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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:473
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. Una infidelidad al descubierto

Valeria Rivas descubrió que su marido, Alejandro Montenegro, le era infiel. Y la otra era una universitaria.

Era el cumpleaños de Alejandro y ella había preparado una mesa llena de comida desde temprano. De pronto, sonó el teléfono que él había olvidado en casa. Valeria vio el mensaje de la joven.

«Me golpeé al recoger el pastel. Me duele mucho, buaaa».

Debajo había una foto. No se veía la cara, solo las piernas: calcetas blancas hasta arriba, zapatos negros de punta redonda y la falda azul y blanca de la universitaria, levantada para dejar al descubierto unas piernas firmes, largas y hermosas. La rodilla, de piel muy blanca, sí estaba enrojecida por el golpe. La juventud de aquel cuerpo y el tono de niña consentida del mensaje componían una tentación prohibida.

Se decía que ese era el tipo de amante que más buscaban los empresarios de éxito.

Valeria apretó el teléfono hasta que se le pusieron blancos los dedos. Sonó otra notificación.

«Señor Montenegro, nos vemos en el Hotel Altavista. Esta noche quiero festejar tu cumpleaños contigo…».

Era el cumpleaños de su marido, y su amante había preparado una celebración para él.

Valeria tomó su bolso y salió hacia el hotel. Quería verlo con sus propios ojos. Quería saber quién era aquella universitaria.

Al llegar al Hotel Altavista, Valeria se disponía a entrar cuando vio a sus padres, Ernesto Rivas y Lucía Molina.

—¿Papá? ¿Mamá? ¿Qué hacen aquí? —Se acercó, sorprendida.

Los dos se sobresaltaron e intercambiaron una mirada esquiva.

—Val, tu hermana volvió al país. Vinimos a dejarla.

¿Camila?

Valeria miró a través de los relucientes ventanales y se quedó inmóvil. Camila estaba adentro, vestida con la misma falda azul y blanca de la foto.

La universitaria era su propia hermana.

Camila siempre había sido hermosa. La llamaban la Rosa Roja de Puerto Azul y, sobre todo, tenía fama de poseer las piernas más bonitas de la ciudad. Cuántos hombres se habían rendido ante ellas.

Ahora su querida hermana las había usado para seducir a su cuñado.

Valeria se volvió hacia sus padres con una incredulidad amarga.

—Por lo visto, soy la última en enterarme.

—Val… Alejandro no te quiere —admitió Ernesto, incómodo.

—Tu padre tiene razón —intervino Lucía—. ¿Sabes cuántas mujeres quieren estar con él? Para que termine con una desconocida, mejor déjaselo a tu hermana.

Valeria cerró los puños.

—¡También soy su hija!

Se dio la vuelta para marcharse, pero su madre la detuvo con una pregunta.

—Valeria, dime algo. ¿Alejandro te ha tocado alguna vez?

Sus pasos se frenaron.

—No creas que te debemos algo —añadió Ernesto con dureza—. Todo el mundo sabía que Alejandro y Cami eran la pareja perfecta. Pero él tuvo aquel accidente y quedó en estado vegetativo. Por eso te hicimos casarte con él en lugar de ella.

Lucía la examinó con desagrado.

—Mírate, Valeria. En estos tres años solo has sido una ama de casa que vive pendiente de su marido. Camila ya es primera bailarina de ballet. Ella es un cisne y tú, el patito feo. ¿Con qué piensas competir? Devuélvele a Alejandro de una vez.

Las palabras se le clavaron a Valeria como cuchillos. Se alejó con los ojos enrojecidos.

Cuando regresó a la casa, ya había anochecido. Le había dado el día libre a Rosa, la empleada, y estaba sola. Nadie había encendido las luces; todo permanecía oscuro y desierto.

Se sentó a la mesa en la penumbra. La comida se había enfriado por completo. También seguía allí el pastel que había hecho con sus propias manos, con la frase «Feliz cumpleaños, amor».

No soportaba verlo. Todo aquello era una broma, igual que ella.

