Nacida como una “maldición”, criada en el desprecio, y renacida con una nueva fuerza. Una princesa diferente está a punto de cambiar el rumbo de su reino.
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Capítulo 21: El peso de una corona
Dentro del palacio
El choque entre Airi y el rey había destrozado el salón.
El trono estaba partido.
Columnas derrumbadas.
El símbolo real hecho polvo.
Airi avanzó con la espada en alto.
Sus ojos ya no titubeaban.
—Esto termina hoy.
El rey levantó su mano para lanzar otro hechizo…
Pero antes de que Airi pudiera avanzar—
—¡Protejan a sus majestades!
Los caballeros reales se interpusieron.
Decenas.
Escudos reforzados con magia sagrada.
Lanzas apuntando directo a su pecho.
Airi quedó rodeada.
Respiraba con fuerza.
Miró cada rostro.
Algunos temblaban.
Otros evitaban su mirada.
—¿También ustedes? —preguntó.
El capitán dio un paso al frente.
—Princesa… baje su arma. No nos obligue.
Airi apretó los dientes.
—¿Obligarlos a qué? ¿A defender un trono que ya está manchado?
El rey gritó desde atrás:
—¡Es una traidora! ¡Si se resiste, elimínenla!
El círculo se cerró.
Las lanzas avanzaron un centímetro.
Airi sintió la presión.
No eran enemigos.
Eran hombres y mujeres que admiraba desde pequeña.
Caballeros que representaban sacrificio.
Los mismos que entrenaban cada amanecer.
Los mismos que ahora dudaban.
Su espada tembló por primera vez.
No por miedo.
Por conflicto.
—Si lucho… tendré que herirlos.
Su aura comenzó a filtrarse otra vez.
El suelo crujió.
Los escudos vibraron.
Pero Airi no atacó.
Solo levantó la mirada hacia el techo destruido.
—Aster…
En el desierto estrellado
El dominio colapsaba.
Restos de energía flotaban como cenizas cósmicas.
Aster avanzaba entre cadáveres.
Cada paso dejaba marcas ardientes.
Activaba bendiciones con precisión brutal.
Velocidad aumentada.
Percepción expandida.
Refuerzo físico máximo.
Purificación constante.
Los últimos demonios intentaron huir.
No lo lograron.
Un corte.
Dos.
Diez.
El pequeño ejército fue eliminado por completo.
Gula cayó.
Orgullo cayó.
Pereza fue atravesada antes de poder reaccionar.
Envidia fue la última en quedar de pie.
Su respiración era inestable.
—Esto no es posible… éramos siete…
Aster la miró sin emoción.
—Ahora son menos.
Envidia lanzó su ataque final.
Un espejo infinito de versiones falsas de Aster rodeándolo.
Pero él cerró los ojos.
Un segundo.
Activó otra bendición.
Claridad Absoluta.
Abrió los ojos.
Solo una era real.
Un paso.
Un corte diagonal perfecto.
Envidia cayó.
Silencio.
El desierto volvió a estar vacío.
Aster respiró profundamente.
Su cuerpo estaba cubierto de heridas regeneradas a la fuerza.
El precio del uso excesivo de bendiciones empezaba a notarse.
Sangre seca en su ropa.
Músculos al límite.
Pero seguía de pie.
Miró hacia el cielo.
Las estrellas comenzaban a desaparecer.
El dominio se disolvía.
En el horizonte, a lo lejos, una energía oscura avanzaba.
El Rey Demonio.
Aster apretó la espada.
—Tengo que regresar al reino.
El suelo bajo sus pies se rompió cuando impulsó su cuerpo.
La velocidad fue tal que el aire explotó detrás de él.
Un rastro dorado cruzó el cielo nocturno.
Como un cometa.
Regresando a casa.
En el reino
Las murallas temblaban.
El ejército demoníaco presionaba cada vez más.
Dentro del palacio, los caballeros rodeaban a Airi.
El rey preparaba un hechizo de contención definitiva.
La reina reforzaba un sello antiguo.
Y entonces—
El cielo se iluminó.
