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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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Un instante, una grieta

Pasaron los días y aprendí a moverme como si fuera parte del mobiliario: siempre en su sitio, siempre disponible, siempre esperando una orden que podía tardar minutos o horas en llegar. Mi vida se redujo a tres espacios: mi habitación, el comedor y el jardín trasero. Y tres estados: esperar, obedecer y callar. Sabía exactamente qué taza le gustaba, qué hora quería el café, qué tono de voz significaba que hoy no me hablara, que solo estuviera presente en la misma habitación sin hacer ruido. Y cada vez que creía haber encontrado el equilibrio, una pequeña grieta aparecía entre nosotros, y él se encargaba de ensancharla con una palabra, una mirada, una acción que me recordaba que por muy cómoda que pareciera mi rutina, seguía siendo una prisionera y él seguía siendo mi carcelero.

Esa tarde cayó una tormenta que sacudió las ventanas con fuerza. Estaba en la sala, sentada en el rincón que siempre me asignaba, cuando entró empapado por la lluvia. No venía de mal humor exactamente, pero tampoco venía tranquilo. Se quitó la chaqueta con brusquedad y la arrojó sobre una silla, pasándose las manos por el cabello mojado con impaciencia.

—Una toalla —dijo, sin mirarme—. Y agua caliente. No tardes. No me gusta esperar con la ropa húmeda pegada al cuerpo.

Fui al baño, tomé una toalla limpia y se la entregué con las manos ligeramente temblorosas. Cuando la tomó, nuestros dedos se rozaron por un instante. No fue un contacto buscado. Fue accidental. Pero en ese breve segundo, no lo retiró de inmediato. Se quedó allí, su piel contra la mía, y por una fracción de tiempo que pareció detenerse, me miró a los ojos de una forma que no reconocí. No era enojo. No era desprecio. Era algo mucho más peligroso: una sombra de duda, como si por un instante se preguntara qué estaba haciendo, por qué yo estaba allí, por qué su vida tenía que ser así de fría.

Pero la expresión desapareció tan rápido como había llegado. Se apartó de golpe, como si le hubiera quemado, y se pasó la toalla por la cara con fuerza, ocultándome su rostro.

—No te quedes ahí parada como si hubiera hecho algo extraordinario —dijo, con voz áspera, sin mirarme todavía—. Fue solo un roce. No le des más importancia de la que tiene. No somos amigos. No somos cercanos. Sigue siendo lo mismo que siempre. No te confundas por un gesto que ni siquiera fue intencional.

—No confundo nada —dije, aunque mi corazón latía desbocado—. Solo te entregué una toalla. Eso es todo. No le estoy dando importancia a nada. Tú eres quien lo hace parecer algo más.

Se giró bruscamente hacia mí, con la toalla todavía en una mano, y me recorrió con la mirada, como buscando señales de que estaba mintiendo, de que estaba intentando aprovecharme de ese pequeño desliz suyo.

—No me leas la mente. No sabes qué estoy pensando. Y no intentes encontrar debilidad donde solo hay cansancio. Estar mojado y de mal humor no significa que me esté ablandando contigo. No significa que te vea diferente. Sigues siendo lo que eres: alguien que está aquí porque yo lo permito. Y no te olvides de eso. Porque si empiezas a creer que tienes acceso a mí, me obligaré a cerrar la puerta con más cerrojos de los que ya tiene. Y no quiero hacerte eso. Pero lo haré si me obligas.

—No busco acceso a ti —respondí, dando un pequeño paso atrás—. Solo busco que dejes de ver cada gesto normal como si fuera una amenaza. No estoy intentando conquistarte. Solo estoy intentando sobrevivir aquí sin sentir que cada movimiento mío es sospechoso. ¿Es eso demasiado pedir?

Se quedó en silencio un momento, la lluvia golpeando fuerte contra las ventanas traseras, el viento aullando suavemente en el exterior. Por primera vez no tenía una respuesta rápida y cortante lista en su lengua. Pareció dudar, como si mis palabras le hubieran tomado por sorpresa. Luego soltó un suspiro que sonó extrañamente agotado, y dejó la toalla sobre el respaldo del sofá.

