Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Ryan y Agnes 1
Audrey fue la primera en decirlo.
—No irás caminando.
Leilani, que estaba probándose los guantes frente al espejo, parpadeó.
—La mansión no está tan lejos…
Sadie negó con la cabeza con firmeza.
—Es una boda Norhaven. Ir caminando es como anunciar que no sabes el valor de tu propio trabajo.
Audrey asintió.
—Además, tienes una tienda próspera. Debes mantener cierta imagen.
Leilani dudó unos segundos.
No necesitaba aparentar riqueza.
Pero tampoco quería desentonar.
Al final, suspiró.
—Está bien. Rentaré un carruaje.
Y así lo hizo.
No el más ostentoso.
Pero sí uno elegante, discreto, con madera pulida y ruedas silenciosas.
El día de la boda, Audrey y Sadie llegaron temprano a la casa de Leilani.
La hicieron sentarse frente al espejo como si fuera una muñeca más de la tienda.
Su cabello castaño oscuro caía naturalmente en rizos suaves. No intentaron alisarlo ni forzarlo. Solo lo recogieron parcialmente, dejando algunos mechones enmarcando su rostro, sujetándolo con pequeños pasadores plateados que brillaban discretamente bajo la luz.
—Nada exagerado.. Elegancia sencilla.
Sadie ajustó el corset con manos expertas.
El vestido plateado y azul caía perfecto.
Cuando finalmente la hicieron ponerse de pie, ambas mujeres suspiraron al mismo tiempo.
—Mírala…
Leilani se giró hacia el espejo.
Por un instante no se reconoció.
No era la hija ignorada de una mansión cruel.
No era la fugitiva que había huido en medio del fuego.
Era una mujer segura.
Dueña de su nombre.
—Gracias…
Audrey le dio un pequeño beso en la frente..
—Ve y disfruta.
El carruaje avanzó hasta la mansión Norhaven.
El jardín estaba iluminado con faroles colgantes y arreglos florales delicados. Mesas redondas cubiertas con manteles claros, copas brillando bajo la luz dorada del atardecer.
La música suave llenaba el aire.
Era elegante.
Pero no ostentoso.
Leilani descendió del carruaje con cuidado.
Sintió algunas miradas curiosas, pero no hostiles.
Entró al jardín y eligió un asiento un poco atrás.
Lo suficiente para ver bien la ceremonia.
Pero no tan adelante como para llamar la atención.
Observó todo con el corazón ligero.
Agnes estaba radiante.
Ryan la miraba como si no existiera nadie más.
Leilani sonrió.
Era hermoso.
Real.
Ella también quería algo así algún día.
Amor.
Respeto.
Elección.
Estaba tan concentrada en la escena que no notó el cambio en el ambiente.
Algunas conversaciones bajaron de tono.
Algunos invitados se enderezaron ligeramente.
Y entonces… Una sombra cubrió parte de la luz que caía sobre ella.
Leilani pensó que sería otro invitado buscando asiento.
No levantó la vista de inmediato.
Hasta que escuchó esa voz.
Grave.
Con una sonrisa contenida en cada sílaba.
—Lindos colores.
El corazón le dio un golpe seco en el pecho.
No necesitaba mirar.
Conocía esa voz.
Cada músculo de su espalda se tensó.
Aun así, lentamente, levantó la vista.
Jack Sterling estaba a su lado.
Impecable.
Alto.
Imponente.
Vestido con un traje azul profundo con bordados plateados.
Exactamente los mismos tonos que su vestido.
Sus ojos marrón intenso la recorrían sin disimulo.
Con esa mirada coqueta.
Segura.
Como si el mundo entero fuera suyo.
Y ella… incluida.
Leilani tragó saliva.
—Su excelencia —murmuró, manteniendo la compostura.
Él inclinó apenas la cabeza.
—Señorita Baston.
Sus labios se curvaron con diversión peligrosa.
—Parece que combinamos.
Ella sintió cómo el calor subía por su cuello.
Era imposible.
Había pensado que él no vendría.
Que no tendría que enfrentarlo.
Que su corazón podría latir tranquilo esa noche.
Pero allí estaba.
A su lado.
Invadiendo su espacio.
Su calma.
Su respiración.
