PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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...## Maldito comienzo......
...### Capítulo 3: ¿Por qué me persiguen las desgracias?...
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Miré a las personas reunidas frente a mí, sintiendo una punzada de incredulidad. Definitivamente, parecía que mi destino estaba maldito; ¿cómo era posible que tuviera tan mala suerte en esta vida?
—¿Así que esta es tu hija menor? —preguntó el señor Rivera, el padre de Diego, con una amabilidad estudiada pero cálida.
A su lado, Diego me observaba de una manera muy peculiar, fija y absorbente. Conocía esa mirada demasiado bien; era esa misma chispa de curiosidad hambrienta que antecedió a todos mis tormentos.
Aparté la vista de golpe, sintiendo un escalofrío en la nuca, y la dirigí hacia su madre. La señora Luisa era una mujer excepcionalmente dulce y de noble corazón; me dolió el alma recordar que había fallecido en aquel trágico accidente de tráfico, exactamente un año antes de que Diego decidiera secuestrarme.
Mi padre asintió con orgullo, ensanchando una sonrisa luminosa.
—Así es, ella es Elizabeth, mi hija menor —respondió papá, posando una mano protectora sobre mi hombro.
Yo forcé una sonrisa en los labios, intentando mantener la compostura.
—Es tan hermosa. Me alegra muchísimo saber que ya es toda una graduada —dijo la señora Luisa con una sinceridad desarmante, regalándome una mirada llena de afecto maternal.
Asentí despacio, tragando saliva.
—Así es. Mi mayor sueño es seguir los pasos de papá y trabajar a su lado —dije, estirando la mano para acariciar con cariño el dorso de la mano de mi padre.
En mi otra vida, había echado por la borda mis metas, mis estudios y mi futuro por andar persiguiendo las migajas de amor de un egoísta como Max. Pero ahora las cosas iban a ser radicalmente distintas.
—Me fascina escuchar eso. Sería excelente sumar talento joven a la empresa, tal vez algún día trabajes codo a codo con nosotros —comentó el señor Rivera con entusiasmo.
Mientras los adultos conversaban animadamente, Sofía seguía imantada a la pantalla de su teléfono, completamente ajena y desinteresada del mundo exterior.
Nos encontrábamos almorzando en un restaurante elegante cuando, por una cruel jugada del destino, la familia Rivera había decidido que interrumpir nuestra comida para saludar era una magnífica idea.
Diego, por su parte, no paraba de clavar sus ojos en mí. Aquella insistencia silenciosa me ponía los nervios de punta, haciendo que cada latido de mi corazón resonara en mis oídos con violencia.
No quería mirarlo. Juro que intenté ignorarlo con todas mis fuerzas, pero la pesadez de su atención era tal que parecía quemarme la piel. Su padre, con esa perspicacia de los años, notó de inmediato la tensión invisible y las miradas cruzadas entre nosotros, esbozando una sonrisa disimulada que me hizo sentir aún más incómoda.
Volví a desviar los ojos hacia mi plato, jurándome a mí misma que jamás, bajo ninguna circunstancia, permitiría que Diego volviera a formar parte de mi vida. Antes muerta que caer de nuevo en sus redes.
Al cabo de una hora, el almuerzo concluyó y pudimos despedirnos. Papá decidió regresar de inmediato a la oficina, mientras que Sofía y yo debíamos irnos directo a casa. Sin embargo, en el trayecto, el capricho de mi hermana cambió los planes.
—Óliver, por favor déjame primero en la casa de Max, y luego lleva a Eli a la nuestra —ordenó ella, sin despegar los ojos ni un solo segundo de su celular, tecleando con frenesí.
Óliver, nuestro fiel chófer, asintió en silencio por el espejo retrovisor. Aproveché el momento para revisar mi propio teléfono: en mi agenda de contactos solo figuraban los nombres de Max y Sofía.
Un nudo doloroso se formó en mi garganta al recordar la historia familiar. Mi madre había muerto cuando yo apenas tenía cinco años. Sofía era en realidad mi media hermana; su propia madre había fallecido cuando ella cumplió diez, producto de la aventura que papá mantuvo a espaldas de mamá. Por esa dolorosa orfandad compartida, mi madre falleció dejándome sola. Pero llegó ella. Sofía y yo siempre habíamos sido inseparables, como uña y carne.
