Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 15: El sótano de la bestia
Un retumbo sordo y subterráneo hizo vibrar los cimientos de la mansión.
El sonido no provenía del exterior; nacía de las entrañas mismas de la estructura. A lo largo de los pasillos, pesadas placas de titanio descendieron de los techos con un siseo hidráulico, sellando ventanales, accesos de servicio y tragaluces.
Los arcos de piedra del vestíbulo quedaron enmarcados por barrotes gruesos y automatizados que se encajaban en el suelo de mármol con un golpe seco de metal sobre piedra.
La mansión Volk ya no era un palacio gótico. Se había transformado en un búnker de contención absoluta.
En el pasillo principal del segundo piso, la luz ceniza de las lámparas de emergencia proyectaba sombras alargadas sobre la pared. El ambiente se volvió sofocante, cargado de una electricidad estática tan intensa que los vellos de los brazos de Luna se erizaron al instante.
El aire cambió de olor. El aroma a pino silvestre y ozono que siempre acompañaba a Sebastián se concentró hasta volverse un tufo denso, primario y salvaje, impregnado de feromonas pesadas que advertían el colapso inminente de su forma humana.
Sebastián caminaba a pasos agigantados hacia el final del corredor. Su postura erguida empezaba a ceder ante una rigidez felina y peligrosa; la línea de su espalda se encorvaba levemente y las venas de su cuello sobresalían gruesas y oscuras bajo la piel.
Luna avanzaba a su lado, intentando mantener el ritmo sin dejar que el temblor del aire afectara su pulso.
—Tienes que irte a tu alcoba ahora mismo —bramó Sebastián.
Su voz ya no sonaba humana. Era una detonación grave y gutural que retumbaba directamente en la caja torácica de Luna.
—Las placas de titanio ya bloquearon la salida principal —respondió Luna, manteniendo el tono firme a pesar del aire pesado que le dificultaba la respiración—. ¿A dónde sugieres que vaya?
Sebastián se detuvo en seco frente a la puerta de roble macizo que conducía a la habitación de ella. Se giró de golpe, acorralándola contra el marco de madera.
La distancia entre sus rostros se redujo a milímetros. El calor que emanaba del cuerpo de Sebastián era casi abrasador, como si una caldera estuviera a punto de reventarle el pecho. Por debajo del borde de la máscara de plata, la piel de su pómulo se contraía en espasmos musculares incontrolables.
Su único ojo visible no era gris. Un anillo de oro puro, brillante y letal, había devorado por completo la pupila, destellando en la penumbra con una ferocidad ciega.
—Escúchame bien, Luna —susurró él. Cada palabra salía acompañada por un silbido áspero, como si le costara articular el lenguaje humano—. Dentro de unas horas la luna estará en su punto más alto. Cuando el cambio empiece, no habrá raciocinio. No habrá pactos, ni finanzas, ni alianza que valgan. Solo habrá un depredador buscando sangre.
Sebastián metió la mano en el bolsillo de su saco y extrajo una llave pesada de acero inoxidable, con bordes dentados y un chip de proximidad integrado. Se la presionó con fuerza contra la palma de la mano de Luna, obligando a sus dedos a cerrarse alrededor del metal frío.
—Esta es la llave maestra de tu puerta —continuó él, apretando el agarre hasta que los nudillos de Luna se pusieron blancos—. Una vez que entres, activa el cierre biométrico desde el panel interno. No abras por nada del mundo. Ni aunque escuches gritos, ni aunque sientas que están destruyendo la casa, ni aunque escuches mi voz suplicando en la puerta.
Luna lo miró fijamente a los ojos dorados. Podía sentir el temblor de la carne de Sebastián bajo la ropa, la lucha interna y titánica entre su voluntad de hierro y la bestia que amenazaba con despedazarlo desde adentro.
—¿Y tú a dónde vas? —pregunto ella en un susurro bajo.
—Al sótano de contención —respondió él, respirando con dificultad mientras se pasaba una mano brusca por el rostro—. Donde pertenezco cuando cae la noche.
Luna apretó la llave en su puño. Podía ver el sufrimiento físico que le causaba mantener la cordura frente a ella, la disciplina sobrehumana para no atacarla allí mismo.
—Si no salgo antes del amanecer —añadió Sebastián, inclinándose hacia su oído con una amenaza trágica y desesperada—, mantente encerrada hasta que la guardia privada tome el control. Si pones un solo pie fuera de esa habitación mientras la luna esté arriba... te juro por mi sangre que te voy a matar.
Sebastián la empujó suavemente hacia el interior de la habitación, dio un paso atrás y tiró de la manija, cerrando la pesada puerta de roble en su cara.
El sonido del cerrojo automático al encajarse resonó con la contundencia de una sentencia.
Luna se quedó de pie en el centro de la estancia a oscuras.
Sostuvo la llave maestra contra su pecho, sintiendo el latido desbocado de su propio corazón. Caminó hacia el panel de control situado al lado del marco y apoyó la palma sobre el lector óptico.
La luz roja del dispositivo parpadeó tres veces y emitió un pitido agudo: el protocolo de aislamiento interno estaba activado. Las barras de titanio descendieron también sobre la ventana de su habitación, sumergiéndola en un encierro absoluto.
Un búnker dentro de un búnker, pensó Luna, respirando el aire frío de la habitación. Cree que me protegió de él. Cree que me mantendrá al margen.
Pasaron los minutos. El silencio dentro de la habitación era asfixiante, interrumpido únicamente por el leve zumbido de los extractores de aire.
Luna caminó hacia la chimenea sin encender. Se sentó en el borde del sillón de cuero, con la llave de acero entre sus dedos y la mirada fija en la puerta blindada. Sabía que cualquier otra mujer habría caído de rodillas a rezar, aterrorizada por las palabras del hombre-lobo. Pero ella no.
En su mente, las variables tácticas se multiplicaban: si Sebastián perdía el control por completo, el pacto entre los dos moriría esa misma noche, y con él, la oportunidad de aplastar al Consejo y a su madrastra.
De pronto, a las cuatro de la madrugada, el mundo pareció detenerse.
Un temblor seco recorrió las paredes de piedra de la estancia. No era el viento de la tormenta ni el sistema de ventilación.
Desde las profundidades de la mansión, atravesando varios metros de concreto armado, piedra volcánica y muros de contención, resonó un choque metálico brutal.
CLANG.
El sonido de eslabones de acero templado de tres pulgadas de grosor siendo estirados al límite de su resistencia.
Un segundo después, un estallido sordo sacudió el suelo bajo los pies de Luna. El sonido inconfundible de las cadenas cediendo, rompiéndose y saltando en mil pedazos contra las paredes del sótano.
Y entonces, el silencio fue devorado.
Un aullido desgarrador, gutural, cargado de un dolor primitivo y una ferocidad salvaje e insondable, se abrió paso a través de la piedra y las vigas de la propiedad.
No era el canto de un animal; era el rugido de una bestia ancestral que acababa de romper su jaula y que reclamaba la noche con el hambre de un rey destronado.
El eco vibró en la madera, en los cristales blindados y en el propio pecho de Luna, haciendo temblar los cimientos mismos de la fortaleza Volk.
Luna se puso de pie de un salto. Sus ojos oscuros brillaron en la penumbra mientras apretaba la llave maestra en su mano y miraba fijamente hacia la puerta blindada que la separaba del pasillo.