Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 16. Un lunes diferente
El lunes por la mañana, Valentina llegó a la empresa con una carpeta nueva y una sonrisa que no había podido borrar desde que su madre le confirmó que se encontraba mejor.
Había pasado el fin de semana ayudándola en casa, cocinando con Daniel y haciendo cuentas para organizar el dinero que recibiría con su primer sueldo.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que las cosas podían mejorar.
—Buenos días —saludó al llegar a recepción.
La recepcionista apenas levantó la vista.
—Buenos días.
Valentina notó algo extraño en su actitud. La mujer que durante sus primeros días le había explicado dónde estaban las oficinas ahora parecía evitar mirarla.
No le dio demasiada importancia.
Caminó hasta su escritorio y encendió la computadora.
Entonces encontró un sobre blanco encima del teclado.No tenía remitente.
En su interior había una fotografía de Alejandro y ella saliendo del restaurante donde habían cenado después de la reunión de negocios.
En la parte posterior, alguien había escrito con tinta negra:
«Ten cuidado. No eres la primera que cree que puede ocupar el lugar de Isabella».
Valentina sintió que se le helaban las manos.
Miró alrededor, buscando a alguien que pudiera haber dejado aquello allí, pero todos parecían ocupados.
Guardó la fotografía dentro del sobre.
No iba a permitir que una amenaza anónima arruinara su mañana.
Sin embargo, mientras intentaba concentrarse en su trabajo, una pregunta comenzó a perseguirla.
¿Quién había tomado aquella fotografía?
Y, sobre todo, ¿por qué quería advertirle que se mantuviera alejada de Alejandro?
La respuesta llegó poco después de las nueve.Isabella Ferrer apareció en el piso cuarenta.
Vestía un conjunto color crema, llevaba el cabello perfectamente arreglado y caminaba con la seguridad de alguien que estaba acostumbrado a que todas las puertas se abrieran a su paso.
Se detuvo frente al escritorio de Valentina.
—Buenos días, querida.
Valentina se puso de pie.
—Buenos días, señora Ferrer. ¿Desea que anuncie su llegada?
Isabella sonrió.
—No es necesario. Alejandro sabe perfectamente que voy a venir.
Pasó la mirada por el escritorio y se inclinó ligeramente hacia ella.
—Aunque, por lo que veo, tú también estás empezando a sentirte como en casa.
Valentina mantuvo la calma.
—Solo estoy haciendo mi trabajo.—Claro. Eso es lo que dices.
Isabella se enderezó.
—Dile a Alejandro que estoy aquí.
Antes de que Valentina pudiera responder, Isabella abrió la puerta del despacho y entró.
La secretaria volvió a sentarse, pero ya no consiguió concentrarse.
No sabía qué estaba ocurriendo, aunque empezaba a sospechar que aquella fotografía no había aparecido por casualidad.
—¿Qué significa esto, Alejandro?
Isabella arrojó la fotografía sobre el escritorio.
Alejandro la tomó y la examinó.
Era la misma imagen que alguien había dejado en el escritorio de Valentina.Su expresión se endureció.
—¿Quién te la dio?
—Eso no importa. Lo que importa es que estás permitiendo que hablen de nosotros.
—No hay nada de qué hablar. Fue una cena de negocios.
—¿Y también fue una cena de negocios cuando la llevaste a su casa?
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cómo sabes eso?
Isabella sonrió con amargura.
—No eres el único que puede averiguar cosas, Alejandro.
Él se puso de pie.
—Escúchame bien. Valentina es mi secretaria.
No tienes derecho a vigilarla, amenazarla ni utilizarla para discutir conmigo.
La sonrisa de Isabella desapareció.—¿Amenazarla? ¿De verdad crees que yo haría algo así?
Alejandro no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente para enfurecerla.
—¡Soy tu prometida! ¡Llevamos años juntos! ¿Y ahora vas a defender a una mujer que conoces desde hace unos días?
—Voy a defender a cualquier persona a la que traten injustamente.
—No me mientas. No es cualquier persona.
Alejandro apretó la mandíbula.
Isabella se acercó al escritorio y bajó la voz.
—Mi padre quiere adelantar la boda. La junta directiva también está preocupada por nuestros acuerdos comerciales. Si continúas comportándote de esta manera, vas a poner en peligro todo lo que hemos construido.
—Entonces quizá deberíamos dejar de construir nuestra relación alrededor de los negocios.Isabella se quedó inmóvil.
Durante unos segundos, pareció incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Estás diciendo que quieres cancelar la boda?
Alejandro no contestó inmediatamente.
No porque quisiera casarse con ella.
Sino porque sabía que aquella decisión tendría consecuencias para su familia, su empresa y cientos de empleados que dependían de los acuerdos con los Ferrer.
—Estoy diciendo que no voy a aceptar que me obligues a tomar decisiones mediante amenazas.
Isabella recogió su bolso.
—Muy bien. Haz lo que quieras.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Solo recuerda una cosa, Alejandro. Las mujeres como Valentina no pertenecen a tu mundo. Puede que ahora te resulte interesante jugar a ser su salvador, pero tarde o temprano te cansarás de sus problemas.Alejandro sintió que la rabia le recorría el cuerpo.
—No vuelvas a hablar de ella de esa manera.
Isabella salió dando un portazo.
Alejandro se quedó mirando la fotografía.
Por primera vez, no estaba preocupado por la imagen pública de su relación.
Estaba preocupado por Valentina.
Porque si Isabella había conseguido aquella fotografía, también podía haber conseguido otras.
Y él no estaba dispuesto a permitir que la joven pagara por los conflictos de su familia.