¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Nyssa
A las cinco de la mañana, Nyssa Johnson ya estaba despierta.
No porque hubiera descansado lo suficiente, sino porque la alarma de su teléfono llevaba diez minutos sonando y tenía que levantarse antes de que Ale despertara.
Se vistió en silencio, recogió su cabello en una coleta y contó el dinero que había dejado sobre la mesa la noche anterior.
No alcanzaba.
Otra vez.
—Mierda… —murmuró, apoyando la frente contra la pared.
Le quedaban dos billetes pequeños después de separar el dinero del transporte y la comida de su hermano. El hospital seguía debiendo pagos, la farmacia había vuelto a llamarla y el alquiler vencía en cuatro días.
Nyssa cerró los ojos un instante.
Después guardó el dinero en su cartera y fue a preparar el desayuno.
No tenía tiempo para desesperarse.
—¿Nys?
La vocecita llegó desde el dormitorio.
Ale apareció arrastrando los pies, con el cabello revuelto y su osito de peluche bajo el brazo.
—¿Ya te vas?
Nyssa se agachó frente a él y le acomodó el cuello del pijama.
—Tengo que ir a trabajar, cariño. Pero te dejé el desayuno preparado y la ropa del colegio sobre la silla.
El niño hizo un puchero.
—Quería que me llevaras vos.
A Nyssa se le apretó el corazón.
—Hoy te lleva la señora Parker, ¿te acordás? Yo voy a visitarte a la salida del colegio si consigo cambiar mi turno.
No era una promesa que pudiera garantizar, pero Ale sonrió de todos modos.
—¿Y después vamos a ver a mamá?
—Después vamos a ver a mamá.
Le besó la frente y se quedó abrazándolo unos segundos más de lo necesario.
Su madre llevaba semanas internada. Los médicos habían sido claros, aunque Nyssa todavía no conseguía acostumbrarse a escuchar aquella palabra que parecía demasiado cruel para pronunciarla en voz alta: terminal.
A veces, cuando estaba sola, buscaba información en internet. Leía historias de personas que habían mejorado contra todo pronóstico y se aferraba a ellas como si fueran instrucciones para salvar a su propia madre.
Después cerraba el teléfono y volvía a trabajar.
Porque esperar un milagro también costaba dinero.
A las ocho de la mañana, Nyssa estaba detrás del mostrador de una cafetería, sonriendo a clientes que apenas la miraban.
A las dos de la tarde, limpiaba oficinas en el centro.
Y a las siete, después de pasar por el hospital y comprobar que su madre estaba descansando, se dirigía al restaurante donde trabajaba hasta la madrugada.
Tres empleos.
Cero ahorros.
Y una cantidad absurda de facturas.
—Johnson, mesa seis.
—Ya voy.
Nyssa recogió la bandeja y se acercó a la mesa indicada. Una pareja discutía por algo que no era asunto suyo, un hombre revisaba su teléfono y una mujer la miró con impaciencia cuando tardó unos segundos en servirle el agua.
Ella se disculpó y siguió trabajando.
No tenía energía para discutir.
Tampoco tenía tiempo para ofenderse.
A veces se preguntaba cómo habría sido su vida si las cosas hubieran sido diferentes. Si su padre no se hubiera marchado cuando ella todavía era una adolescente. Si su madre no hubiera enfermado. Si hubiera podido terminar sus estudios y presentarse a aquella agencia de modelos que descubrió por casualidad años atrás.
Tenía la altura, el rostro y las medidas que buscaban.
Incluso conservaba algunas fotografías que se había tomado con una amiga, cuando todavía creía que podía intentarlo.
Las guardaba en una caja debajo de su cama.
Últimamente, apenas recordaba que existían.
—¡Nyssa!
La voz de su compañera la sacó de sus pensamientos.
—¿Podés cubrirme cinco minutos? Necesito ir al baño.
—Claro.
Nyssa tomó su lugar sin quejarse.
Estaba acostumbrada a eso: cubrir turnos, hacer favores, quedarse un rato más. Siempre había alguien que necesitaba algo de ella.
Y ella casi nunca sabía decir que no.
A las once y media, el restaurante estaba lleno.
Nyssa tenía los pies doloridos y la espalda le pedía a gritos que se sentara. Sin embargo, continuaba moviéndose entre las mesas con una eficacia que había adquirido a fuerza de necesidad.
Fue entonces cuando entraron cuatro hombres vestidos con trajes caros.
No les prestó demasiada atención. Eran clientes, como cualquier otro.
Al menos hasta que el encargado apareció a su lado.
—Nyssa, quiero que atiendas esa mesa personalmente. Y, por favor, intentá que todo salga perfecto.
Ella miró hacia el grupo.
Uno de los hombres destacaba sobre los demás. Alto, cabello oscuro, mandíbula marcada y una seguridad que parecía acompañarlo incluso cuando no hablaba.
Estaba sonriendo mientras uno de sus amigos contaba algo.
Nyssa tomó las cartas.
No sabía quién era, ni cuánto dinero tenía, ni cuántas mujeres habían pasado por su vida.
Y tampoco le importaba.
Tenía una cuenta pendiente en el hospital, un hermano de seis años al que debía preparar para la escuela al día siguiente y apenas cuatro horas para dormir antes de volver a empezar.
Un hombre guapo era, sencillamente, otra persona a la que debía atender.
Se acercó a la mesa con su mejor sonrisa profesional.
—Buenas noches. ¿Ya saben qué van a pedir?
El hombre de cabello oscuro levantó la mirada.
Sus ojos se detuvieron en ella un segundo más de lo habitual.