El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
NovelToon tiene autorización de Fernanda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 2: El sabor de la penumbra
El palacio de las sombras no despertaba con el sol, sino con el encendido de las antorchas de fuego azul. Mi primera tarea como sierva personal fue escoltar al príncipe durante su cena. Caminar a su lado por los pasillos infinitos era como caminar junto a un huracán en calma: sentías la potencia del desastre, aunque el aire apenas se moviera.
El comedor era una estancia vasta, fría y dominada por una mesa de obsidiana. Damián se sentó en la cabecera, pero no había comida frente a él. Solo una copa de cristal tallado con brillos que ansiaban ser dorados.
—Acércate, Elisabeth —ordenó sin mirarme.
Mis manos temblaron mientras rodeaba la mesa. Él dejó una pequeña daga de plata sobre el mantel negro. El metal brillaba con una luz letal.
—Tu hermana está a salvo en la aldea —dijo de pronto, y su mirada gris se clavó en la mía, inmovilizándome—. He cumplido mi parte. Ahora, cumple la tuya.
Entendí el ritual. Tomé la daga; el mango estaba frío, pero mi piel ardía. Deslicé el filo sobre la palma de mi mano, un corte limpio y rápido. Un gemido sofocado escapó de mis labios, no tanto por el dolor, sino por la intensidad con la que Damián siguió el recorrido de la primera gota.
Sus pupilas se dilataron hasta que el gris desapareció por completo. Se levantó y tomó mi mano entre las suyas. Sus dedos eran gélidos, pero donde me tocaba, sentía chispas eléctricas que me confundían. Llevó mi mano hacia su copa, dejando que mi sangre cayera, roja y vibrante, contra el cristal.
—Tienes un aroma extraño —susurró, su voz ahora era un gruñido bajo, casi hambriento—. No es solo miedo. Hay algo más... algo que no logro descifrar.
Se acercó tanto que pude sentir su aliento frío contra mi mejilla. Por un segundo, olvidé que era mi captor. Olvidé que era un monstruo. Solo vi la curva de sus labios y la intensidad de una mirada que parecía quemar mi alma.
—¿Qué es? —pregunté en un hilo de voz, incapaz de apartarme.
Damián cerró los ojos, inhalando profundamente cerca de mi cuello, justo donde mi pulso latía con fuerza. Sentí la punta de sus colmillos rozar apenas mi piel, una promesa de dolor y placer que me dejó sin aliento.
—Peligro —respondió él, soltando mi mano bruscamente, como si mi contacto lo quemase haciendo que callera sentada en el suelo frio—. Eres un peligro que debería haber destruido en cuanto cruzaste esa puerta.
Bebió el contenido de la copa de un solo trago y se levantó, dejándome allí, con la mano herida y el corazón galopando por una razón que me aterraba admitir. Él sentía algo, una anomalía en mi sangre que lo perturbaba, pero ninguno de los dos estaba listo para saber qué era.
Me levanté del suelo y rápido me dirijo a mis aposentos para poder curar la herida de mi mano al llegar la puerta de mi alcoba estaba abierta