Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: El sabotaje interno
La torre de Porta Nuova emergía entre la bruma invernal de Milán como una aguja de acero pulido y cristal ahumado.
Al cruzar los controles de seguridad del tercer sótano a las once y cuarto de la mañana, Martina ya no llevaba la ropa de montaña prestada ni los restos de la batalla de Rapallo. En una parada táctica de quince minutos en un piso franco de los Moretti a las afueras de Monza, se había enfundado una nueva armadura: un traje sastre de raya diplomática en azul marino oscuro, con la chaqueta estructurada de hombreras marcadas que disimulaba la rigidez del vendaje limpio en su antebrazo izquierdo. El cabello, recogido en una coleta baja y tirante con una raya milimétrica al medio, dejaba al descubierto sus pómulos afilados y unos ojos castaños que no admitían tregua.
Detrás de ella, a exactamente tres pasos de distancia reglamentaria, Dereck avanzaba con una camisa negra nueva y un traje oscuro de lana virgen que se ajustaba a sus hombros con la precisión de un uniforme de gala militar.
La distancia física entre ambos se había restablecido con la rigidez de un protocolo cortesano, pero la atmósfera que arrastraban consigo estaba cargada de un magnetismo corrosivo. Cada vez que las puertas del ascensor privado se abrían o se cerraban, el roce involuntario del aire, el eco acompasado de sus pisadas y el perfume a jazmín y cedro quemaban con la memoria salvaje de lo que había ardido sobre las mantas de lana.
Las puertas de la planta cuarenta y dos se abrieron con un siseo neumático.
El ambiente en el área ejecutiva distaba mucho de la calma burocrática habitual. Había cuatro guardias de la facción de Como apostados en los pasillos principales con subfusiles compactos bajo las chaquetas. Los empleados administrativos habían sido confinados a las salas de descanso y, en la sala B de conferencias, el humo de tabaco espeso y las voces entrecortadas se filtraban a través de las mamparas de cristal insonorizadas.
Martina empujó las puertas de cristal sin llamar.
Alrededor de la mesa de conferencias no solo estaban Mateo y Luca. En la cabecera, sentado con las manos apoyadas sobre un bastón de ébano con empuñadura de oro blanco, presidía don Lorenzo Moretti. El capo vestía un abrigo de cachemira oscuro sobre los hombros y su rostro, normalmente una máscara de serenidad aristocrática, mostraba las líneas profundas de una cólera que amenazaba con incendiar la ciudad.
A su derecha, secándose la frente perlada de sudor con un pañuelo de hilo, estaba Angelo Vieri: el consejero financiero principal de la familia durante más de dos décadas, un hombre menudo, calvo, de modales exquisitos y gafas de montura de oro que había gestionado las inversiones fiduciarias de los Moretti desde antes de que Martina naciera.
—Llegas a tiempo, Martina —dijo don Lorenzo, y su voz sonó como el crujido de piedras al chocar—. Mateo me informó de lo ocurrido en Liguria. La corte marítima cerró el incidente, pero lo que tenemos aquí dentro es una puñalada por la espalda.
Martina avanzó hasta el centro de la sala, ignorando la mirada cargada de interrogantes que Luca le lanzó desde una esquina. Dejó caer su tableta sobre la mesa de cristal negro y miró directamente a Vieri, cuyos ojos parpadearon con nerviosismo tras los cristales de sus gafas.
—Informe de situación, Vieri —ordenó ella, con una calma gélida que congeló los murmullos—. Qué cuentas fueron tocadas y desde qué terminales.
Vieri tragó saliva y aclaró su garganta con un carraspeo forzado, desplegando tres carpetas rojas con sellos de la filial helvética.
—A las dos y cuarenta de la madrugada, signorina Moretti... mientras las comunicaciones con Génova estaban cortadas por el bloqueo portuario, se ejecutaron tres órdenes de transferencia simultáneas desde nuestra sede de Zúrich por un valor conjunto de cuarenta y dos millones de euros. Los fondos salieron de las cuentas de reserva fiduciaria de los astilleros, utilizando códigos de autorización de nivel tres.