—El problema, Candance, es que en mi mundo los gestos normales son casi siempre trampas. La amabilidad tiene un precio. La cercanía tiene una intención. Y tú… tú eres tan transparente que me descoloca. No sabes ocultar lo que sientes. Y eso me pone nervioso. Porque no sé si es inocencia o si es la mejor actuación que alguien ha dado nunca. Y hasta que sepa cuál de las dos es… mantengo las distancias. Con muros. Con reglas. Con todo lo que me protege de equivocarme contigo. No es contra ti. Es contra mi propia estupidez de creer que alguien tan inocente como tú podría estar aquí sin un motivo oculto. A veces me pregunto si eres tú la que me tiene atrapado y no al revés. Y esa idea me asusta más que cualquier amenaza exterior. Así que mantengo el control. No por ti. Por mí. ¿Lo entiendes ahora? No te humillo porque disfrute verte pequeña. Lo hago porque si te dejo crecer, si te dejo ser tú… entonces pierdo el dominio sobre esta situación. Y no puedo permitirme perderlo con nadie. Menos contigo.

Sus palabras cayeron sobre mí como agua helada en plena tormenta. No eran una disculpa. No era una explicación que justificara todo lo que me hacía sentir. Pero era la verdad más honesta que me había dicho nunca. Que su crueldad no nacía solo de poder, sino de miedo. Que me tenía encerrada porque no sabía cómo más protegerse de lo que yo representaba: la posibilidad de que alguien pudiera importarle lo suficiente como para debilitarlo. Y esa era la paradoja más cruel de todas: que me mantenía lejos porque me tenía cerca, que me lastimaba porque tenía miedo de perderme, que me encerraba porque no sabía cómo dejarme entrar sin romperse él mismo.

—No voy a hacerte daño —dije, suavemente, sin acercarme—. No vine a destruirte. Solo vine a sobrevivir. Y si me dejas… podríamos hacerlo sin lastimarnos tanto los dos. No necesitas elegir entre tenerme y destruirme. Podría haber algo en medio. Si te atreves a buscarlo conmigo.

Se rio, pero esta risa no fue cruel. Fue triste. Como alguien que mira un sueño que sabe que no puede cumplir.

—Ese es el peligro, Candance. Creer que existe algo en medio. En mi mundo solo hay dentro y fuera. Amigo o enemigo. Todo o nada. Y tú estás en el espacio más peligroso de todos: no eres mi enemiga, pero tampoco eres libre. Y mientras no seas libre, no podemos ser iguales. Y mientras no seamos iguales, no podemos estar en medio. Así que no me pidas algo que no sé cómo dar. No sé ser suave. No sé ser amable. Sé proteger. Sé controlar. Sé mantener a salvo aunque duela. Y eso es lo que hago, aunque sea torpe, aunque sea cruel, aunque sea todo lo contrario a lo que necesitas. Es lo único que sé hacer. Así que no esperes que cambie. Porque si dejo de ser quien soy… entonces no soy nadie. Y no puedo permitirme ser nadie. Menos ahora que eres lo único que parece real en medio de todo lo demás. Pero no te confundas. No es amor. Es necesidad. Y la necesidad es la peor de todas las cadenas. Para ambos.

Se dio la vuelta y salió de la sala, dejándome sola con el sonido de la lluvia y con unas palabras que pesaban más que cualquier cerrojo que hubiera puesto en mi puerta. Porque ahora sabía algo que él temía admitir: que yo no era solo su prisionera. También era su debilidad. Y que él lo sabía. Y que eso lo hacía aún más peligroso para los dos. Porque cuando alguien tiene miedo de su propia debilidad, lo primero que hace es destruir lo que la provoca. Y yo… yo era exactamente eso para él: algo que lo hacía sentir vulnerable, algo que no podía controlar por completo, algo que podía romper su mundo si se equivocaba al sostenerlo. Y mientras él creyera que destruirme era más seguro que confiar en mí… seguiría construyendo muros entre nosotros. Y yo seguiría del otro lado, esperando, sin saber si algún día se atrevería a abrirlos… o si un día, simplemente, decidiría derribarlos todo junto conmigo.

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