Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Polvos del pasado y nuevas reglas en el juego
Esta mañana me levanté con la mente positiva y únicamente dispuesta a hacer negocios; lo último que se me pasaba por la cabeza era ese hombre que conocí pocas horas después.
Y con "conocer" hablo de formalidad, ya que de conocernos nos habíamos conocido meses atrás, cuando en el privado de aquel club en América nos echamos el polvo de la noche.
Esa noche decidimos con nuestros amigos salir por unos tragos luego de pasar todo el día en una sesión fotográfica.
Usaba un micro vestido lila y unos tacones negros de quince centímetros; llevaba el cabello suelto y el maquillaje ligero, a diferencia de mis labios, que los pinté en un rojo pasión.
Estaba bailando sola en la pista de baile, las miradas se posaban en mí y los flashes de las cámaras de los celulares me capturaban moviéndome, cuando una mirada en particular captó mi atención.
Nuestras miradas se conectaron y bailé aún más sensual, aún sabiendo perfectamente que había mucha gente y que esas fotos y videos podrían llegar a los medios. Como siempre, no le di importancia, dedicándole ese momento solo a él.
Cuando la canción acabó, me reuní con mis amigos y colegas de trabajo, y aquel apuesto hombre se acercó a mí.
-¿Sabes? -dijo, haciéndome girar hacia él para darme cuenta de su presencia-. No puedo evitar preguntarme si estarás usando bragas -dijo, tomando de su trago.
-No cualquiera tiene el privilegio de saberlo -dije, riendo con descaro.
-Gracias al cielo que soy un hombre con suerte -respondió, mostrándome un trébol de cuatro hojas que llevaba encapsulado en su bolsillo-. Si fuera una mujer ordinaria, me atrevería a preguntar su nombre, pero teniendo en cuenta que no lo es, me atrevo a decir que es un placer conocerla, señorita Natalia -dijo, y juro que en ese momento me reí con verdadera gracia.
¡Qué excitante era conocer a un hombre no solo bello físicamente, sino también inteligente!
-¿No preguntarás mi nombre? -preguntó con chulería.
-Mejor pasemos de las formalidades -dije, callando lo al poner mi dedo sobre sus labios, lo que hizo que sonriera.
Solo llevábamos un par de horas conociéndonos y, aun sin saber su nombre, esa noche solo buscaba una cosa, y al parecer él coincidió conmigo. Como pedí antes, evitamos las formalidades.
Hablamos y bailamos un par de horas hasta que decidimos seguir nuestra propia fiesta en el reservado con vidrios tintados de la segunda planta de aquel lugar, donde esa noche nos entregamos únicamente en cuerpo, dejando que el deseo y las ganas hicieran lo suyo.
Únicamente por esa noche, porque por más bueno que estuviera el tipo y por mucho que cogiera como los dioses, yo no estaba buscando una relación más allá de lo carnal.
Y hoy se me presentó la oportunidad de volver a verlo, no sé si por destino o por casualidad.
-¿Ya se conocían? -preguntó Noah con mala cara.
-Algo así, fue una coincidencia en América meses atrás mientras atendía unos negocios -respondió Damián al ver que yo no decía palabra, dándole a él el privilegio de hablar. Y, más que eso, quería saber si era capaz de explicarle a esos dos hombres que imponían tanto peligro que se había follado a su pequeña y consentida hermanita apenas conocerla. Y que ahora sería su socia.
-Muy bien, si ya se conocen, supongo que será más fácil trabajar -interrumpió Fabián al darse cuenta de que el celoso de Noah se olía que algo más había sucedido.
Unas horas después, tras acordar todo y quedar claros en que Noah y yo tendríamos que hacer presencia en la empresa para revisar y firmar los permisos necesarios, Fabián y Damián se quedaron en la sala de juntas tratando otros asuntos. A este último le faltó poco para desnudarme con la mirada en el momento en que le tendí la mano para hacer las cosas un poco más formales.
-¿Para dónde crees que vas? -le pregunté al rubio, que se subió a la motocicleta intentando huir de mí-. ¿Qué crees que estás haciendo? Llevas
más de una semana sin pasar por casa.
-He estado muy ocupado, tengo que atender unos asuntos antes de ir.
-¿Es por una mujer, verdad?
-Digamos que sí.
