Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Soplo de libertad
Aria
Soy libre.
Oficialmente libre.
Durante dos meses completos no tendré que preocuparme por exámenes, trabajos universitarios, presentaciones, balances financieros ni profesores que consideran perfectamente razonable asignar tres evaluaciones durante la misma semana.
Dos meses.
Sesenta días.
Mil cuatrocientas cuarenta horas.
Bueno, aproximadamente.
No pienso hacer cálculos.
Estoy de vacaciones.
—¡Por la libertad! —grita Alessandro, levantando su vaso.
—¡Por no volver a ver un maldito balance general hasta el próximo semestre! —añade Matteo.
Levanto mi copa.
—¡Por sobrevivir!
Nuestros vasos chocan.
Y todos empezamos a reírnos.
La música retumba a nuestro alrededor, las luces iluminan intermitentemente la discoteca y hay tantas personas bailando que apenas consigo distinguir dónde termina nuestro grupo y comienza el resto del mundo.
Me encanta.
No suelo salir demasiado durante el semestre.
Entre las clases, los trabajos, mi familia y las constantes actividades que parecen organizarse en nuestra casa, encontrar una noche libre puede convertirse en una misión bastante complicada.
Pero hoy... Hoy no tengo absolutamente ninguna obligación académica.
He aprobado mis últimos exámenes.
He terminado el penúltimo año de Administración de Empresas.
Y me esperan dos maravillosos meses antes de comenzar el último año de universidad.
Quiero disfrutarlos.
Todos.
—¡Aria! —grita Matteo por encima de la música—. ¡Dime que aprobaste Finanzas!
Sonrío.
—¡Por supuesto!
—¡Te odio!
Me echo a reír.
—¡Eso me dices todas las semanas!
—¡Porque todas las semanas haces que parezca fácil!
—¡Estudiar ayuda bastante!
Alessandro suelta una carcajada.
—¡Eso fue cruel, princesa!
Le doy un pequeño golpe en el brazo.
—No me llames así.
—¿Por qué? —Sonríe—. Es lo que eres.
Pongo los ojos en blanco.
Alessandro lleva dos años llamándome princesa. No porque conozca demasiado sobre mi familia. Simplemente porque, según él, tengo la extraña costumbre de conseguir que las personas hagan lo que quiero.
Una acusación completamente injusta.
Bueno. Parcialmente injusta.
—¡Ven a bailar conmigo! —me pide.
—¡Ya estamos bailando!
—¡Entonces acércate!
Me ofrece la mano.
La acepto y dejo que me conduzca hacia el centro de la pista.
A nuestro alrededor, varios compañeros hacen lo mismo.
Matteo aparece con Elena, una de las pocas mujeres de nuestro grupo.
Sofía viene detrás, riéndose mientras intenta evitar que Dimitris derrame su bebida.
Somos nueve esta noche.
Seis hombres y tres mujeres.
Una proporción que a mi madre probablemente le parecería divertida.
A mi padre, en cambio, le provocaría un problema cardiovascular.
Sonrío al imaginar su expresión. Por suerte, no sabe exactamente con quién estoy.
Bueno.
Sabe sus nombres.
Sus apellidos.
Dónde estudiamos.
Y probablemente hasta dónde nacieron.
Pero no está aquí. Eso es lo importante.
Aunque hay un hombre de seguridad esperando afuera.
Por supuesto.
Mi padre ha sido extraordinariamente generoso al permitirme salir sin un guardaespaldas respirándome en la nuca.
Una verdadera demostración de confianza paternal. Casi conmovedora.
—¡Estás pensando demasiado! —me grita Alessandro.
Levanto la mirada.
—¡Es un defecto universitario!
—¡Entonces deja de hacerlo!
Me hace girar suavemente.
Me río.
La música cambia.
Una canción más rápida comienza a sonar y Matteo levanta ambos brazos como si acabara de descubrir el secreto de la felicidad.
—¡Esta es mía!
—¡Todas son tuyas! —le grita Sofía.
—¡Porque tengo excelente gusto musical!
—¡Tienes pésimo gusto musical!
Todos nos reímos.
Y durante varios minutos simplemente bailamos.
Sin pensar.
Sin preocuparnos por nada.
Me muevo al ritmo de la música, levanto los brazos y dejo que mi cabello caiga libremente sobre mi espalda.
Llevo un vestido negro corto, ajustado en la cintura, y unos zapatos que probablemente lamentaré haber elegido cuando termine la noche.
Pero me veo preciosa.
Lo sé.
Mi madre me ayudó a escoger el vestido. Después me observó en el espejo, sonrió y me dijo que disfrutara muchísimo.
Papá, en cambio, preguntó si no tenía otro un poco más largo.
Mamá lo echó de mi habitación.
Todavía me río al recordarlo.
—¡Estás preciosa esta noche! —me dice Alessandro, acercándose a mi oído para hacerse escuchar.
Sonrío.
—¡Gracias!
—¡Aunque estarías más preciosa si aceptaras salir conmigo!