—¿Destino? —preguntó Martina, dando un paso hacia la pantalla interactiva de la pared y conectando su dispositivo mediante una clave alfanumérica que tecleó a ciegas.
—Ese es el problema —intervino Vieri con las manos temblorosas—. Las transferencias se fragmentaron a través de una docena de bancos corresponsales en Nicosia, Vaduz y George Town. Parece un ataque cibernético exterior coordinado por alguna célula de piratas informáticos que aprovechó la vulnerabilidad de las redes durante la tormenta. Perdimos el rastro del dinero en cuanto entró en los sistemas de compensación de Europa del Este.
Dereck, inmóvil junto a la puerta con las manos cruzadas a la espalda, entrecerró los ojos grises.
Bajo su fachada de custodio inmutable, la mente del futuro Capo procesó los datos con una velocidad letal. Cuarenta y dos millones de euros. Zúrich. Europa del Este. Las piezas del tablero comenzaban a encajar con una siniestra precisión que nada tenía que ver con un hackeo fortuito.
Martina soltó una risa seca, desprovista de humor, que hizo que Vieri se encogiera en su asiento.
—¿Piratas informáticos, signor Vieri? —dijo ella, y cada palabra sonó como el chasquido de un percutor amartillándose—. ¿Cree que pasé seis años en Boston analizando estructuras de capital para tragarme una fábula tan ridícula?
Martina deslizó los dedos sobre la superficie táctil de la pantalla mural. Una cascada de gráficos financieros, líneas de código y diagramas de flujo bancario iluminaron la sala en tonos verdes y azules.
—Ningún grupo externo puede acceder a las cuentas de reserva fiduciaria de Zúrich sin vulnerar la autenticación de doble firma que mi padre y yo renovamos hace cuarenta y ocho horas —explicó ella, paseándose frente a los directores con la frialdad de un cirujano a punto de hacer una incisión—. Las órdenes no salieron por una brecha en el cortafuegos. Salieron a través de una clave de encriptación interna asignada a la vicepresidencia de auditoría. Es decir: desde esta misma torre.
Mateo dio un paso al frente con una mirada asesina, apoyando la palma sobre la culata de la pistola en su cinto.
—Danos un nombre, Martina. Y te juro que no amanece entero.
—Cálmate, Mateo —ordenó Lorenzo con un leve movimiento de su bastón, aunque sus pupilas oscuras brillaban con una furia homicida—. Deja que tu hermana termine.
Martina amplió el nodo final de la ruta del dinero en la pantalla. Sus ojos barrieron las transacciones con una concentración absoluta:
—Los fondos no se perdieron en el vacío del Este. Los cuarenta y dos millones fueron reintegrados en una sociedad instrumental constituida hace apenas seis meses en Podgorica, bajo la fachada de una empresa de desarrollo logístico denominada Balkan Rail Solutions.
En el umbral, Dereck sintió una sacudida helada en la nuca.
Balkan Rail Solutions.
No era una empresa pantalla cualquiera. Era la principal tapadera financiera de la facción rebelde liderada por Goran Kovačević y los disidentes de los cantones suizos: la coalición clandestina que llevaba dos años intentando bloquear su derecho de sangre al trono de la mafia del norte. Eran los mismos hombres que habían financiado a los fusileros del muelle de Génova para asesinar a Martina y sabotear el pacto matrimonial; y ahora resultaba que el dinero con el que compraban armamento pesado y mercenarios en los Balcanes salía directamente de las arcas de la familia Moretti.
Dereck apretó los puños a la espalda con tanta fuerza que los tendones de sus muñecas amenazaron con rasgarse. El juego de sombras se volvía transparente: alguien dentro de la cúpula de Lorenzo estaba vendiendo a la heredera y armando a los enemigos jurados de su propia dinastía.
—¿Y quién es el apoderado legal de esa sociedad en Podgorica, Martina? —preguntó Luca, que se había acercado a la pantalla con los ojos encendidos por la sospecha.
