Durante seis años, Renata amó en silencio a Dante Alcázar, el magnate más frío y codiciado de la ciudad… y durante seis años él la trató como a un mueble caro dentro de su mansión. La noche de su aniversario, Renata muere salvándolo de un auto que se lanzó contra él. Su último pensamiento es una promesa: "En otra vida, me apartaré para que seas feliz".
Entonces abre los ojos. Tiene veintidós años otra vez. Faltan seis años para esa boda que la destruyó, y el destino acaba de regalarle algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Esta vez, Renata no piensa perseguir a nadie. Va a dejar que Dante se quede con su amor de juventud. Va a salvar a las dos amigas que el futuro condenó a la tragedia. Va a levantar su propio imperio con secretos que solo ella conoce. Y va a cobrarles, una a una, cada humillación a la familia que la vendió como moneda de cambio.
Hay un solo problema en su plan perfecto: el hombre de hielo que la ignoró en su primera vida ahora no puede apartar los ojos de ella. Cuanto más se aleja Renata, más la persigue Dante… como si él también recordara algo que jamás debería recordar.
¿Y si la segunda oportunidad no era para huir del amor, sino para hacerlo bien?
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Capítulo 5
Al caer la tarde, Renata recorrió un callejón estrecho hasta una pensión de dos plantas, de lo más humilde. Entró en su cuarto alquilado, de tres metros por tres. En aquel espacio minúsculo solo había un delgado colchón de espuma en el suelo, un ropero de plástico con un estampado de flores ya descolorido y una pequeña mesa de estudio de madera en el rincón, junto a la ventana.
Renata cerró la puerta y recostó el cuerpo contra ella. Tomó aire largamente, con la vista puesta en el techo, cuya pintura empezaba a descascararse. Por muy modesto que fuera, aquel lugar le resultaba mucho más apacible que la fastuosa mansión de tres pisos de Dante que tiempo atrás la había tenido enjaulada.
Renata se sentó al borde del colchón, abrazándose las rodillas mientras se perdía en sus pensamientos.
—Si echo cuentas con la línea del tiempo... —murmuró al silencio del cuarto—. Dentro de dos meses mis padres biológicos vendrán a esta pensión a recogerme.
Al recordar a su familia de sangre, una sonrisa amarga y sarcástica le asomó a los labios. Un destello de rencor y de heridas profundas brotó de repente de sus ojos.
En su vida anterior, Renata solo había descubierto con el tiempo que era la hija biológica de una familia de magnates, intercambiada al nacer. Pero aquel rescate no había sido el principio de ninguna felicidad, sino el comienzo del verdadero infierno. Cuando fueron por ella, ni siquiera le dieron ropa decente. Al poner un pie en la lujosa mansión de su familia biológica, la trataron de la peor manera. El cuarto que le asignaron era angosto y sofocante, al fondo de la casa; hasta las habitaciones del servicio eran mucho mejores y más dignas que la suya.
Todo aquello ocurrió por el descarado favoritismo de sus padres y por las intrigas de sus dos hermanos.
El primero, su hermano mayor, llamado Bruno. Bruno era un hombre soberbio, altivo, que siempre miraba a Renata con desprecio, como si fuera una inmundicia que ensuciaba el buen nombre de la familia. Delante de sus padres, Bruno se pavoneaba como el hijo de oro perfecto. Pero en su vida anterior, Renata había descubierto por casualidad el secreto oscuro de su hermano. Solo yo sé que Bruno en realidad es un adicto empedernido a las drogas y que suele malversar fondos de la empresa de papá, pensó, con una sonrisa ladina. Antes me pisoteabas, hermanito. Veremos cómo te las arreglas en esta vida.
La segunda era su hermana menor, llamada Priscila. A los ojos de sus padres, Priscila era una chica inocente y consentida a la que había que cumplirle todos los caprichos. Y sin embargo, Renata conocía de sobra su verdadera índole fuera de casa: era una mujer de mala vida, aficionada a jugar con los hombres, que pasaba las noches en los antros.
Pero lo que más hacía retumbar el pecho de Renata de puro rencor era la autora intelectual de aquel maldito compromiso con Dante en su vida anterior. Ese matrimonio arreglado había sido la idea podrida de Priscila.
