Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Posible proyecto
Luke
Se queda mirándome.
—¿De qué tipo?
—Depende del nivel de protección que quieras conseguir.
Me incorporo.
—Hay empresas especializadas que modifican vehículos completos. Cristales, puertas, estructura, protección de los ocupantes. No es simplemente instalar placas de metal y esperar que funcionen. —Damián escucha sin interrumpirme. Eso ya resulta bastante interesante—. Se necesita trabajar con materiales certificados, revisar la estructura del vehículo y comprobar que todos los sistemas sigan funcionando correctamente —continúo—. Además, el peso cambia muchísimo.
—¿Cuánto?
—Depende del vehículo y del blindaje. Puede añadir varios cientos de kilos, incluso bastante más.
Su expresión se vuelve pensativa.
—Eso afectaría al rendimiento.
—Exactamente. —Señalo el todoterreno—. No puedes añadir todo ese peso y esperar que los frenos, la suspensión y el resto de los componentes respondan igual.
Damián mira el vehículo.
—¿Y se puede solucionar?
—Se puede adaptar, siempre que el proyecto esté bien diseñado y se respeten las capacidades del vehículo. —Me cruzo de brazos—. Existen niveles de protección diferentes. Algunos están pensados para determinadas armas cortas. Otros contemplan amenazas de mayor potencia, incluidos ciertos proyectiles de fusil.
Damián levanta lentamente la mirada.
—Eso último me interesa.
Por supuesto que le interesa.
—Pero hay una diferencia entre comprar materiales resistentes y conseguir un vehículo cuya protección completa haya sido probada —añado—. Para algo así necesitaríamos trabajar con una empresa especializada en blindaje y ensayos balísticos.
Damián sonríe ligeramente.
—¿Y tú podrías encargarte del proyecto?
Me quedo pensando.
—Podría coordinar la parte mecánica, la adaptación del vehículo y trabajar con los especialistas que suministren e instalen los sistemas certificados. —Miro nuevamente el Mercedes—. Pero no te prometería que puedo convertir cualquier automóvil en un vehículo blindado simplemente porque tenga herramientas y un elevador.
Damián suelta una carcajada.
—Agradezco la sinceridad.
—Es más barato que descubrir el error después.
Su sonrisa desaparece ligeramente.
Mira otra vez la mancha del asiento.
—Sí —murmura—. Supongo que tienes razón.
Hay un breve silencio.
Después se aparta del automóvil.
—¿Cuánto costaría?
Sonrío.
Ahí está la pregunta favorita de cualquier cliente.
—Primero tendríamos que definir el vehículo y el nivel de protección.
—Dame una aproximación.
Me paso una mano por el cabello.
—Un proyecto profesional de este tipo puede costar varias decenas de miles de euros. Si hablamos de blindaje de alto nivel, de adaptar completamente un todoterreno y de certificar el resultado, podríamos superar fácilmente los cien mil, dependiendo de las especificaciones.
Damián ni siquiera pestañea.
Por supuesto.
Cien mil euros.
La cantidad que podría mantener mi negocio funcionando durante bastante tiempo.
Y el hombre me está mirando como si acabara de decirle cuánto cuesta cambiar un filtro.
—El dinero no es el problema —responde.
Lo observo.
—Imaginé que dirías eso.
Sonríe.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Miro el Mercedes.
—Hacerlo bien.
Su expresión cambia.
Hay algo parecido a la aprobación en sus ojos.
—Eso me gusta. —Se acerca nuevamente al vehículo—. ¿Cuánto tiempo necesitarías?
—Para un proyecto así, semanas o meses, dependiendo del proveedor, la disponibilidad de materiales y las pruebas necesarias.
—¿Meses?
—No estamos hablando de cambiar una caja de cambios, Damián.
Se ríe.
—Lo sé.
—Necesitaríamos revisar la documentación técnica, definir el alcance, coordinar el trabajo especializado y comprobar que la protección y la conducción sean seguras.
Asiente lentamente.
