En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: El peso de las horas de luz
El sol del amanecer no trajo luz a la habitación de Dorian; trajo una condena.
Se despertó con el pecho oprimido por una losa invisible, el corazón latiéndole contra las costillas con una frecuencia rítmica y acelerada que parecía marcar la cuenta regresiva hacia su propia destrucción. La propuesta de Rosalie flotaba en el aire estancado de su dormitorio como una niebla venenosa. «A las tres en punto. En el centro de la ciudad de Oakhaven, junto a la fuente de bronce de la plaza mayor».
Dorian se incorporó despacio en el borde de la cama, permaneciendo varios minutos con la cabeza entre las manos. Su ojo derecho contempló el espejo de marco dorado al otro lado de la estancia. La penumbra matutina suavizaba los contornos, pero no podía borrar el mapa grotesco de tejido cicatrizado que le devoraba la mitad del rostro.
—Es una locura... —se dijo a sí mismo, y su voz rasposa sonó patética en la vastedad de la habitación—. Una absoluta y despiadada locura.
Su mente racional, entrenada durante más de una década en el pesimismo y el aislamiento, le gritaba que no fuera. Le recordaba con precisión matemática lo que sucedería si ponía un pie en Oakhaven: la gente se apartaría a su paso, las damas se taparían la boca con sus abanicos, los niños señalarían su cuenca vacía con crueldad inocente y, peor aún, Rosalie —si es que de verdad existía una mujer de carne y hueso detrás del fantasma del faro— lo miraría con la misma repugnancia disfrazada de lástima que él había aprendido a detestar en los pocos humanos con los que cruzaba palabra.
Y sin embargo, una fuerza más antigua y desesperada que la razón tiraba de sus entrañas. Si existía aunque fuera una posibilidad entre un millón de que ella no fuera una simple alucinación nacida de su locura, no podía quedarse encerrado. Prefería la muerte social a la duda eterna de no haberlo intentado.
A diez millas de allí, en la residencia Thorne, el pánico de Rosalie no era menor.
Desde las ocho de la mañana, Rosalie había estado encerrada en su alcoba con la excusa de un mareo repentino. Su madre había pasado por el pasillo soltando un resoplido de fastidio por su "debilidad constante", mientras que Clarissa ocupaba el piso inferior probándose sombreros para una recepción a la que Rosalie no había sido invitada.
Sola frente a su tocador, Rosalie se miraba las manos temblorosas. Su respiración era entrecortada. Cada minuto que se acercaba a las tres de la tarde era una tortura. Se preguntaba si Dorian estaría en este preciso instante vistiéndose, si estaría sintiendo el mismo nudo ahogante en la garganta, o si, por el contrario, a esas horas simplemente estaría riéndose en su propia cama de la tontería que una alucinación nocturna le había propuesto.
—¿Y si voy y la plaza está vacía? —se preguntó en voz baja, arreglándose las trenzas del cabello con dedos torpes—. ¿Y si voy y descubro que solo soy una loca ridícula buscando a un fantasma entre la multitud?
Pero la memoria de los besos de Dorian, el calor febril de su piel sobre la de ella y la cadencia grave de su voz recitándole versos al oído eran demasiado tangibles para ser sepultados. A la una y media de la tarde, Rosalie se envolvió en una capa de lana azul oscuro con una capucha amplia que ocultaba parte de sus facciones, descolgó su retículo de cuero y se escurrió por la puerta trasera de la residencia Thorne, dispuesta a caminar las dos millas que la separaban del centro de Oakhaven.
Mientras tanto, Dorian, vestido con un abrigo de paño negro de cuello exageradamente alto y un sombrero de copa de ala ancha calado hasta las cejas, subía a un coche de alquiler privado que había hecho solicitar con carácter de urgencia. Oculto en las sombras del interior del carruaje, observó a través del cristal sombrío cómo las afueras rurales se transformaban paulatinamente en los adoquines húmedos y la arquitectura sombría de la metrópoli.
El destino estaba citado, pero la cobardía y la vergüenza ya habían comenzado a tejer su trampa.