Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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Sombras en la biblioteca
La mañana siguiente a la gala amaneció con un cielo gris plomizo que se filtraba por las pesadas cortinas de mi habitación. Me desperté con el peso del anillo de diamante negro en mi dedo y las palabras de Alexander Rossi resonando en mi cabeza como un eco incesante. "Documentos que involucraban la firma de tu abuelo". Si Ernesto no iba a darme respuestas, tendría que encontrarlas yo misma.
Escuché el rugido del motor del coche de Ernesto alejándose por el sendero de grava a las ocho en punto. Él era un hombre de rutinas inquebrantables, un reloj suizo de ambición y control. Sabía que tenía al menos seis horas antes de que regresara de la sede corporativa.
Me vestí con algo sencillo, tratando de pasar desapercibida para el servicio, aunque en esta casa hasta las paredes parecían tener ojos. Salí de mi habitación y caminé por los pasillos alfombrados, cuyo silencio sepulcral solo era interrumpido por el tictac de los relojes de pie. Mi objetivo era la biblioteca personal de los Blackwood, un lugar al que Ernesto me había prohibido entrar alegando que eran "asuntos aburridos de la empresa".
Al llegar a las enormes puertas de roble tallado, mi corazón martilleaba contra mis costillas. Empujé con cuidado. El aire dentro de la biblioteca era diferente; olía a papel antiguo, a cera de abejas y a secretos guardados bajo llave. Las estanterías subían hasta el techo, repletas de tomos encuadernados en cuero que contenían la historia de una familia construida sobre el poder.
Caminé hacia el fondo, donde un imponente escritorio de caoba dominaba la estancia. No esperaba encontrar una confesión firmada sobre la mesa, pero Rossi había mencionado una caja de seguridad. Empecé a revisar los cajones, mis dedos temblando mientras movía carpetas de impuestos y contratos de adquisiciones. Nada.
Frustrada, me apoyé contra la estantería detrás del escritorio. Al hacerlo, sentí que una de las molduras de madera cedía ligeramente. Un escalofrío me recorrió la espalda. Con manos torpes, presioné con más fuerza. Se escuchó un clic metálico, casi imperceptible, y una sección de la estantería se desplazó unos centímetros, revelando un pequeño compartimento oculto.
Dentro no había una caja de caudales, sino un diario de piel desgastada y un sobre amarillento con el sello personal de mi padre.
—No deberías estar aquí, Elena.
La voz de Ernesto me golpeó como un balde de agua helada. Me giré bruscamente, escondiendo el sobre tras mi espalda, pero fue inútil. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con la chaqueta del traje en la mano y la camisa desabrochada en el cuello. Su mirada no era de furia, sino de una decepción profunda que me dolió más de lo que esperaba.
—Pensé que te había dejado claro que hay lugares en esta casa que no te pertenecen —dijo, caminando hacia mí con esa lentitud depredadora que me hacía sentir pequeña.
—Me dijiste que confiara en ti —respondí, tratando de mantener la compostura a pesar de que el sobre quemaba en mi mano—. Pero confíar no significa ser ciega, Ernesto. Rossi dijo que había documentos... y acabo de encontrar uno con el sello de mi padre en tu escondite secreto. ¿Cómo explicas eso?
Él se detuvo a solo unos pasos, invadiendo mi espacio con su presencia abrumadora. El aroma a sándalo y lluvia que siempre lo acompañaba llenó mis sentidos. Extendió la mano, esperando que le entregara el sobre.
—Entrégamelo —ordenó en un susurro peligroso.
—Dime qué es primero.
Ernesto soltó un suspiro pesado y, en lugar de arrebatarme el papel, acortó la distancia final. Sus manos rodearon mis muñecas, no con violencia, sino con una firmeza que me inmovilizó. Sus ojos grises, usualmente fríos como el hielo, brillaron con una emoción que no supe identificar: ¿era miedo? ¿era arrepentimiento?
—Ese sobre contiene la prueba de que tu padre intentó salvarte de la única forma que conocía —dijo, su voz ronca—. Pero también contiene la prueba de que mi abuelo fue un monstruo mucho más grande de lo que imaginas. Si lo abres, Elena, ya no habrá vuelta atrás. El odio que sientes por mi apellido se convertirá en algo que ni siquiera mi amor, si es que alguna vez te permites creer en él, podrá borrar.
—¿Amor? —repetí, mi voz apenas un hilo—. Me compraste, Ernesto. Me pusiste un anillo y me encerraste en esta mansión. No hables de amor.
—Te protegí de los Rossi —corrigió él, apretando más mis muñecas—. Te protegí de terminar en una celda por los pecados de tu padre. Y te estoy protegiendo de la verdad de ese sobre porque, una vez que la sepas, el peligro de amarme será el menor de tus problemas.
En un movimiento rápido, me soltó y tomó el sobre de mis manos. No lo abrió. Caminó hacia la chimenea de la biblioteca, donde un fuego bajo todavía ardía, y lo arrojó a las brasas.
—¡No! —grité, intentando recuperarlo, pero él me atrapó por la cintura, manteniéndome contra su pecho mientras veíamos cómo el papel se consumía en llamas azules y naranjas.
Me quedé allí, atrapada en su abrazo, llorando de rabia y frustración contra su hombro. Él no me soltó. Apoyó su barbilla sobre mi cabeza y, por primera vez, sentí que su corazón latía tan rápido como el mío. El secreto se había convertido en cenizas, pero la sospecha acababa de incendiar lo poco que quedaba de mi paz.