Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 20: Confesiones sobre el capó y la cuenta regresiva
Fuera del campus, bajo la sombra de los árboles que bordeaban la salida, las cuatro chicas se habían reunido junto al auto de Mara quien Sara llevo despues de no encontrarla al final de la redada ,se acomodaron para tomar aire antes de retomar sus respectivas obligaciones.
Lara se acomodó con parsimonia sentándose sobre el capó del coche, mientras revisaba en su teléfono la confirmación de la novela que había reservado. A pocos pasos, Katy hurgaba con meticulosidad en su mochila, verificando que no le faltara ningún instrumento para su clase de integración práctica. Sara, por su parte, guardaba el teléfono en el bolsillo con tanta furia que casi rompe la carcasa, tras colgarle a su hermano Mateo después de avisarle que demoraría en llegar al taller. Y Mara, con esa picardía desbordante que la caracterizaba, no paraba de gesticular mientras les contaba con pelos y señales cómo Bruno la había sacado de la piscina.
—Se los juro, chicas, fue lo más divertido del mundo —reía Mara, con los ojos brillando de travesura—. Ver a ese cubito de hielo con complejo de banquero ponerse rojo hasta las orejas no tiene precio. Si se cree que se va a librar de mí tan fácil, está muy equivocado. Lo voy a seguir molestando cada vez que se me cruce.
Lara levantó la vista de la pantalla, ajustándose los lentes con escepticismo.
—¿No te preocupa que empiecen a hablar de ti y de su grupito por todo el campus, Mara?
Mara soltó una carcajada sonora, encogiéndose de hombros con total indiferencia.
—Que hablen lo que quieran, las estadísticas de aburrimiento en esta universidad son demasiado altas. A ver, es hora de los informes... ¿Qué pasó con ustedes? ¡Cuenten todo!
Una a una, fueron desglosando los desastres del fin de semana y el encuentro de la mañana. Pero cuando le tocó el turno a Sara, el aire pareció volverse denso.
—El muy cretino... se atrevió a besarme —soltó Sara de repente, apretando los puños con tanta fuerza que las palmas le dolían.
Dando un golpe seco con la mano abierta sobre el capó del auto que hizo saltar a Lara, Sara juró con voz venenosa:
—Y les juro que, si ese imbécil vuelve a acercarse a hacerme eso, lo voy a patear tan fuerte en los bajos que no va a poder caminar en un mes.
Las risas de sus amigas estallaron al unísono en el callejón. Conocían de sobra el temperamento explosivo de Sara como para dudar ni por un segundo que cumpliría su amenaza.
Sin embargo, el eco de las risas se cortó de golpe cuando empezaron a divisar a lo lejos la silueta de los cuatro muchachos que se acercaban cruzando la calle. El ambiente cambió de inmediato.
—Bueno, me largo —se despidió Lara, deslizándose con agilidad del capó del auto—. Tengo que pasar a recoger el pedido que hice por la web en mi librería de siempre antes de que cierre.
—Yo también los dejo, se me hace tarde para las clases integradas en el laboratorio —agregó Katy colgándose la mochila al hombro.
Mara miró a Sara con genuina preocupación, evaluando la tensión en su rostro.
—¿Quieres que te acompañe, capitana? Puedo posponer mis repasos de anatomía si necesitas respaldo contra el simio de Kaelen.
Sara negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa forzada pero firme.
—Vete tranquila, Mara. Tengo que encargarme de esto yo sola. Hablamos más tarde.
Mientras las chicas comenzaban a dispersarse en direcciones opuestas para cumplir con sus itinerarios, los muchachos llegaron a la altura del grupo. Al ver que sus objetivos se separaban, intercambiaron miradas cómplices y palmadas rápidas de despedida entre ellos.
En cuestión de segundos, Bruno, Gabriel y Leo siguieron de largo el rastro de las demás, dejando a Dante plantado en solitario frente a Sara. La cuenta regresiva para las seis de la tarde acababa de comenzar oficialmente.