"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El impacto del odio
La mañana en Brooklyn no era blanca, sino de un gris plomizo que parecía adherirse a la piel. Lucía se despertó con una sensación de pesadez en el pecho, ese presentimiento que los antiguos llamaban presagio. Se preparó un café amargo, mirando por la ventana de su cocina cómo la neblina devoraba la silueta de los edificios. Había pasado días trabajando desde casa, sintiendo que las paredes se le echaban encima, y esa mañana decidió que necesitaba el asfalto bajo sus pies para sentirse real.
El silencio en su apartamento era asfixiante; cada rincón parecía susurrar el nombre de Dante, recordándole la calidez de su piel y la frialdad de su situación. Necesitaba escapar de los fantasmas de seda y mármol que la perseguían en sus sueños.
Se puso su abrigo favorito, uno que había comprado con su primer sueldo en la Fundación, y se ajustó los auriculares. La música de piano que escuchaba era su único escudo contra el caos mental que le provocaba la ausencia de Dante. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro en Milán; cada vez que los abría, recordaba la llamada de Alessia. La melodía de Chopin intentaba poner orden en sus latidos, pero había una nota discordante en el ambiente, una vibración en el aire que le advertía que el mundo estaba a punto de cambiar.
Caminó hacia la avenida Bedford. El aire frío le quemaba las mejillas, pero le sentía bien; era un dolor honesto que la anclaba a la tierra. Al llegar al cruce, se detuvo. El semáforo peatonal parpadeaba como un corazón cansado. Lucía miró a ambos lados; la calle parecía inusualmente desierta, como si la ciudad misma hubiera decidido contener el aliento ante lo que estaba por suceder. Dio el primer paso.
A menos de cincuenta metros, el motor de un todoterreno negro, oculto en un callejón, cobró vida con un rugido que vibró en el suelo y en los huesos de Lucía, aunque ella no supo identificar la amenaza hasta que fue tarde. El vehículo esperaba como una bestia agazapada, una extensión metálica del odio puro de Alessia Van Doren. El conductor, un hombre contratado por Alessia cuya única lealtad era el dinero, soltó el freno. No fue un error, fue una ejecución. No hubo un intento de frenado, no hubo una maniobra de distracción; fue una trayectoria recta hacia la destrucción.
Lucía sintió el cambio en la atmósfera antes de ver el coche. El sonido de los neumáticos desgarrando el asfalto llegó a sus oídos justo cuando estaba a mitad de la calle. Giró la cabeza y el tiempo se fragmentó en mil pedazos de cristal. Vio los faros delanteros como ojos de un monstruo prehistórico que reclamaban su vida. Vio el reflejo de la neblina en el capó negro. Hubo un segundo de contacto visual con el conductor: unos ojos vacíos tras un cristal tintado, la mirada indiferente de la muerte pagada a sueldo.
El impacto fue seco, un sonido de metal contra hueso que Lucía no llegó a procesar conscientemente, aunque el dolor estalló en su sistema nervioso como una supernova. Su cuerpo fue elevado por el aire, perdiendo el contacto con la tierra que tanto amaba. Por un instante, vio el cielo gris de Brooklyn desde una altura imposible, y el mundo se volvió extrañamente silencioso; la música de sus auriculares se cortó, dejando solo el zumbido del vacío. Luego, la oscuridad la reclamó mientras su cuerpo golpeaba el pavimento con una violencia sorda. El coche no se detuvo; aceleró, dejando una estela de humo, el olor a caucho quemado y el silencio de la muerte en la avenida. Sobre el asfalto, una mancha carmesí comenzó a extenderse, un contraste violento contra el gris de la mañana.
En la Torre Moretti, Dante estaba en medio de una auditoría interna. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa de caoba mientras sus abogados revisaban las cuentas de los Van Doren. El aire acondicionado de la oficina no lograba enfriar su sangre; se sentía inquieto, con una opresión en la garganta que atribuía al cansancio. De repente, su teléfono personal, aquel que solo tenían tres personas en el mundo, vibró con una intensidad alarmante. El sonido perforó el murmullo de los abogados como un cuchillo.
—Señor... —la voz de su jefe de seguridad temblaba, perdiendo la compostura profesional por primera vez en años—. Es la señorita Bennet. Ha sido un atropello. Hospital St. Jude. Es grave.
El mundo de Dante Moretti se detuvo. El oxígeno pareció desaparecer de la habitación y las paredes de cristal de su imperio parecieron cerrarse sobre él, amenazando con aplastarlo. Sin decir una palabra, se levantó, derribando la silla que golpeó el suelo con un estruendo que hizo que todos en la sala guardaran un silencio sepulcral. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora estaban inyectados en sangre, reflejando una desesperación animal.
Salió de la oficina ignorando las preguntas de sus socios, corriendo por el pasillo como si el mismo diablo lo persiguiera. Cada segundo se sentía como una eternidad de tortura. La imagen de Lucía, tan llena de vida, ahora reducida a un informe de emergencias, le quemaba la mente. En el ascensor, golpeó la pared de metal hasta que sus nudillos sangraron, necesitando que el dolor físico compitiera con la agonía que le desgarraba el pecho.
—No ella —susurró, con la voz rota, un hombre que siempre lo tuvo todo dándose cuenta de que no tenía nada si ella no respiraba—. Dios, llévate todo... llévate la empresa, el dinero, el maldito apellido... pero no a ella.
Mientras el ascensor descendía, Dante cerró los ojos y, por primera vez en su vida adulta, rezó. No a un dios de negocios o de poder, sino a cualquier fuerza que pudiera mantener el alma de Lucía anclada a su cuerpo. Sabía, con una certeza aterradora, que si la luz de Lucía se apagaba, él se quedaría para siempre en la oscuridad que su padre le había enseñado a llamar hogar.