Alejandro Montenegro y Camila Rivas siempre habían sido la pareja perfecta de su círculo. Todos sabían que la Rosa Roja de Puerto Azul era la mujer que él adoraba. Hasta que, tres años atrás, un accidente inesperado lo dejó en estado vegetativo y Camila desapareció sin más.

Entonces los Rivas fueron a buscar a Valeria al campo, donde vivía, y la obligaron a casarse con él en lugar de su hermana.

Pero se trataba de Alejandro. Del hombre al que ella llevaba tanto tiempo amando. Por eso aceptó casarse de buena gana.

Él pasó tres años en estado vegetativo después de la boda. Durante todo ese tiempo, Valeria se dedicó a cuidarlo sin descanso. No salía, no tenía vida social y concentró todos sus esfuerzos en tratarlo, hasta convertirse en una ama de casa cuya vida entera giraba en torno a él.

Finalmente, logró que despertara.

Valeria sacó un encendedor y prendió las velas. A su tenue luz, vio su reflejo en el espejo de enfrente: un vestido blanco y negro, tan apagado como todos los que usaba; una ama de casa anticuada, sin gracia. Camila, en cambio, se había convertido en primera bailarina durante esos tres años. Era joven, radiante, hermosa.

Ella era el patito feo. Camila era el cisne.

Y, al despertar, Alejandro había vuelto junto al cisne, abandonando al patito feo. Tres años enteros, y la única conmovida por su entrega había sido ella misma.

Alejandro no la amaba. Pero ella sí lo amaba a él.

Decían que, entre dos personas, quien se enamoraba primero estaba condenado a perder. Ese día, Alejandro la había derrotado por completo.

Con los ojos húmedos, Valeria apagó las velas de un soplo. La casa volvió a hundirse en la oscuridad.

Entonces dos haces de luz iluminaron el exterior. El Rolls-Royce Phantom de Alejandro llegó a toda velocidad y se detuvo sobre el césped. A Valeria le temblaron las pestañas.

Había regresado. Ella había creído que esa noche no volvería.

La puerta se abrió poco después. Alejandro entró con el frío húmedo de la noche sobre su figura alta, atractiva y distinguida.

Los Montenegro siempre habían sido una de las familias de mayor abolengo de Puerto Azul. Su heredero había demostrado un talento extraordinario para los negocios desde niño: a los dieciséis años ya tenía dos maestrías de Harvard. Después llevó su primera empresa a cotizar en Wall Street y se dio a conocer de inmediato. Al volver al país asumió el control de Grupo Montenegro y se convirtió en el hombre más rico de la ciudad.

Alejandro avanzó a grandes pasos.

—¿Por qué están apagadas las luces? —preguntó con aquella voz grave y atractiva, teñida de distancia.

Accionó el interruptor de la pared. La claridad obligó a Valeria a cerrar los ojos un instante; al abrirlos, lo miró.

Vestía un traje negro hecho a medida. Era excepcionalmente apuesto, de proporciones perfectas y una elegancia fría que le nacía sola. Cuántas jóvenes de la alta sociedad habrían soñado con él por las noches.

—Hoy es tu cumpleaños —dijo ella.

Sin que su expresión cambiara, él echó una mirada desganada a la mesa.

—La próxima vez no pierdas el tiempo. No celebro esas cosas.

Valeria esbozó una sonrisa.

—¿No las celebras o no quieres celebrarlas conmigo?

Alejandro la miró apenas, sin ganas de dedicarle más tiempo.

—Piensa lo que quieras.

Y se dirigió a las escaleras. Siempre había sido así con ella. Por mucho que lo intentara, nunca lograba ablandarlo.

Valeria se puso de pie y contempló su espalda, tan atractiva como indiferente.

—Es tu cumpleaños. Quiero darte un regalo.

—No hace falta.

Él no se detuvo ni volvió la cabeza. Valeria sonrió despacio.

—Alejandro, quiero el divorcio.

Él ya había puesto un pie en el primer escalón. Se quedó inmóvil y se volvió, clavando en ella sus ojos negros y profundos.

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