—¿Y si empezamos con uno?
Lo miro.
—¿Uno?
—Un vehículo. —Hace un gesto hacia el Mercedes—. Elegimos uno de los que utilizamos habitualmente. Lo adaptamos y verificamos el resultado.
Me quedo pensando.
—Podríamos hacerlo.
—¿Y después?
—Después evaluamos cómo se comporta, qué problemas aparecen y si tiene sentido repetir el proyecto con otros modelos.
Damián sonríe.
—Perfecto.
Lo observo.
—¿Perfecto?
—Perfecto.
—Damián, todavía no hemos preparado un presupuesto.
—Entonces prepáralo.
—Ni siquiera sabemos qué empresa podría encargarse de la parte balística.
—Búscala.
Lo miro.
Él me devuelve la mirada.
—¿Qué?
Suelto una carcajada.
—Tienes una manera bastante particular de tomar decisiones.
—Llevo años perfeccionándola.
Niega ligeramente con la cabeza.
Después observa los impactos sobre la puerta.
Su expresión se vuelve seria.
—Hace unos días uno de mis hombres terminó herido. —Miro nuevamente el asiento. No necesito preguntar si la sangre es suya—. Está bien —continúa—. Se recuperará.
Asiento.
—Me alegro.
—Tiene esposa. Dos hijos pequeños.
Guardo silencio.
Damián pasa una mano sobre el techo del vehículo.
—El dinero no me sirve de mucho si no consigo que mis hombres regresen vivos a sus casas, Evans.
Lo observo.
Hay algo en su tono que me sorprende.
No parece un hombre hablando de empleados. Parece alguien hablando de personas que realmente le importan.
—Entonces hagámoslo bien —respondo.
Me mira.
—¿Sí?
—Sí. —Señalo el vehículo—. Empezamos por uno. Buscamos una empresa con experiencia y certificaciones verificables. Yo me encargo de estudiar las adaptaciones mecánicas y de coordinar todo lo que corresponda al taller.
Damián extiende la mano.
—Trato hecho.
Se la estrecho.
—Trato hecho.
Sonríe.
—Si funciona, te enviaré todos los vehículos que utilizamos.
Lo miro.
—¿Todos?
—Todos.
Permanezco en silencio.
Intento calcular cuántos vehículos podría significar eso.
Después decido que probablemente es mejor no hacerlo, porque mi cuenta bancaria acaba de emocionarse.
Y mi capacidad disponible, en cambio, está empezando a entrar en pánico.
—También podríamos aprovechar para revisar el comportamiento dinámico de los vehículos —comento mientras regresamos hacia la oficina.
Damián me mira.
—¿A qué te refieres?
—A que, si van a incorporar más peso, habrá que evaluar cómo cambia la aceleración, la respuesta de los frenos, la estabilidad y el rendimiento del motor.
—Necesito que sigan siendo rápidos.
Asiento.
—Lo imagino.
—No quiero vehículos que apenas puedan moverse.
Sonrío.
—Eso tampoco sería especialmente útil para ir a comprar pan.
Damián se ríe.
—Exactamente.
—Podemos evaluar plataformas apropiadas desde el comienzo y trabajar con las especificaciones de seguridad del fabricante y los especialistas. Algunos vehículos serán mejores candidatos que otros.
—¿Y podríamos mejorar también el sistema de comunicaciones?
—Con proveedores especializados, sí. Todo tendría que ser compatible con el vehículo y cumplir la normativa correspondiente.
Damián asiente.
—Me interesa que los conductores tengan equipos confiables.
—Eso podemos incluirlo en el proyecto.
Tomo mi libreta del escritorio.
Anoto algunas ideas generales.
Blindaje certificado.
Adaptación de suspensión.
Revisión del sistema de frenado.
Peso total.
Rendimiento.
Comunicaciones.
Ensayos de seguridad.
Miro la lista.
Después miro a Damián.
—Esto ya no es una reparación.
Sonríe.
—No.