Martina se giró despacio, clavando sus ojos castaños directamente en Angelo Vieri.
El anciano consejero palideció de tal manera que pareció a punto de desmayarse; el pañuelo de hilo cayó al suelo alfombrado sin que se diera cuenta.
—El apoderado único es un bufete fiduciario de Lugano —respondió Martina con una lentitud demoledora—. Un bufete cuyo socio fundador comparte cuentas privadas en Mónaco con su cuñado, signor Vieri.
El silencio que cayó sobre la sala B fue absoluto, pesado y sofocante como el plomo derretido.
Vieri se puso de pie de golpe, tirando su silla hacia atrás, con la voz quebrada por el pánico:
—¡Es una calumnia! ¡Don Lorenzo, por el amor de Dios! Llevo veintidós años administrando cada centavo de esta familia. ¡He sido leal hasta la médula! ¡Su hija está manipulando los registros para ocultar sus propios desvíos de fondos en América!
Martina ni siquiera pestañeó ante la acusación. Caminó hacia él con pasos medidos, deteniéndose a escasos centímetros de la mesa.
—Su firma digital certificada fue validada a las dos y cuarenta y dos de la madrugada desde la terminal auxiliar de su domicilio en Como, signor Vieri. Y además del dinero, envió una copia del informe de auditoría que yo presenté el primer día de mi regreso: el mapa completo de las rutas de combustible y los nombres de las sociedades fiduciarias que blindan a la familia.
Don Lorenzo no levantó la voz. Se limitó a apoyar ambas manos sobre la cabeza de ébano de su bastón, levantando los ojos hacia el hombre que había considerado su mano derecha económica durante media vida.
—¿Es cierto, Angelo? —preguntó el patriarca con un susurro que destilaba una sentencia de muerte irrecurrible.
—¡Me obligaron, Lorenzo! —estalló Vieri, cayendo de rodillas sobre la moqueta, con lágrimas de terror asomando a sus ojos—. ¡Tienen a mi hijo retenido en Belgrado! Dijeron que si no transfería las garantías y no les entregaba los accesos de la signorina Martina, le cortarían la garganta. Dijeron que la guerra contra el norte es inevitable... que el nuevo Capo de los clanes escandinavos no asumirá el mando jamás... que van a dinamitar la alianza antes del invierno...
Al escuchar la mención explícita al "nuevo Capo", Dereck dio un paso imperceptible hacia adelante, abandonando la penumbra del marco.
Sus ojos grises se cruzaron con los de Martina en una milésima de segundo. Hubo en la mirada de ella un destello de perspicacia feroz: la confirmación de que el sabotaje corporativo no era una simple traición interna, sino un eslabón más de una conspiración continental para destruir el pacto entre los Moretti y el misterioso heredero ausente.
Y en los ojos de Dereck, Martina vio arder una furia tan desproporcionada, tan visceral y sanguinaria, que por un instante se preguntó por qué a un simple escolta le enfurecía tanto que una facción rebelde quisiera impedir la coronación del líder del norte.
—Llévenselo —ordenó don Lorenzo con una frialdad glacial, haciendo un leve gesto a Mateo y a los guardias de la puerta—. Al sótano cuatro. Que no muera hasta que nos entregue cada frecuencia satelital y cada nombre de la red de Kovačević.
Mateo sonrió con una ferocidad hambrienta, agarró a Vieri por el cuello de la camisa como si fuera un saco de basura y lo arrastró fuera de la sala mientras el anciano suplicaba clemencia a gritos por el pasillo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, don Lorenzo miró a su hija con una mezcla pesada de orgullo y gravedad extrema.
—Salvaste el rastro del dinero, Martina. Pero los cuarenta y dos millones ya están en manos de los Balcanes. Con esos recursos, comprarán suficiente armamento para sitiar nuestras rutas comerciales en una semana.
Martina se cruzó de brazos, sintiendo el ardor de los puntos en su antebrazo vendado, y curvó los labios en una sonrisa gélida, calculadora y letal.
