n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 7
Capítulo 7. El hombre de las fotos
Después de una jornada de trabajo intensa, Lucía volvió al departamento bastante cansada.
Camila había salido antes y había recogido a Mateo y Sofía en el jardín de niños.
—¿Ya llegaste? ¿Todo bien en tu primer día? —preguntó.
Lucía la miró de reojo.
—¿Por qué no me dijiste que Altamar es una empresa de los Valdés?
—¿Eso significa que viste a Adrián? A ver, dime: ¿está guapo o no?
Lucía la fulminó con la mirada, molesta.
—¿Y a mí qué me importa si está guapo? ¡Es el tío de Nicolás!
—¿Y qué? No cualquiera consigue entrar en Altamar. Deberías estar contenta de que te contrataran. ¿Qué importa de quién sea tío? ¿Tienes miedo de que te haga la vida imposible para ayudar a Nicolás?
Lucía frunció el ceño. Eso no la preocupaba. Simplemente no quería tener nada que ver con los Valdés ni con sus asuntos.
En ese momento, Mateo salió de la habitación sujetándose la barriga.
—Mami, me duele la panza.
Lucía lo atrajo enseguida hacia ella y le palpó el abdomen.
—¿Qué pasó? ¿Comiste algo que te hizo daño en el jardín?
Mateo negó con la cabeza.
—No sé.
Estaba pálido y tenía la frente cubierta de sudor frío. Lucía conocía a su hijo: si no le doliera mucho, no se habría quejado.
—Te voy a llevar al hospital ahora mismo.
Camila también se alarmó. Tomó las llaves del auto a toda prisa.
—Voy por el auto.
Las dos llevaron a Mateo al hospital, con Sofía junto a su madre. Después de examinarlo, el médico se dirigió a Lucía.
—¿Dice que llegaron ayer de Estados Unidos?
—Sí.
—Entonces tiene sentido. No es nada grave. El cambio de alimentación y de agua al llegar puede causar dolor abdominal y diarrea. Voy a recetarle un medicamento.
Lucía soltó el aire, aliviada.
—Muchas gracias, doctor.
Como el niño debía tomar el medicamento cuanto antes, fue a la farmacia en cuanto recibió la receta. Camila se quedó con los mellizos en la habitación.
Lucía consiguió el medicamento enseguida. Iba de regreso cuando, al doblar una esquina, distinguió una silueta conocida.
Giró la cabeza hacia el pasillo de enfrente y, a cierta distancia, vio a Natalia.
No la había visto en cinco años, pero la reconoció al instante.
Su antigua mejor amiga le había robado la boda y al hombre con quien iba a casarse. ¿Cómo iba a olvidarla?
Natalia hablaba con un médico de bata blanca.
Lucía no alcanzaba a oír lo que decían, pero sus gestos eran demasiado íntimos. Cualquiera que no los conociera los habría tomado por una pareja.
¿Natalia estaba engañando a Nicolás?
Se fijó con más atención en el médico. Su perfil se parecía tanto al del hombre de las fotos que habían proyectado en su boda…
Lucía se estremeció. Iba a acercarse para detenerlo y verle bien la cara, pero de pronto un hombre le cerró el paso.
Una voz grave y profunda llegó desde arriba.
—¿Lucía?
Alzó la vista y se encontró con el rostro de Adrián, tan parecido al de su hijo. Por un segundo quedó desconcertada, aunque lo urgente era alcanzar al médico.
Apartó a Adrián para pasar. Demasiado tarde: el pasillo de enfrente ya estaba vacío. Natalia y el médico habían desaparecido.
—¿A quién buscas? —preguntó él al verla tan alterada.
Lucía sintió una oleada de frustración. ¡Los había dejado escapar!
Al volver en sí, advirtió que Adrián la estaba mirando. Era su jefe; no podía tratarlo con tanta descortesía.
Bajó los ojos para ocultar lo que sentía.
—Creo que confundí a alguien.
—¿Estás enferma?
Adrián había visto los medicamentos que llevaba en la mano.
—Mi hijo no se sentía bien y lo traje al médico.
Lucía seguía con la mirada baja. Luego la alzó hacia él.
—¿Y usted por qué está en el hospital, señor Valdés?
La mención del niño le recordó a Adrián el encuentro en el aeropuerto. Aquella carita infantil, con su mezcla de terquedad y altivez, seguía resultándole familiar.
Entrecerró los ojos y estudió a Lucía. La duda volvió a asaltarlo.
—¿Qué le pasa?
La pregunta sobre el pequeño le salió sin que se lo propusiera.
Lucía no vio nada extraño en ella.
—Le sentó mal el cambio de alimentación y de agua. Le duele la panza, pero el médico ya le recetó algo.
Adrián comentó con un deje de burla:
—Con que coma menos helado, se le pasa.
Lucía alzó los ojos y vio la curva apenas insinuada en sus labios.
Era peor todavía. ¡Con aquella media sonrisa se parecía aún más a Mateo!
Se quedó mirándolo fijamente, absorta.
Adrián se inclinó hacia su oído. Su voz sonó aún más grave.
—¿Sabes lo peligroso que puede ser mirar así a un hombre?