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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24: La primera cita real

Frente al espejo del vestidor, Sofía se acomodó los mechones sueltos de su cabello castaño ondulado. No había elegido un vestido de alta costura con pedrería ni joyas llamativas; llevaba un vestido cruzado de seda color verde botella, sencillo y elegante, con zapatos de tacón medio y una fina cadena dorada en el cuello.

La puerta se abrió despacio y Carmen Del Valle entró con paso sereno, llevando una sonrisa cálida en los labios.

—Estás hermosa, hija —dijo Carmen, apoyando ambas manos con afecto sobre los hombros de Sofía mientras cruzaban miradas en el reflejo del espejo.

—Tengo miedo, mamá —confesó Sofía en un murmullo sincero, bajando la vista hacia sus propias manos—. Durante cinco años el enojo fue mi escudo. Estar enojada era seguro, me protegía de salir lastimada otra vez. Pero ahora... cuando lo miro, ya no veo al hombre que me juzgó en aquella llamada. Veo al hombre que me amó, al que se arrodilló en la tierra para sanar a Theo.

Carmen le acarició la mejilla con ternura maternal.

—El enojo sirve para sobrevivir a una tormenta, Sofía, pero nadie puede vivir eternamente dentro de un refugio. Federico pagó un precio muy alto por su cobardía y hoy está dispuesto a quemar su propio mundo para protegerte a ti y a mi nieto. No te pido que olvides el pasado, pero no le cierres la puerta al presente por miedo a volver a tropezar.

Abajo, en la sala, las carcajadas infantiles amortiguaban cualquier tensión. Theo corría en círculos alrededor del sofá, mostrándole a Bruno y a Martina cómo su auto rojo saltaba sobre una fila de libros.

—¡Tía Martina, mira cómo derrapa! —gritó el pequeño con entusiasmo.

—¡Diez de diez en técnica, campeón! —celebró Martina riendo desde la alfombra con su suéter verde oliva, mientras Bruno aplaudía con exageración teatral desde su sillón.

En ese momento, el timbre anunció la llegada de Federico.

Theo corrió a abrir la puerta. En el umbral apareció Federico, impecable con una camisa oscura de cuello abierto y una chaqueta entallada. Sus facciones marcadas se suavizaron por completo al ver al niño.

—¡Papá! Mamá bajó hace un ratito, dijo que ya está lista —anunció Theo con esa alegría desarmante.

Federico alzó la vista y sus ojos se toparon con Sofía, que descendía el último tramo de la escalera. El aire se le cortó en los pulmones. La recorrió con la mirada, hipnotizado por la gracia natural de sus movimientos y la luminosidad tibia de sus ojos marrones.

—Estás... impresionante, Sofía —susurró él con la voz ronca, incapaz de apartar la mirada.

—Tú tampoco te ves nada mal, señor Albarracín —respondió ella con una leve sonrisa que hizo titilar sus pestañas.

—Pórtense bien y no vuelvan muy tarde, que el niño tiene toque de queda para el postre —intervino Valentina desde el fondo, cruzándose de brazos con fingida seriedad, aunque en sus ojos verdes brillaba una tregua definitiva.

Theo abrazó las piernas de ambos antes de despedirlos.

—Que se diviertan en su cita secreta —les deseó el pequeño con picardía infantil.

Federico no la llevó a un salón privado de sus cadenas de hoteles ni a un club reservado para diplomáticos. Condujo hacia el casco antiguo de la ciudad y se detuvo frente a un pequeño restaurante ubicado en la terraza de una casona colonial reformada.

El lugar estaba iluminado con hileras tenues de luces cálidas entre plantas colgantes y jazmines en flor. Desde la baranda de hierro forjado se apreciaba la vista panorámica de la ciudad iluminada y el río sereno en la distancia. Solo había tres mesas separadas, ofreciendo una intimidad absoluta bajo el cielo estrellado.

—Cuando llegué a esta ciudad hace cinco años para levantar el proyecto hotelero, encontré este rincón por casualidad una noche que caminaba solo —dijo Federico mientras le apartaba la silla con cortesía impecable—. Siempre quise traerte aquí, Sofía. Quería que fuera el lugar donde te confesara quién era yo en realidad... pero el miedo me ganó la partida antes de poder hacerlo.