—No van a tocar un solo euro, padre.
Lorenzo arqueó una ceja canosa.
—¿De qué estás hablando?
—Balkan Rail Solutions tiene sus cuentas operativas en un banco corresponsal de Viena sujeto a la jurisdicción de la corte mercantil europea —explicó ella con una serenidad implacable—. Mientras Vieri intentaba defenderse, ejecuté una orden de embargo preventivo internacional a través de uno de los fideicomisos ciegos que constituí en Delaware. Los fondos están congelados bajo sospecha de lavado de activos de contrabando. En este instante, los rebeldes no solo no tienen el dinero... sino que acabo de activar una cláusula de ejecución forzosa que va a transferir todas las propiedades de su sociedad a nombre de Moretti Holdings en menos de veinticuatro horas.
Luca soltó un silbido de admiración pura, mientras don Lorenzo se quedaba en silencio, contemplando a su hija como a una general que acababa de ganar una batalla sin disparar un solo cartucho.
—Tienes la mente más peligrosa de esta familia, Martina —admitió el capo supremo con una inclinación solemne de cabeza—. Vayan a descansar. Mañana formalizaremos la incautación de los activos.
Don Lorenzo y Luca salieron de la sala B escoltados por los guardias restantes, dejando el enorme espacio de cristal y moqueta en una penumbra silenciosa.
Martina respiró hondo, cerró la pantalla interactiva y apoyó ambas manos sobre la mesa de cristal negro, sintiendo el peso del agotamiento acumulado desde la madrugada en Rapallo.
El sonido suave de unos pasos pesados sobre la alfombra le indicó que su custodio no se había marchado.
Dereck avanzó despacio por la sala desierta hasta detenerse al otro lado de la mesa, clavando sus ojos grises en ella. La distancia entre ambos volvía a reducirse; la tensión, que durante la reunión corporativa había estado contenida bajo la superficie del deber mafioso, regresó con una violencia abrasadora.
—Fue una jugada brillante, signorina Moretti —dijo Dereck con su voz cavernosa, baja y cargada de una devoción tan intensa que a Martina se le erizó la piel bajo la tela del traje sastre.
Martina levantó la barbilla despacio, sosteniéndole la mirada con esos ojos oscuros que se negaban a rendirse ante el cansancio.
—Sé hacer mi trabajo, Dereck. Te lo advertí desde el primer día.
Dereck dio un paso más, apoyando una mano sobre la mesa de cristal, inclinando el torso hacia ella hasta que el olor a pólvora fría y cedro volvió a invadir los sentidos de Martina.
—No solo salvaste las finanzas de tu padre esta mañana —susurró él, bajando el tono a un murmullo íntimo, ronco y peligroso—. Acabas de degollar a la facción más sanguinaria de Europa sin moverte de esta silla.
Martina entrecerró los ojos, detectando una sombra de secreto insondable en las pupilas de su custodio.
—Pareces muy aliviado de que los rebeldes del norte hayan perdido sus fondos, guardaespaldas —siseó ella, midiendo la proximidad de sus bocas con una mezcla de sospecha y un deseo traicionero que le aceleraba el pulso—. Cualquiera diría que tienes un interés personal en que el prometido ausente conserve su corona intacta.
Dereck sostuvo su mirada sin parpadear. Una media sonrisa sombría, enigmática y feroz curvó sus labios a escasos centímetros de los de ella.
—Tengo un interés absoluto en que nadie destruya lo que le pertenece a ese hombre, Martina —murmuró él, con una gravedad que le cortó el aire a ella—. Incluyendo a la mujer que está destinada a reinar a su lado.
Martina abrió los labios para devolverle el golpe, para recordarle con veneno que nadie era su dueño, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, los dedos de Dereck rozaron fugazmente el dorso de su mano derecha sobre el cristal, sellando un silencio cargado de promesas de guerra y de una posesión inevitable que ninguno de los dos iba a poder frenar.