Pongo los ojos en blanco.
—¡Alessandro!
—¡Tenía que intentarlo!
Me río.
Es una conversación que hemos tenido probablemente unas cincuenta veces.
Alessandro es atractivo.
Muy atractivo, en realidad.
Tiene cabello oscuro, ojos castaños y una sonrisa capaz de conseguir que muchas mujeres olviden sus propios nombres.
Pero no me interesa. No de esa manera.
Y él lo sabe. Aunque eso no parece impedir que lo intente de vez en cuando.
—¡Algún día vas a decir que sí! —insiste.
—¡Sigue soñando!
Se lleva una mano al pecho.
—¡Cruel!
Me río y él también.
Así son las cosas entre nosotros.
Fáciles.
Divertidas.
Sin complicaciones.
Siempre me he sentido cómoda rodeada de hombres.
Quizá porque crecí con Adamo.
Tener un hermano gemelo significa acostumbrarte desde pequeña a las bromas, a las discusiones absurdas, a los desafíos y a esa necesidad inexplicable que tienen algunos hombres de competir hasta para decidir quién llega primero a una puerta.
Mis primos no ayudaron demasiado.
Ben, Mattheo, Nino, Remo y el resto de nuestra familia hicieron que aprendiera muy pronto a defenderme verbalmente.
Y, en algunas ocasiones, físicamente.
Nunca he tenido problemas para hacer amigos hombres.
Lo complicado ha sido encontrar alguno que realmente me interese.
Porque ninguno lo ha conseguido.
Ninguno.
Excepto... No.
Ni se te ocurra, Aria.
Estoy de vacaciones.
No voy a pasar mi primera noche libre pensando en Luke Evans.
Absolutamente no.
*****
Una hora después estoy bastante convencida de que esta es una de las mejores noches que he tenido en meses.
He bailado tanto que mis pies empiezan a protestar.
He tomado dos cócteles y suficiente agua como para evitar que mañana mi cabeza decida declararme la guerra.
Y Matteo acaba de intentar convencer a un desconocido de que Sofía es una cantante internacional.
La parte divertida es que el hombre parece haberle creído.
—¡No puedo creer que hayas dicho eso! —exclama Elena, riéndose.
Matteo se encoge de hombros.
—¡Estoy promoviendo su carrera!
—¡No tengo una carrera musical! —protesta Sofía.
—¡Por eso necesitas promoción!
Suelto una carcajada.
Dimitris se apoya sobre la mesa.
—Aria, dile que es idiota.
—Es idiota.
—¡Gracias! —responde Matteo.
Todos nos reímos.
Tomo un sorbo de mi bebida y observo el lugar.
La discoteca está completamente llena.
Desde nuestra mesa, ubicada cerca de uno de los laterales, puedo ver buena parte de la pista y la barra principal.
Hay grupos de amigos celebrando, parejas bailando y personas que parecen haber decidido que esta noche no existe el concepto de espacio personal.
La música cambia otra vez.
Reconozco la canción.
Sonrío inmediatamente.
—¡Me encanta esta!
Alessandro levanta la cabeza.
—¿Vamos?
—¡Por supuesto!
Dejo mi vaso sobre la mesa.
Él me ofrece la mano.
La acepto y regresamos a la pista.
Esta vez se nos unen Dimitris, Elena y otros dos compañeros.
Nos colocamos en un pequeño círculo y comenzamos a bailar.
Alessandro intenta imitar uno de mis movimientos.
Fracasa estrepitosamente.
Me río tanto que tengo que sujetarme el estómago.
—¡Eso fue horrible!
—¡Estoy improvisando!
—¡Se nota!
Me hace una reverencia exagerada.
Después levanta una mano para hacerme girar.
Lo sigo, divertida.
Es agradable estar aquí.
Ser simplemente Aria.
No la hija de Damián Greco.
No la hermana gemela de Adamo.
No alguien a quien todo el mundo debe proteger.
Solo una universitaria de veintiún años celebrando con sus amigos.
Aunque, si soy completamente sincera, también disfruto un poquito de que me presten tanta atención.
No voy a fingir lo contrario. Es agradable que alguien te encuentre bonita.
Que te invite a bailar.
Que intente hacerte reír.
Lo que no significa que tenga que enamorarme de ninguno.
Y ninguno ha conseguido provocarme esa sensación absurda que... Mierda.
Luke otra vez.
Aprieto los labios.
Voy a necesitar una intervención médica para conseguir que ese hombre desaparezca de mis pensamientos.
O quizá unas vacaciones particularmente largas.
Italia empieza a parecer una opción extraordinaria.
—¡¿En qué piensas?! —pregunta Alessandro.
Lo miro.
—¡En nada!
—¡Mentira!
Sonrío.
—¡En que bailas horrible!
Se lleva una mano al corazón.
—¡Otra vez me has destruido!
Me río y continúo bailando.
Bravo Aria!!! 👏🏻👏🏻 aunque te demoraste en darle su merecido jajaja