Una línea dorada atravesó las nubes.
Todos levantaron la vista.
Los caballeros sintieron esa presencia.
El Rey Demonio también.
Airi sonrió levemente.
—Ya viene.
El impacto fue como la caída de una estrella.
La energía dorada explotó en las afueras del reino.
Y el suelo dejó de temblar.
Porque ahora…
El verdadero guardián había regresado.
Capítulo 21 — Parte 2
El regreso del Santo
El cielo explotó en luz dorada.
Un segundo después—
El aire del salón del trono se comprimió violentamente.
Una figura descendió como un rayo.
Impacto.
El mármol se pulverizó.
Los caballeros fueron lanzados hacia atrás por la onda expansiva.
Y antes de que el rey pudiera terminar su hechizo—
Aster apareció frente a él.
Demasiado rápido para verlo.
Demasiado tarde para reaccionar.
Una patada directa al estómago.
El sonido fue seco.
Brutal.
El rey salió disparado contra el muro del fondo, atravesándolo y dejando un cráter en piedra reforzada con magia real.
El palacio entero tembló.
Silencio absoluto.
El polvo comenzó a disiparse.
Aster estaba de pie.
Su capa rasgada.
Su armadura marcada por batalla.
Sus ojos brillando como dos soles contenidos.
Los caballeros lo reconocieron al instante.
—El Santo de la Espada…
La reina retrocedió.
Airi lo miró.
Y por un momento… el peso sobre su pecho desapareció.
—Llegaste…
Aster no apartó la mirada del rey incrustado entre los escombros.
Caminó hacia él con pasos firmes.
Cada paso resonaba como sentencia.
—Intentaste ejecutar a tu propia hija —dijo con voz fría.
El rey intentó levantarse, escupiendo sangre.
—¡Tú… insolente…!
Aster lo tomó del cuello y lo levantó con una sola mano.
El aura dorada envolvía la escena.
—Te advertí que el pueblo está por encima de la corona.
Lo lanzó al suelo sin esfuerzo.
Luego giró ligeramente el rostro hacia Airi.
Sus miradas se cruzaron.
Serias.
Determinadas.
—Airi.
Su voz fue firme.
—Encárgate de la mujer que te despreció toda tu vida.
La reina palideció.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Soy tu madre!
Airi dio un paso al frente.
La espada aún manchada.
Sus manos ya no temblaban.
—No.
La reina intentó invocar una barrera sagrada.
Airi avanzó antes de que el hechizo terminara.
El choque de energías iluminó el salón destruido.
Mientras tanto—
El rey intentó ponerse de pie detrás de Aster.
Activó un sello oculto bajo su palma.
Aster suspiró.
—Ni siquiera ahora puedes pelear de frente.
Sin girarse, extendió la mano.
El sello se desintegró en el aire.
Aster lo miró por encima del hombro.
—Tu reinado terminó en el momento en que elegiste el miedo sobre la justicia.
El rey intentó responder.
No pudo.
La presión del aura lo obligó de rodillas.
Al otro lado del salón—
Airi y la reina intercambiaban golpes de magia y acero.
La reina gritaba con desesperación.
—¡Yo te di la vida!
Airi bloqueó un hechizo y respondió:
—Y me la quitaste cada vez que me dijiste que no era suficiente.
El impacto rompió el suelo bajo ambas.
El techo comenzó a colapsar parcialmente.
Aster observaba sin intervenir.
Porque esta batalla…
No era suya.
Era de Airi.
Fuera del palacio, los caballeros y soldados miraban el cielo.
El ejército del Rey Demonio también había sentido la llegada de Aster.
El verdadero enfrentamiento aún estaba por venir.
Pero dentro del reino…
La sangre real estaba siendo juzgada.
Aster caminó hacia la entrada abierta del salón.
Miró el horizonte oscuro donde el Rey Demonio aguardaba.
Y habló sin apartar la vista del cielo.
—Cuando termines, Airi…
Vamos a acabar esta guerra.
Continuará…
por eso no entiendo cuando hnos se pelean o son enemigos!!!