cada paso era tan suave que parecía no tocar el suelo.

Albiel lo abrazó como si el tiempo pudiera detenerse con suficiente fuerza.

—Protege la vida. Cuida a los pequeños. Porque tú, hijo mío… naciste para traer paz en medio del caos.

Maikel alzó la mirada con serenidad.

—¿Puedo llevarme una hoja de casa?

Aloriah arrancó una pequeña ramita del árbol del patio y la colocó en su mano.

—Siempre que la mires… recuerda que mamá te espera.

Maikel sonrió. No hubo lágrimas. No hubo gritos.

Solo una despedida que dolía en silencio.

Y cuando la figura lo envolvió, la noche volvió a quedar inmóvil.

El hogar quedó vacío.

Pero la promesa seguía viva.

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