Jamás imaginé que la llegada de Max destruiría ese vínculo sagrado hasta convertirlo en cenizas y odio.
Me quedé un momento contemplando en la galería del teléfono una vieja foto de nuestras vacaciones juntas. En ella, Sofía me sonreía con ternura, protegiéndome como siempre lo hizo, antes de que el veneno de la rivalidad amorosa nos envenenara el alma.
Cerré los ojos con fuerza, conteniendo un suspiro tembloroso. *Esta vez no. En esta realidad no me voy a entrometer, no voy a competir por las migajas de nadie, no me voy a enamorar de Max. Mi única brújula será mi futuro.*
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión de Max, Sofía bajó apresurada. Para mi sorpresa, allí mismo estaba Diego esperándola en la entrada, con las manos en los bolsillos. Nuestras miradas chocaron de nuevo durante un par de segundos eternos. Desvié el rostro de inmediato; cumpliría al pie de la letra lo que me había pedido en el eco de mis recuerdos: no lo miraría, no le daría pie a nada, no dejaría que volviera a obsesionarse conmigo.
Óliver reanudó la marcha y me condujo hasta nuestra casa. Al llegar, me encerré en mi habitación para revisar cada rincón. Todo estaba en perfecto orden, intacto, sin rastro de anomalías. Sí, había regresado en el tiempo: justo en la línea de salida, antes de que Diego me mirara con devoción enfermiza, antes de que yo cayera en la trampa mortal de Max, antes de que toda mi existencia se desmoronara.
Estaba recostada en la cama, intentando relajar la mente mientras miraba la pantalla de mi celular, cuando una notificación de un número desconocido rompió la calma.
Era un archivo de video.
Con el corazón latiendo a un ritmo extrañamente apresurado, le di clic al reproductor. La imagen reveló a Diego y a mi hermana cantando a pleno pulmón y riendo con una complicidad luminosa frente a la pantalla de un karaoke. Segundos después, la cámara giraba para enfocar a Max, que hacía muecas divertidas.
*“Debiste venir, esto está increíble”*, decía Max en el video, con una sonrisa radiante y despreocupada.
Una lágrima solitaria, cargada de una profunda melancolía, se deslizó por mi mejilla.
Mi mente retrocedió dolorosamente: recordé con precisión quirúrgica que fue exactamente en esa época cuando comencé a idiotizarme por Max, escribiéndole mensajes constantes, inventando motivos para saber dónde estaba, entregándole mi dignidad a cambio de indiferencia, alimentando falsas esperanzas que solo me condujeron al desprecio.
Pero lo que más me dolió no fue ver a Max; fue ver la expresión de Diego. En el video, él reía con una genuina y abierta alegría que me encogió el corazón.
Durante los cuatro interminables años de mi encierro y sufrimiento en el futuro, jamás lo vi sonreír de esa manera. Aquel cautiverio oscuro y obsesivo no solo me había destruido a mí; lo había condenado a él a hundirse en la más absoluta y desoladora soledad.
Cerré los ojos con fuerza, sintiendo un peso enorme en el pecho. *Voy a cambiar nuestro futuro. Lo juro. No permitiré que ninguno de los dos termine en ese infierno otra vez...*
Agobiada por el cansancio emocional, me quedé dormida profundamente.
Sin embargo, el descanso duró poco. Una pesadilla vívida y macabra me arrancó del sueño de golpe: en el sueño, yo volvía a estar aterrorizada, encerrada entre los muros húmedos de la habitación del sótano, mientras un Diego demacrado y ebrio bebía alcohol en silencio frente a mí, mirándome con ojos vacíos.
Desperté con el pecho agitado, respirando con dificultad, sintiendo los latidos desbocados contra mis costillas. Las lágrimas corrían calientes por mis mejillas. Recordar los fragmentos de esa otra vida era una tortura constante.
