Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 8: Donde el deseo aprende a doler
lEl paso de rocas quedó atrás, pero el eco de lo ocurrido seguía vibrando en el aire que respiraban.
Avanzaron hasta el anochecer por un sendero más bajo, donde la montaña se abría en un valle estrecho cubierto de hierbas altas y piedras planas. No era un lugar seguro, pero tampoco lo era ningún otro en la frontera. El cansancio empezaba a notarse en los soldados: hombros caídos, miradas tensas, manos que no soltaban las armas ni siquiera al caminar.
Rhydian sentía el cuerpo pesado, no solo por el esfuerzo físico, sino por la acumulación de emociones que no encontraba dónde descargar. La imagen del muchacho omega aferrándose a su manga seguía clavada en su mente. La rabia también. Y, de forma incómoda, la mirada de Severin cuando lo vio arrodillarse frente a los rescatados.
No había sido indiferencia.
Había sido… algo más.
Cuando levantaron un campamento mínimo entre dos rocas grandes que protegían del viento, Severin se mantuvo apartado, hablando en voz baja con uno de los oficiales. Rhydian se sentó cerca del fuego, con los omegas rescatados a una distancia prudente. Les ofreció agua, les indicó dónde sentarse, cómo cubrirse del frío. No los tocaba sin permiso. No los trataba como cosas frágiles, sino como personas que habían pasado por algo que no se borraba con palabras.
Uno de los omegas, un joven de cabello oscuro y mirada cansada, le agradeció en voz baja.
—Nadie se detuvo por nosotros antes —dijo—. Pensé que… —tragó saliva— que no valíamos lo suficiente.
Rhydian sintió un nudo en la garganta.
—No es que no valieran —respondió—. Es que algunos prefieren no mirar.
Alzó la vista sin querer, buscando a Severin.
El Enigma los observaba desde la distancia.
No con frialdad clínica esta vez, sino con una atención incómoda, como si la escena le resultara difícil de encajar en su forma ordenada de entender el mundo. Cuando uno de los soldados se acercó a Rhydian para ayudar a vendar a un omega herido, Severin se tensó de una forma casi imperceptible.
Rhydian lo notó.
Y aquello le provocó una reacción extraña en el pecho.
No era satisfacción. No exactamente. Era la certeza de que Severin estaba… atento a él. No como pieza. No como variable. Como presencia.
Más tarde, cuando el campamento quedó en relativo silencio, Rhydian se levantó y caminó hacia la línea donde Severin vigilaba el entorno. No pidió permiso. No lo anunció.
—Sigues mirando como si esperases que el mundo te ataque en cualquier momento —dijo.
Severin no se giró.
—En la frontera, el mundo ataca cuando te relajas.
—También te ataca cuando te encierras —replicó Rhydian—. Solo que por dentro.
Severin apretó la mandíbula.
—No vine aquí a hablar de emociones.
Rhydian se colocó a su lado, apoyando un hombro en la roca.
—No, viniste a evitar sentirlas.
Los ojos grises se volvieron hacia él.
—Ten cuidado —dijo Severin—. Hay límites que no deberías cruzar.
—Los límites que no se nombran no existen —respondió Rhydian—. Solo son muros que alguien puso para no mirar al otro lado.
El silencio entre ambos se cargó de algo más denso que el cansancio.
Desde el campamento, una risa baja se alzó. Uno de los soldados hablaba con los omegas rescatados, intentando tranquilizarlos. La escena era inocente, incluso amable. Y, aun así, Rhydian sintió un cambio en la postura de Severin.
—¿Te molesta? —preguntó Rhydian sin mirarlo directamente.
—¿Qué cosa? —respondió Severin, demasiado rápido.
Rhydian alzó la vista, encontrando sus ojos.
—Que otros se acerquen.
Severin guardó silencio.
Y en ese silencio, Rhydian entendió algo que no había querido admitir: el Enigma no sabía qué hacer con la incomodidad que le provocaba verlo interactuar con otros. No era celos abiertos. Era una tensión contenida, un desajuste en su control habitual.
—No me perteneces —dijo Severin al final, con voz baja—. No tengo por qué molestarme.
Rhydian soltó una risa breve, amarga.
—Nunca dije que me pertenecieras tú tampoco.
Severin se volvió por completo hacia él.
—No juegues con eso —advirtió—. Hay juegos que no sabes cómo terminan.
Rhydian sostuvo su mirada.
—No estoy jugando. Estoy cansado de que me miren como si mi cercanía fuera una amenaza o un recurso. Soy una persona. Y sí, a veces toco a otros, hablo con ellos, me importan. Si eso te incomoda, no es mi problema.
La sombra de algo más oscuro cruzó los ojos grises.
—Te expones demasiado —dijo Severin—. Te ven. Te siguen con la mirada. No sabes qué despiertas.
—¿Te preocupa lo que despierto en ellos… o en ti? —preguntó Rhydian, con una calma peligrosa.
El aire pareció tensarse entre ambos.
Severin dio un paso más cerca. No lo tocó. No hizo falta. La cercanía era suficiente para que el pulso de Rhydian se acelerara.
—No despiertas nada que no pueda controlar —dijo Severin.
Rhydian inclinó apenas la cabeza, acortando aún más la distancia.
—Eso no suena tan convincente como crees.
Durante un latido, el mundo pareció contener el aliento. El fuego del campamento crepitó a lo lejos. El viento se coló entre las rocas.
Severin fue el primero en retroceder un paso.
—No mezcles lo que ocurre en el campo de batalla con lo que ocurre en tu cabeza —dijo, volviendo a erigir su muro—. La confusión mata.
Rhydian lo miró alejarse hacia la oscuridad del perímetro.
No había ganado nada en ese intercambio. Y, sin embargo, algo había cambiado.
Esa noche, Rhydian no durmió.
Escuchó el viento. Los pasos lejanos de Severin durante su ronda. El murmullo bajo de los omegas rescatados intentando convencerse de que estaban a salvo.
Y, en medio de todo eso, la certeza incómoda de que la relación entre él y el Enigma ya no era solo una alianza tensa en la frontera.
Había celos contenidos.
Había deseo no nombrado.
Había una atracción que no pedía permiso.
No era amor.
No todavía.
Era algo más peligroso:
la necesidad de ser visto por alguien que había construido su vida entera para no ver a nadie.