La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 2 — La Nueva Omega
Ayla no sabía explicar el motivo de la incomodidad que sintió al observar a la joven desconocida.
Tal vez fuera la forma en que los cinco herederos la miraban.
Tal vez fuera el silencio extraño que se apoderó del patio.
O tal vez fuera solo intuición.
La muchacha parecía tener su misma edad.
Vestía ropa sencilla y gastada.
El cabello dorado le caía sobre los hombros en ondas delicadas.
Las manos le temblaban mientras sostenía un pequeño bolso de cuero.
Parecía asustada.
Perdida.
Sola.
Exactamente como había estado Ayla años atrás.
—¿Quién es? —preguntó Finn.
Uno de los guardias se acercó a Magnus.
—Alfa, encontramos a la joven cerca de la frontera norte.
La perseguían unos cazadores.
Magnus frunció el ceño.
—¿Pertenece a alguna manada?
—No lo sabemos.
La joven bajó la cabeza.
—No tengo adónde ir.
Su voz era baja.
Apenas un susurro.
Magnus suspiró.
Aquello despertó recuerdos dolorosos.
Muchos años atrás, Ayla también había aparecido sola.
Sin familia.
Sin hogar.
Sin protección.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el Alfa.
—Selena.
Magnus asintió.
—Te quedarás aquí hasta que averigüemos tu origen.
Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas.
—Gracias, Alfa.
Se veía tan conmovida que hasta los guerreros se ablandaron.
Ayla lo observó todo en silencio.
No había motivo para desconfiar.
Al contrario.
Sentía lástima por la muchacha.
Por eso fue la primera en acercarse.
—Bienvenida a la manada Luna de Plata.
Selena alzó la mirada.
Por un instante, algo extraño brilló en sus ojos.
Algo frío.
Calculador.
Pero desapareció tan rápido que Ayla creyó habérselo imaginado.
—Gracias.
La sonrisa de Selena parecía sincera.
—Tú eres Ayla, ¿verdad?
Ayla se sorprendió.
—¿Sabes quién soy?
—Todos lo comentaban mientras esperaba en los portones.
Decían que eres especial.
Ayla sonrió con torpeza.
Nunca le había gustado la atención que recibía.
—Soy solo una loba común.
Selena ladeó la cabeza.
—No lo parece.
Antes de que Ayla pudiera responder, Finn apareció a su lado.
—Debes tener hambre.
Selena se mostró avergonzada.
—Un poco.
—Entonces ven.
—Finn —lo llamó Ayla.
—¿Qué?
—Acaba de llegar.
Tal vez quiera descansar.
—Después descansa.
Finn le sonrió a Selena.
—Primero vamos a comer.
Selena asintió enseguida.
Y los dos se encaminaron hacia la mansión.
Ayla observó la escena.
Era extraño.
Finn solía ser el más cercano a ella.
Siempre la buscaba cuando volvía de los entrenamientos.
Siempre insistía en almorzar a su lado.
Pero no le dio importancia.
Era solo amabilidad.
Nada más.
Durante los días siguientes, Selena se volvió tema constante dentro de la manada.
Era educada.
Amable.
Servicial.
Todos parecían encariñarse con ella.
Incluidos los cinco herederos.
A Ayla no le molestaba.
Al menos al principio.
Hasta que notó que algo estaba cambiando.
Una mañana fue a buscar a Rowan en la biblioteca.
O al menos lo intentó.
Cuando llegó, él ya estaba ocupado.
Sentado junto a Selena.
Los dos conversaban y reían.
La tarde siguiente buscó a Lucien para entrenar juntos.
Pero él le estaba mostrando los jardines a Selena.
Al día siguiente le tocó a Darius.
Después a Kael.
Después a Finn.
Siempre era lo mismo.
Selena.
Selena.
Selena.
La nueva omega parecía estar en todas partes.
Y siempre acompañada por uno de los herederos.
—Estás exagerando.
Ayla se lo repetía a sí misma.
No tenía motivos para sentir celos.
Los cinco eran libres de hacer amistad con quien quisieran.
Pero algo seguía incomodándola.
Una sensación persistente.
Como una piedrita dentro del zapato.
Molesta.
Difícil de ignorar.
Cierta tarde, Ayla cruzaba el corredor principal cuando oyó una conversación.
No pretendía escuchar.
Pero reconoció la voz de Selena.
—De verdad no quiero causar problemas.
Ayla se detuvo.
La puerta de la sala estaba entreabierta.
—No causas ningún problema —respondió Finn.
—¿Estás seguro?
—Claro.
—Ayla parece no quererme mucho.
Ayla se quedó helada.
—Eso no es cierto —dijo Lucien.
—Tal vez me esté imaginando cosas.
La voz de Selena sonaba triste.
—Solo siento que preferiría que me fuera.
Finn respondió de inmediato.
—No le hagas caso.
Nosotros estamos de tu lado.
El corazón de Ayla se hundió.
Se alejó antes de escuchar más.
Confundida.
Porque aquello sencillamente no tenía sentido.
Ella nunca había tratado mal a Selena.
Nunca.
Entonces, ¿por qué la muchacha decía eso?
¿Y por qué los herederos le creyeron tan rápido?
Desde la llegada de Selena…
Ayla sintió que algo andaba muy mal.
Muy mal, de verdad.
Y todavía no tenía idea de que aquello era apenas el comienzo.