—Es prácticamente una nueva línea de negocio.
Su sonrisa se amplía.
—Precisamente.
Me quedo observándolo.
El hombre tiene una capacidad extraordinaria para convertir una conversación de diez minutos en un proyecto que podría cambiar por completo mi empresa.
Y lo peor es que estoy empezando a entusiasmarme.
Muchísimo.
—Necesitaríamos más espacio —murmuro.
Damián mira alrededor.
Los elevadores están ocupados.
Yannis trabaja en una camioneta.
Petros revisa un sistema eléctrico.
Kostas está junto a una mesa de trabajo.
Cassidy discute con una motocicleta.
Nikos habla por teléfono mientras intenta escribir algo en el computador.
El taller está lleno.
Completamente lleno y eso es maravilloso. Hasta que necesitas encontrar un lugar para dejar una caja de herramientas.
—¿Has pensado en ampliar? —pregunta Damián.
Asiento.
—De hecho, sí. —Levanto la mano y señalo hacia la pared lateral—. El galpón de al lado está disponible.
Damián se acerca a mirar por una de las ventanas.
—¿Ese?
—Sí.
—Es grande.
—Casi tanto como este.
—¿Y cuánto piden?
Le doy una cifra aproximada.
Damián asiente.
—No está mal.
—Ya hablé con el propietario —añado—. Estoy considerando arrendarlo, pero quería esperar a tener más estabilidad.
—¿Y ahora?
Miro mi libreta.
Después los vehículos.
Después a mis trabajadores.
—Ahora creo que tendremos que adelantarlo.
Damián sonríe.
—Buena decisión.
—Necesitaría adaptarlo.
—Por supuesto.
—Instalar equipos, organizar las áreas de trabajo, contratar personal especializado si seguimos con el proyecto.
—También.
Lo miro.
—¿Te das cuenta de que todo eso cuesta dinero?
Damián se ríe.
—Evans, eres un hombre extraordinariamente preocupado por el dinero.
Aprieto los labios.
—Una costumbre difícil de abandonar.
Su sonrisa se suaviza ligeramente.
No hace preguntas y se lo agradezco.
Porque no tengo ninguna intención de explicarle que durante años aprendí a calcular cuánto dinero quedaba para comprar comida después de que mi padrastro decidiera llevarse las ganancias del taller.
Ni que todavía me cuesta gastar en algo que no considero absolutamente necesario.
Incluso cuando sé que podría convertirse en una buena inversión.
—Podemos trabajar con un presupuesto por etapas —comento—. Primero el vehículo de prueba, después vemos si tiene sentido acondicionar el otro galpón específicamente para esa línea de trabajo.
Damián asiente.
—Me parece razonable.
—Y necesito tiempo para revisar números.
—Tómate el tiempo que necesites.
Lo miro con cierta sorpresa.
Él sonríe.
—¿Qué?
—Nada.
—Parece que esperabas que te dijera otra cosa.
Me encojo de hombros.
—Estoy acostumbrado a clientes que quieren todo para ayer.
Damián suelta una carcajada.
—Yo también quiero todo para ayer.
Sonrío.
—Ya me había dado cuenta.
—Pero prefiero que me digas que necesitas tiempo a que me entregues algo mal hecho.
Asiento.
—Entonces estamos de acuerdo.
Me extiende la mano otra vez.
Se la estrecho.
Y durante unos segundos siento algo que no experimentaba desde hace mucho tiempo.
Entusiasmo. Del bueno.
Del que aparece cuando tienes un proyecto importante delante y sabes que tendrás que trabajar muchísimo para conseguirlo.
Miro el taller.
Hace apenas unas semanas estaba solo aquí, intentando organizar herramientas y preguntándome si conseguiría suficientes clientes para pagar el arriendo.
Ahora tengo trabajadores.
Pedidos.
Clientes que nos recomiendan.
Y un posible proyecto de vehículos especializados que podría obligarme a duplicar el tamaño del negocio.
No está mal.
No está nada mal.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda