Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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EL BOSQUE ROJO
El aire en aquel lugar era denso, teñido de un carmesí que no solo cubría las hojas de los árboles, sino que parecía filtrarse en la misma luz del sol. Leónidas y su equipo finalmente habían cruzado la frontera; frente a ellos se extendía el legendario Bosque Rojo, un paraje de una belleza tan cautivadora como peligrosa, lleno de cascadas cristalinas y estanques que reflejaban la extraña vegetación.
—Vaya... esta es la primera vez que vengo al bosque rojo —murmuró Deila, rompiendo el silencio mientras sus ojos recorrían las sombras escarlatas—. Mi padre jamás me quiso traer por estos lados.
Leónidas la observó de reojo, notando la mezcla de asombro y melancolía en su voz.
—¿Alguna razón en especial? —preguntó con curiosidad.
Deila guardó silencio un momento, desviando la mirada hacia las raíces retorcidas de los árboles.
—Mmm... prefiero no hablar de eso —respondió con evasivas.
Leónidas asintió respetuosamente. —Entiendo —dijo, aunque su mente ya estaba enfocada en el objetivo de la misión.
De repente, Blake se tensó y extendió un brazo para detenerlos.
—Oigan, agáchense —susurró con urgencia—. Creo que veo a un Leolagarto.
Siguiendo su indicación, los tres se deslizaron tras la protección de un arbusto espeso. A pocos metros, la criatura bebía tranquilamente de un pequeño estanque, ajena a la presencia de los magos.
—Perfecto, este es el plan —susurró Leónidas, trazando la estrategia en su mente—. Yo lo distraeré, mientras tú, Blake, lo atacas por su punto ciego.
—De acuerdo —asintió Blake con determinación.
—¿Y yo qué hago? —intervino Deila, ansiosa por ayudar.
—Tú... apoyarás a Blake por si no resulta el "plan A".
—¡Sí! —exclamó ella en un susurro cargado de entusiasmo.
Leónidas respiró hondo, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.
—Bien, a la cuenta de tres... Uno... dos... ¡Ahora!
Leónidas saltó de su escondite con una velocidad asombrosa, corriendo directamente hacia la bestia. El Leolagarto reaccionó al instante, rugiendo y preparándose para un enfrentamiento cara a cara. Mientras tanto, Blake activó su magia de tierra, camuflando el sonido de sus pasos mediante vibraciones sutiles para rodear a la criatura por detrás.
Todo parecía ir a la perfección hasta que, de la nada, un pilar de tierra surgió del suelo, interrumpiendo el avance de Leónidas y alertando por completo al Leolagarto.
—¡No! —gritó Leónidas, viendo cómo su ventaja se esfumaba.
Confundido, se giró hacia su compañero:
—¿Qué haces, Blake?
—¡Ya te dije que no fui yo! —respondió Blake, visiblemente frustrado.
—¿Entonces quién más podría ser...? —comenzó a preguntar Leónidas, pero su pregunta fue respondida por una risa gélida que ya conocían demasiado bien.
De entre las sombras de los árboles rojos emergió Dylon, con una sonrisa arrogante dibujada en el rostro.
—Hola de nuevo, mocosos. Ja, ja, ja —se burló.
Aprovechando la confusión del encuentro, el Leolagarto huyó a toda velocidad, perdiéndose en la espesura.
—No puede ser, estuvimos tan cerca... —se lamentó Leónidas, apretando los puños—. ¿Qué creen que hacen?
—¿No es obvio? Queríamos a ese Leolagarto —respondió Dylon con desprecio—. Y ustedes, inútiles, lo dejaron escapar.
—¿Nosotros? —saltó Deila indignada—. ¡Fuiste tú, tonto!
Dylon cambió su expresión a una de pura hostilidad y se acercó violentamente a ella.
—¿Eh? —gruñó amenazante.
Leónidas se interpuso de inmediato, protegiendo a su compañera.
—Oye, ni se te ocurra ponerle una mano a mi equipo.
—Él tiene razón —añadió Blake, posicionándose al lado de sus amigos—. Aléjate de nosotros.
Dylon soltó una carcajada estridente que resonó en todo el claro.
—¿O si no qué?
—Te las verás con nosotros —sentenció Leónidas—. Somos tres contra uno.
—¿Uno? —Dylon volvió a reírse con fuerza—. ¿Acaso piensas que solo soy yo? Hagamos esto más interesante... ¡Tokata! ¡Fey!
Dos figuras emergieron de la maleza. Tokata, un joven que irradiaba una fuerza inquietante, y Fey, que observaba a los protagonistas con desdén.
—¿Qué hacen unos niños en el bosque rojo? —preguntó Fey con tono burlón.
—Ahora somos tres contra tres —concluyó Dylon con malicia.
Leónidas analizó la situación. Podría encargarse de Dylon y Fey, pero Tokata era diferente; su presencia emitía un aura de poder que lo hacía dudar. La tensión era casi tangible; un movimiento en falso y se desataría una batalla campal.
Justo cuando el primer hechizo estaba a punto de ser lanzado, una figura descendió desde la copa de un árbol, aterrizando con elegancia en medio de los dos equipos.
—Escuchen... —dijo el recién llegado con una voz autoritaria.
—¿El presidente? —exclamó Leónidas, reconociendo a Ying.
Dylon chasqueó la lengua con fastidio, pero no se atrevió a atacar.
—Hay una regla más —anunció Ying, mirando a ambos grupos—. Las peleas entre equipos están prohibidas. Aquellos que rompan esta regla serán descalificados.
Antes de que alguien pudiera protestar, Ying añadió:
—Les daré ventaja: hay un Leolagarto hacia el sur del bosque y otro yendo para el norte. ¡Vayan! Y buena suerte.
Con esas últimas palabras, el Presidente Ying se esfumó en el aire, dejando a los jóvenes con una decisión urgente que tomar.