Sofía tomó asiento y apoyó los codos sobre la mesa, sintiendo la brisa tibia de la noche rozarle la piel.

—¿Por qué tenías tanto miedo, Federico? —preguntó ella con suavidad, mirándolo a los ojos sin reproches, buscando entenderlo de verdad.

Federico tomó aire despacio y entrelazó los dedos sobre el mantel blanco.

—Toda mi vida crecí bajo la sombra de Ernesto Albarracín. En mi casa nunca hubo abrazos sinceros ni cenas familiares como las que ustedes comparten. Todo era una transacción: con quién hacías alianzas, qué apellido sumaba más prestigio, cuánto valías en la bolsa. Antes de conocerte, la mujer con la que estuve a punto de casarme vendió las patentes de una de nuestras joyerías a una multinacional competidora tres días antes de la boda. Se marchó dejándome en la ruina emocional y diciéndome en la cara que solo había estado conmigo por el estatus de mi familia.

Sofía sintió una punzada de compasión en el pecho. Conocía esa historia en rumores del mercado, pero escucharla en los labios rotos de Federico le daba un peso desgarrador.

—Cuando te conocí a ti en aquel congreso —continuó él, alzando sus ojos claros hacia ella—, me desarmaste por completo. No te importaba mi ropa, no sabías mi nombre real, y aun así me sonreías con una verdad que yo jamás había visto en nadie. Me aterrorizaba pensar que todo fuera una ilusión, que si descubrías quién era yo, esa sonrisa se transformaría en interés como todas las demás. Me equivoqué de la forma más estúpida y cobarde. Y cuando encontré tu carta... el mundo se me vino abajo.

Federico metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó un sobre pequeño y gastado, con los bordes doblados por el paso de los años, y lo colocó sobre la mesa frente a ella.

Sofía reconoció su propia letra al instante.

—La llevé en el bolsillo de cada saco que usé durante cinco años —confesó Federico con la voz quebrándose—. Cada vez que cerraba un negocio, cada vez que la prensa me llamaba magnate exitoso, yo tocaba este papel para recordarme que el único éxito que de verdad importaba lo había dejado escapar por soberbio.

Sofía miró la carta y luego levantó los ojos hacia él. Las lágrimas empañaron su mirada, pero esta vez eran lágrimas de alivio, de un nudo que finalmente se deshacía después de un lustro de silencio.

Extendió la mano sobre la mesa y cubrió los dedos de Federico con los suyos. Su piel estaba tibia y firme.

—Ya no tienes que llevar esa carta, Federico —susurró Sofía con dulzura, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. El pasado ya dolió todo lo que tenía que doler.

Federico sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se inclinó hacia adelante, tomando la mano de ella entre las dos suyas como si sostuviera el bien más preciado de la existencia.

—¿Me estás perdonando, Sofía? —preguntó él en un suspiro tembloroso, casi sin atreverse a creerlo.

—Te perdono —respondió ella con el corazón abierto de par en par, dejando caer una lágrima luminosa por su mejilla—. Porque Theo merece tener a su padre, y porque yo... jamás pude dejar de amarte, Federico.

Federico se puso de pie lentamente, rodeó la mesa y se detuvo frente a ella. La tomó de la mano para ayudarla a levantarse y la atrajo suavemente hacia sí. Sofía no retrocedió; apoyó las palmas de sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido acelerado de un corazón que latía al unísono con el suyo.

Con una lentitud infinita, Federico le acarició la mejilla, levantándole la barbilla con suavidad.

—Los quiero de vuelta, Sofía —susurró él contra sus labios—. A los dos. Para siempre.

—Ya estamos aquí —respondió ella en un murmullo.

Cuando sus labios se unieron en un beso profundo, dulce y cargado de cinco años de promesas calladas, el viento de la noche se llevó los últimos fantasmas de la desconfianza, sellando bajo las estrellas el renacer de su historia.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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