Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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El Hospital.
El hospital de Siena olía a desinfectante y a miedo.
Isabella no se había movido de la silla en 8 horas. Seguía con el vestido negro roto del hombro, con la sangre de Pietro seca en la falda. No se había lavado la cara. Tenía la mano de él agarrada, aunque él estaba dormido por la anestesia.
Le habían sacado la bala del hombro. El doctor había dicho: "Ha tenido suerte, Signor Valero. Un centímetro más abajo y le rompe el pulmón. Un centímetro más arriba y le rompe la clavícula. Solo es músculo. En un mes está bien. Pero tiene que descansar".
Pietro abrió los ojos a las 6 de la mañana del 3 de abril. Vio el techo blanco del hospital. Vio la luz fea. Y vio a Isabella dormida sobre su cama, con la cabeza apoyada en su brazo bueno, con el pelo rizado tapándole la cara, con el vestido negro todavía puesto.
—Isabella — susurró, con voz ronca.
Ella se despertó de golpe.
—Pietro — dijo, llorando otra vez —. Estás vivo.
—Claro que estoy vivo — dijo él, intentando sonreír, aunque le dolía todo —. Te dije que solo era el hombro.
—Te dispararon por mi culpa — dijo ella, con culpa —. Si yo no hubiera ido al baño sola...
—Shh — la interrumpió —. No fue tu culpa. Fue culpa del hijo de puta de Roma que ahora debe estar preso en Grosseto porque mi hermano Marco es abogado y mi padre conoce al juez. Ese hombre no va a volver a tocar a nadie nunca más. ¿Me escuchas? Nunca más.
Isabella lo abrazó con cuidado, para no tocarle el vendaje.
Afuera de la habitación, había 10 personas esperando. Franco con bastón, Marco, Giulia, Carlo, , la dueña de la enoteca, hasta la vieja del velo negro que le había dicho que se fuera. Todos habían venido a Siena a las 2 de la mañana a ver si Valero se moría o no.
Franco entró primero. Miró a Pietro vendado y a Isabella con el vestido roto y ensangrentado.
—Pietro — dijo —. ¿Estás bien?
—Sí, papá.
—Bien — dijo Franco, y miró a Isabella —. ¿Y tú, ragazza? ¿Estás bien? ¿Ese hombre te hizo daño?
Isabella negó con la cabeza.
—Solo me asustó — dijo —. Pietro llegó antes.
Franco se acercó y le puso la mano en la cabeza, como a una hija.
—Entonces ahora eres más Valero que nunca — dijo —. Porque en esta familia nos hieren por defender a nuestras mujeres. Así murió tu abuelo en 1944, defendiendo a tu abuela de los alemanes. Ahora tú, Pietro. Con una bala por ella. Eso se respeta.
Isabella lloró más. No de tristeza. De alivio.
El doctor dijo que Pietro tenía que quedarse dos días en el hospital. Dos días sin bodega, sin viñedo, sin villa.
Isabella no se fue ni un minuto. Durmió en la silla. Le dio de comer con cuchara, porque él no podía mover el brazo derecho. Le leyó en voz alta su novela, la que había escrito en su mesa de roble. Le lavó la cara con una toallita.
En la noche del 3 de abril, con el hospital en silencio, con Franco y todos ya de vuelta a Montalcino, Pietro la miró con su brazo bueno y le dijo:
—Isabella, ven acá a la cama.
—Te va a doler...
—Ven.
Isabella se acostó a su lado, en la cama de hospital, con cuidado de no tocarle el hombro vendado. Puso su cabeza en su pecho bueno.
Pietro le besó el pelo rizado.
—Esa bala — dijo —. Esa bala me hizo entender algo. Si me hubiera muerto anoche en el castillo, me hubiera muerto sin decirte lo más importante.
—¿Qué?
—Que te amo. Que no es posesión. Que no es que eres mía como una botella de vino. Que te amo de verdad. Que si te hubieras ido a Lima el 10 de abril, yo me hubiera quedado vacío. Más vacío que cuando se murió mi madre. Porque tú me llenaste la villa. Me llenaste la mesa de 4 metros con amor y letras. Me llenaste la cama grande. Me llenaste los días de sol. Y anoche, cuando ese hombre te tocó, sentí que me moría más de verlo que de la bala. ¿Entiendes?
Isabella lloró en su pecho.
—Yo también te amo — susurró —. Te amo aunque eres posesivo, aunque eres celoso, aunque eres peligroso, aunque todo el pueblo dice que te tenga miedo. Te amo. Y no me voy a Lima. Nunca. Me quedo acá. Contigo. A vivir en tu villa, a escribir en tu mesa, a hacer ceviche en tu cocina, a dormir en tu cama grande. Me quedo.
Pietro, con el hombro vendado, con dolor, con sangre todavía en la camisa del hospital, le puso la mano buena en la cara y le dijo:
—Entonces ya tienes el final de tu novela. ¿Cómo termina tu novela, Isabella?
Isabella sonrió, entre lágrimas, en la cama de hospital, con el vestido negro roto todavía puesto.
—Termina así — dijo —. _Y por fin entendí que peligroso no era él. Peligroso era quedarme sin él. Y por eso me quedé para siempre en Montalcino, con el dueño del vino, con mi amor posesivo, con mi Pietro Valero._
Pietro la besó. Con sabor a desinfectante, a hospital, a sangre y a amor.
Y afuera, en Siena, ya era 4 de abril, y la primavera seguía, y el viñedo de Valero seguía floreciendo, esperándolos.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