Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capitulo 14
—¿Qué crees que estás haciendo? – preguntó entre dientes Isabel cuando Cedric la recostó en la cama matrimonial.
—Lo que se supone que un buen esposo debe hacer – exclamó él con voz seductora, acercándosele con una sonrisa provocativa.
—¿Y eso es...? – preguntó nuevamente ella, nerviosa.
—Tener a su esposa en la cama todas las noches – musitó a pocos centímetros de su rostro, haciéndola enrojecer de la vergüenza.
—¿Y eso no sé debería aplicar también al esposo? – inquirió ella, tomando coraje y levantando el mentón.
Él sonrió complacido, le gustaba su carácter. El mismo que lo cautivo aquella noche en el bosque.
—Por supuesto – aseguró él deslizando su dedo índice por su brazo desnudo, haciéndole erizar los vellos de la piel.
—Sin embargo, la esposa duerme en el cuarto y el esposo, en cualquier sitio – le recriminó ella con los ojos entrecerrados.
Él de repente se dio cuenta de que nunca le explicó que la noche anterior solo se había quedado dormido en su despacho, por lo que ella podía suponer cosas que no eran.
—Isabel... – pronunció su nombre suavemente, hablando con honestidad – lo siento – se disculpó – anoche yo estaba tan cansado que me quedé dormido en mi despacho, cuando nos vimos en el salón recién despertaba.
—El salón que tanto te disgustó – sonrió agria ella, todavía no olvidaba eso.
Él parpadeó, ¿se tenía que disculpar por otra cosa ahora?, rodó los ojos, se dio cuenta de que esa noche no habría paz.
—Fue un malentendido – respondió simplemente.
—Como usted diga, Duque – respondió ella de forma fría e impersonal, dándose la vuelta para dormir de espaldas a él.
Cedric se tiró de espaldas a la cama, resopló fuertemente.
Ya se había dado cuenta de que su mujer no era nada fácil de tratar, pero aún así... le fascinaba con locura.
Se recostó de lado, apoyando su cabeza en su mano derecha, apoyando el codo en la cama. Él la miraba descansar.
Ella sentía una fuerte sensación en sus omóplatos, cuello, espalda baja... ¿La estaba mirando?.
Al día siguiente Isabel se despertó sola en la habitación. Ya sé había enterado de que el Duque Cedric se levantaba apenas salía el sol para atender sus asuntos con sus tierras y negocios.
Cuando se estaba por levantar de la cama, se dio cuenta de que las mantas estaban desparramadas por toda la cama, incluso ella dormía sobre ellas. Pero una pequeña manta distinta a las que cubrían la cama, la cubría a ella.
La olió y suspiró...
Olía a Cedric.
¿Él la había tapado antes de irse?.
Guardo la frazada entre sus prendas, se alistó y bajó.
—Buenos días Duquesa – saludó Dalia con una reverencia y una sonrisa alegre.
—Buenos días Dalia – saludó igual de sonriente Isabel, era agradable el ambiente.
—¿Desea desayunar mi señora? – preguntó la joven, ya guiándola al comedor.
—Si Dalia – afirmó Isabel.
Dalia la guío hacia el comedor donde se encontró a Cedric tomando un té mientras leía unos documentos.
—Buenos días – saludó él dándole una repasada a su cuerpo con una sonrisa.
—Buenos días Duque – saludó ella media fría.
Dalia rápidamente le sirvió el desayuno a su señora, eran comidas muy abundantes, lo que sorprendió al Duque, pero más aun cuando la vió engullir todo eso con gran deleite.
Cómo le gustaba esa mujer.
No se había dando cuenta que hacía rato la estaba mirando comer y descuidando sus deberes hasta que ella le habló, sacándolo de su burbuja.
—¿Quiere? – preguntó ella con el cachete inflado, señalando una dona.
El Duque negó con la cabeza y una sonrisa amable, si habría la boca no podría evitar soltar la carcajada y hacerla enojar aún más.
—Duque – habló ella, después de tragar lo que tenía en los cachetes – ¿cuándo se me darán mis tareas como Duquesa? – preguntó sería.
Aquello sorprendió al Duque, no tenía idea de que ella ya quería ponerse a trabajar.
Rápidamente, ordenó a varios sirvientes que trajeran algunos papeles para él y se los entregó a su esposa, explicándole que debía ver y hacer.
Isabel entendió todo con gran facilidad, y se puso a ver los papeles mientras terminaba de desayunar.
—Isabel... – habló el Duque nervioso – verás... debo decir esposa mía, que solo Dios sabe que jamás he sido bueno con las disculpas, mucho menos tratar de arreglar los comentarios que hago, nunca había tenido que preocuparme por como se los tomaban aquellos que me escuchaban – daba vueltas su taza de té cada vez más nervioso – pero de ahora en más, te prometo que trataré de mejorar por ti y ni volver a hacerte sentir mal con mis palabras.
Cedric estuvo un rato en silencio, esperando su respuesta con mucha ansiedad.
Cómo la respuesta no llegaba, levantó la vista hacia ella. Encontrándola sumergida totalmente en los papeles que le había dado. Incluso había dejado de comer por estar tan absorta en los informes.
Suspiró, qué oportuno.
—Mis señores, tienen visitas – anunció el ama de llaves haciéndoles una reverencia.
Está vez, Isabel sí escuchó.
Ambos se miraron, no esperaban visitas. Se levantaron para ir a ver quién podría ser.
Antes de entrar al recibidor ya los podían oir discutir, pero no dijeron nada hasta entrar y verlos.
Allí, los hermanos Radcliffe discutían entre ellos.
—¡Me estás siguiendo, deja de hacerlo! – exclamaba Cordelia molesta.
—¡Ya te dije que no estoy aquí por tí! – repetía él furioso con ella y su presencia.
—¿Y por quién estás aquí entonces? – preguntó de repente el Duque, totalmente serio.
Ambos albinos se volvieron hacía ellos, mirándolos con deleite.
—¡Cedric! – chilló Cordelia corriendo hacía él, sujetándolo del brazo de forma posesiva.
Él miró a Isabel, pero ella giró la cabeza fingiendo indiferencia total. Sí él no le daba su lugar, ella no pelearía por él, no tenía por qué hacerlo, menos si no había amor ahí.
—Señorita Everly – saludó con una reverencia Tristan – he venido a visitarla, me han dicho que ha hecho unos bellísimos arreglos en el jardín y deseaba con ansias verlo.
—¡Oh, por supuesto! – se entusiasmó ella, tomándolo del brazo que él le ofrecía – sígame por favor.
Antes de salir del ducado, ella se volteó sutilmente para ver al azabache, seguía en la misma posición, mirándola fijamente mientras Cordelia seguía agarrándolo del brazo y hablando sin parar.