—Es una coincidencia —respondió ella con voz firme, aunque sus manos se apretaban ligeramente sobre la falda.
Él bajó la mirada hacia el vestido.
Luego volvió a sus ojos.
—Las coincidencias me gustan.
Y sin pedir permiso… Tomó asiento junto a ella.
Pero a pesar de su presencia imponente, Leilani tomó una decisión firme.
No había huido de una mansión en llamas, no había construido una vida desde cero, no había aprendido a dominar su magia… para dejar que un hombre alterara su paz en una boda.
Así que simplemente… lo ignoró.
Enderezó la espalda.
Clavó la vista al frente.
Y se concentró en lo que realmente importaba.
En el altar bajo el arco de flores, Agnes y Ryan se tomaban de las manos.
La luz del atardecer caía dorada sobre ellos.
El silencio era respetuoso, expectante.
Ryan habló primero.
Su voz no era fuerte, pero sí firme.
Prometió apoyo.
Prometió admiración.
Prometió caminar junto a ella, no delante.
Agnes sonrió con esa mezcla de inteligencia y emoción contenida que la caracterizaba.
Cuando fue su turno, sus palabras no fueron débiles ni dependientes.
Prometió elegirlo todos los días.
Prometió crecer junto a él.
Prometió no perderse a sí misma en el matrimonio.
Leilani sintió que algo en su pecho se apretaba suavemente.
Eso era amor.
No posesión.
No imposición.
Elección.
Compañerismo.
Mientras intercambiaban los anillos, ella suspiró sin poder evitarlo.
Fue un suspiro pequeño.
Ilusionado.
Casi infantil.
A su lado, una voz baja murmuró..
—Yo también puedo hacerla suspirar así.
Leilani no giró la cabeza.
Ni un milímetro.
Como si no hubiera escuchado nada.
Como si el duque Sterling fuera parte del aire.
Jack ladeó ligeramente la cabeza, divertido por la ausencia total de reacción.
—Qué fría —murmuró apenas para sí.
Pero sus ojos brillaban con interés renovado.
Después de la ceremonia, los invitados pasaron al banquete.
Mesas decoradas con flores blancas y verdes
Copas relucientes.
Risas más relajadas.
Leilani se levantó con cuidado y recorrió el jardín buscando una mesa estratégica.
Eligió una casi llena.
Solo quedaba un asiento libre.
[Perfecto.]
Se sentó entre una señora mayor amable y un joven comerciante que hablaba animadamente sobre cosechas.
No habría espacio para el duque.
Se permitió relajarse.
Sonrió.
Conversó educadamente.
Probó el vino.
Miró de lejos a Agnes, radiante entre los invitados.
Estaba funcionando.
Podía disfrutar.
Podía ignorarlo.
Hasta que notó movimiento a su izquierda.
El matrimonio que estaba sentado allí.. una pareja de mediana edad que había estado conversando tranquilamente.. recibió la visita de alguien.
Un hombre alto. Uniformado.
Hubo un intercambio breve de palabras. Muy breve.
La pareja asintió con sonrisas algo tensas… y se levantó.
—Nos han invitado a otra mesa..
Leilani parpadeó.
—Oh… claro…
Los vio alejarse.
Y antes de que pudiera procesarlo… Una sombra familiar cubrió el asiento vacío.
El duque Sterling tomó el lugar con absoluta naturalidad.
Sonriendo.
Como si aquello fuera lo más lógico del mundo.
Se acomodó.
Cruzó una pierna.
Tomó la copa frente a él.
—Qué coincidencia.. Justo había un asiento libre.
Leilani lo miró lentamente.
Muy lentamente.
—Eso no fue una coincidencia.
Él levantó una ceja, divertido.
—¿Me acusa de algo, señorita Baston?
Ella apretó los labios.
—Acuso su exceso de confianza.
Él inclinó ligeramente el rostro hacia ella.
Lo suficiente para que su voz solo fuera para ella.
—¿Prefiere que tenga falta de interés?
—Prefiero que respete mi espacio.
Él sonrió más.
No una sonrisa burlona.
Sino satisfecha.
—Lo estoy respetando.
Y aunque estaba sentado a su lado…
Dejó unos centímetros exactos entre ambos.
Como si marcara una línea invisible.
Pero no dejó de mirarla.
Ni un segundo.