En realidad, Priscila sabía muy bien que Dante Alcázar era un hombre apuestísimo, poderoso y millonario. Pero también sabía, por los rumores que corrían, que Dante era un hombre de sangre fría, con el corazón muerto por seguir atado a un amor del pasado. La egoísta de Priscila no estaba dispuesta a casarse con un hombre frío como el hielo, imposible de dominar. Por la envidia profunda que le tenía a Renata, Priscila azuzó a sus padres para que sacrificaran a Renata en aquel compromiso y la condenaran a sufrir de por vida. Sus padres, siempre parciales, aceptaron de inmediato sin considerar ni por un instante los sentimientos de Renata.
Renata apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le pusieron blancas. Los ojos se le anegaron, conteniendo la ira que le abrasaba el pecho.
—Me convirtieron en la ofrenda para que Priscila pudiera divertirse a sus anchas, y mamá y papá tuvieron la sangre fría de arrojarme a los brazos de un hombre que no me quería —dijo en voz baja, recalcando cada palabra.
Se secó las lágrimas de un manotazo, se puso de pie y se miró en el reflejo del espejo de la mesa de estudio. Su mirada ya no se veía débil como la de la Renata de antes.
—Dentro de dos meses... cuando vengan aquí, el camino no será el mismo. No pienso volver a ser la muñeca obediente que puedan pisotear a su antojo. Si quieren jugar con fuego, entonces en esta vida yo me encargaré de que sean ustedes mismos quienes ardan —siseó Renata con firmeza, prometiéndose a sí misma cobrarse cada lágrima y cada herida que le habían infligido en su vida anterior.
Renata se acomodó en la silla de madera frente a la mesa. Tomó el celular, todavía algo húmedo, y abrió la app del banco. Tras introducir la contraseña, sus ojos se clavaron en la cifra que aparecía en la pantalla principal.
Saldo disponible: 1.200 dólares.
Renata soltó un largo suspiro al ver aquella cantidad. Mil doscientos dólares. Para una estudiante de último año que vivía sola en una pensión modesta, ese dinero eran todos sus ahorros, reunidos con trabajos de medio tiempo y con lo que había apartado a fuerza de años de privaciones.
En su vida anterior, ese dinero había sido lo único que la mantuvo a flote antes de que su familia biológica la sacara de allí a la fuerza. Y ese mismo dinero se había esfumado por completo en cuanto puso un pie en aquella mansión, porque tuvo que comprarse su propia ropa después de que ellos se negaran a darle prendas dignas.
Pero ahora una sonrisa llena de convicción le asomó a los labios. Su memoria afilada sobre el futuro giró de pronto y la llevó a un gran acontecimiento financiero que había sacudido el mercado de valores en este año 2026.
Si no me equivoco... dentro de dos días, el domingo o el lunes por la mañana, una nueva empresa de tecnología médica llamada BioTech anunciará el hallazgo de un dispositivo para detectar enfermedades raras que acaba de conseguir una inversión masiva de capital extranjero, pensó, con los ojos encendidos de determinación.
Cuando aquel anuncio salió en su vida anterior, el valor de las acciones de BioTech se disparó como loco hasta el tope máximo diario durante varios días seguidos. Quienes compraron sus acciones ese viernes se volvieron ricos de la noche a la mañana.
Renata contempló una vez más su saldo. Pensando en la guerra que la esperaba contra su familia biológica dentro de dos meses, sabía perfectamente que iba a necesitar el arma más poderosa que existe: dinero y un poder propio. No podía enfrentarlos con las manos vacías.
Con dedos firmes, Renata abrió la app de su cuenta de corretaje, inactiva desde hacía mucho. Sin dudarlo, transfirió 900 dólares de su cuenta principal a la cuenta de inversión para colocarlos por entero en las acciones de aquella empresa. Esa suma era el 75% de todo el patrimonio que poseía en el mundo. Una jugada temerosamente arriesgada para una estudiante.
—Tengo que atreverme a especular —le susurró al silencio de su angosto cuarto.
Compró de inmediato las acciones de aquella empresa, con el ticker BIOT, al precio de cierre del mercado de esa tarde. En cuanto la operación quedó confirmada, Renata bloqueó el celular y lo dejó sobre la mesa con una sonrisa satisfecha.
—Estos novecientos dólares... en los próximos dos días, estoy segura de que se multiplicarán por cuatro, como mínimo, en cuanto abra la bolsa el lunes. Este dinero será mi primer capital para levantar mi propia fortaleza —dijo en voz baja, pero cargada de énfasis.
Esta vez, Renata no iba a permitirse volver a ser una mujer débil a la que cualquiera pudiera comprar o sacrificar por dinero. Su nuevo camino para darle la vuelta al destino acababa de empezar en aquel humilde cuarto alquilado.