-¿Está embarazada? -pregunté, sorprendida de mi propia deducción, mientras él se reía a carcajadas negando con la cabeza-. Pues, ¿qué es entonces? Laila cree que es por ella que no has regresado, y yo estoy empezando a creer lo mismo.
-No es eso, tú más que nadie sabes lo que siento por ella.
-Pues demuestra que es así, y no le des motivos para que te siga rechazando como hasta ahora.
-Déjame hacer lo que tengo que hacer y prometo que regresaré a casa por la mañana -dijo, y se fue antes de que pudiera decirle algo más.
-¡¡Mierda!! -exclamé.
Ya en casa, todo transcurría en silencio como de costumbre; solo el personal de servicio y yo nos encontrábamos en la mansión. Laila había vuelto hace unos días a la universidad; su cuerpo y su rostro habían sanado a la perfección, sin dejar ninguna cicatriz o marca visible.
-¿Vienes por tus clases de ajedrez? -le pregunté a Axel en el momento en que entró al recibidor, después de que Sara, una de las chicas del aseo, le abriera la puerta.
-¿Tantas ganas tienes de darme esas clases? -preguntó con chulería. Como siempre, se veía guapísimo, mucho más que la última vez que lo vi: su cabello estaba desordenadamente caliente, usaba jeans azul marino, camiseta negra, una chaqueta de cuero en un tono azul un poco más claro y calzaba unas botas Caterpillar completamente negras.
Me explicó que estaba allí por unas cosas que Noah le había pedido que buscara en su habitación por él.
-¿Me dejarás subir o me seguirás escaneando unos minutos más? -preguntó divertido al darse cuenta de que lo había mirado por más tiempo del permitido.
-Está bien... Supongo que ya te vi lo suficiente, sube -dije por fin después de sentirme como una estúpida.
-Gracias, qué amable eres -dijo sarcástico.
Momentos después subí a mi habitación y puse algo de música que inmediatamente comenzó a sonar por los dos altavoces incrustados en la pared. Me acosté en la cama y tomé mi celular para empezar a escribirle a Dylan, quien regresaba de viaje ese mismo día.
Minutos después sentí una fuerte mirada provenir de la puerta de la habitación. Con disimulo y sin que se dieran cuenta, me tomé una selfi de manera que pudiera capturar el reflejo hacia dicho lugar, y efectivamente, allí estaba el castaño mirando fijamente hacia mí.
Tratando de no reír para que no notara que sabía de su presencia -y así no arruinar la oportunidad de desquitarme las que me hizo semanas atrás-, me bajé de la cama dándole la espalda. Me quité la camisa y empecé a tocarme por encima del sujetador, deslizando mi dedo índice hacia abajo por mis pechos, pasando por mi vientre hasta llegar al short para quitármelo y quedar únicamente con mis diminutas bragas de encaje vinotinto.
Para hacer la situación más interesante, me senté sobre la cama mirando de frente hacia el castaño, quien ahora me prestaba aún más atención.
Gracias a la gran distancia que había entre mi cama y la entrada, no se distinguía a simple vista que yo lo estaba mirando hacia allá, así que en ningún momento volteé de forma directa para evitar que nuestras miradas se cruzaran.
Solté un suave gemido en el momento en que metí dos de mis dedos en mis bragas y comencé a tocarme, mientras con la otra mano apretaba uno de mis pechos sin quitarme el sujetador.
Emitía uno que otro gemido de vez en cuando, algunos ahogados y otros no tanto, aunque eso no se comparaba con el morbo que sentía al saber que ese hombre me estaba viendo y que en ese preciso momento me deseaba más de lo que yo deseé aquel beso que se contuvo de darme. Me encantaba ver cómo su miembro se marcaba y se apretaba dentro del pantalón, y cómo se agarraba intentando acomodarlo.
Mordiendo mis labios y aún con las piernas semiabiertas para su vista, terminé de ponerme de pie, me quité las bragas y el sujetador dejándolos sobre la cama, y caminé hacia el baño, dejándole todo el panorama a su imaginación.
A los pocos segundos escuché la puerta abrirse y unos pasos resonar fuera en la habitación. Sin poder evitarlo, solté una risa victoriosa por lo que acababa de lograr, sabiendo que ya había sembrado en él la semilla de la intriga... y dudaba mucho que esta vez pudiera contenerse.