Incapaz de calmar la angustia en la oscuridad, me puse de pie, me calcé las pantuflas y salí de mi habitación enfundada en mi pijama de algodón. Pero al llegar a la cocina dispuesta a beber un vaso de agua, me encontré cara a cara con mi peor pesadilla en vivo y en directo.
Mi hermana Sofía estaba pegada a la encimera, devorándose a besos con Max justo frente al refrigerador abierto. Sentí una náusea súbita, un asco profundo que me revolvió el estómago. Al mover la vista hacia un lado, conteniendo las arcadas, descubrí a Diego sentado con total tranquilidad en una de las sillas del comedor, con la luz azulada de la pantalla de su teléfono iluminando su rostro impasible.
—Lamento... lamento interrumpir su momento —dije con voz gélida, forzándome a entrar a la cocina.
Todos se giraron de golpe para observarme. Sofía se apartó de Max de un brinco, con las mejillas encendidas de vergüenza y los ojos muy abiertos; supuse que esperaba encontrarme furiosa o ahogada en celos, fiel al papel de la chica enamorada que solía interpretar antes.
Mantuve la compostura con una frialdad que me sorprendió a mí misma. Me acerqué a la mesa, tomé un vaso limpio, abrí la puerta de la nevera —pasando casi rozando a Max y a mi hermana— y saqué la jarra con agua fresca. Actué con una naturalidad pasmosa, como si tuviera en frente a dos perfectos desconocidos.
Serví el agua con pulso firme, devolví la jarra a su sitio y me bebí el líquido de un par de tragos largos para calmar el fuego de mi garganta. Max y Diego me miraban desde ángulos opuestos de la estancia, ambos con idéntica expresión de desconcierto absoluto ante mi olímpica indiferencia.
—Pensé que seguían de fiesta en la disco —comenté con total ligereza, dejando el vaso vacío sobre la madera con un golpe seco.
Max carraspeó, incómodo, acomodándose la ropa con torpeza.
—Emm... bueno, es que tu hermana comenzó a sentirse algo indispuesta de la nada, así que decidimos traerla temprano a casa —explicó, evitando sostener mi mirada.
Asentí despacio, adoptando una postura magnánima que los dejó descolocados.
—Vaya. De todos modos, es bueno que alguien se preocupe por ella cuando se siente mal. Gracias por traerla, Max —dije, y con un gesto deliberado, me acerqué para acariciar con suavidad el cabello de mi hermana, demostrándole una paz que la dejó boquiabierta.
Había prometido no entrometerme en su relación, y pensaba cumplirlo; así ella dejaría de verme como una amenaza y se ahorraría los celos absurdos que tanto daño nos hicieron.
Sofía me observó con los ojos redondos, parpadeando sin comprender mi actitud.
—Oye... y tú, ¿por qué no nos acompañaste ésta anoche? —la voz profunda de Diego cortó el aire, haciéndome dar un pequeño salto de sorpresa.
Me giré lentamente hacia él. Estaba de pie junto a Max, cruzado de brazos, escudriñándome con esa intensidad silenciosa que parecía desnudarme el alma.
—Tenía asuntos personales que atender en casa. Las fiestas ruidosas simplemente ya no son lo mío —repliqué con una sonrisa amable pero distante, marcando una línea invisible entre nosotros.
Él se quedó pensativo un segundo antes de asentir levemente con la cabeza.
—Bueno, los dejo tranquilos. Mañana tengo un día pesado en la empresa junto a papá, así que necesito descansar. Que sigan disfrutando de su juventud sin restricciones... —concluí, dándome la vuelta con elegancia para abandonar la cocina a paso firme.
En cuanto crucé el umbral de mi habitación y eché el seguro de la puerta, por fin pude respirar con una profunda sensación de alivio. *Joder...* Si mi yo del pasado hubiera presenciado esa escena de besos en la cocina, juro que se habría muerto de tristeza y celos enfermizos.
Sin embargo, lo único que verdaderamente lograba inquietarme ahora no era el patético romance de Max y Sofía, sino la molesta certeza de que Diego parecía dispuesto a aparecer hasta en la sopa, acechando cada uno de mis pasos como una sombra imposible de erradicar.