Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¿Transmigré como personaje de relleno?
Aranza seguía plantada frente al espejo de su cuarto, con una expresión rarísima. Desde que la criada le había dicho que ahora se llamaba Renata Anastasia Salvatierra, la cabeza le palpitaba cada vez más.
No solo había transmigrado al cuerpo de otra persona. Se había metido de lleno en una novela que ni siquiera había terminado de leer.
—Maldición, ¿cómo terminé así? —murmuró, sin dejar de mirar su reflejo.
Se pellizcó las mejillas, redonditas, y se las estiró un par de veces, entre divertida y fastidiada. Aquel cuerpo era todo lo contrario del suyo. Ella era alta para una chica común; Renata, más bien bajita. Y la cara de Renata, a su juicio, era de belleza ingenua, mientras que la suya había sido de una belleza afilada, de carácter.
—Uf, ¿y ahora qué demonios hago? —dijo en voz baja.
Fue hasta el escritorio, sacó un cuaderno y algo para escribir, y trató de acordarse de todo lo que pasaba en la novela. Si la memoria no le fallaba, Renata era la única nieta mujer de las dos grandes familias de sus padres. Mejor repasar el árbol genealógico para no enredarse después.
La familia de su madre se apellidaba Montalvo: el abuelo, José Montalvo, y la abuela, Yasmín Arelia Montalvo. Tenían dos hijos. El mayor, Gilberto Montalvo, casado con Sofía Montalvo, tenía dos hijos varones: Joaquín y Leandro. La segunda era su propia madre, Vanesa Anastasia Montalvo.
La familia de su padre se apellidaba Salvatierra: el abuelo, Abraham Leonel Salvatierra, y la abuela, Laura Tasia Salvatierra. Tenían tres hijos varones. El primero, Mario Leonel Salvatierra, su tío mayor, tenía a su vez tres hijos: Camilo, Andrés y Mauricio. El segundo era su padre, Arturo Leonel Salvatierra, con una sola hija: Renata Anastasia Salvatierra. El tercero, su tío menor, Rodrigo Leonel Salvatierra, no había tenido hijos porque jamás se casó... hasta que murió en un accidente y, de pronto, apareció una muchacha afirmando ser su hija. Se llamaba Selena.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
Todavía recordaba que Renata era apenas un personaje de relleno que moría en el extranjero por culpa de las artimañas de su prima Selena. Renata, tan ingenua, era fácil de manipular, y a Aranza siempre le había intrigado qué tenía en la cabeza esa chica para fiarse tanto de Selena.
Pero acordarse de que todo aquello no era más que una novela le arrancó una risita. Ella no era más que relleno en una historia romántica de preparatoria con intrigas de familias ricas.
—Lástima que a mí no me engañan tan fácil... Prepárate, Selena —dijo con una sonrisa torcida.
Ting...
El celular vibró y lo agarró. Se quedó atónita al leer el mensaje.
Mío: Renata, aceptaré tu amor si te disculpas con Alina.
Le tembló el labio al terminar de leerlo.
—Qué creído es este tipo —masculló.
Mío: Espero tu disculpa mañana en el colegio.
Tiró el teléfono lejos; no soportaba mirar los mensajes del chico que le gustaba a Renata. Además, ahora la Renata era ella. Ni loca iba a querer a un tipo así.
Toc, toc...
—Pase —dijo sin volverse hacia la puerta.
Una de las criadas se acercó.
—Señorita, la cena está lista —dijo con respeto.
—Sí, ya voy —respondió Aranza con voz amable.
La criada asintió y salió.
Aranza se aseó primero y después bajó. Estaba un poco nerviosa por conocer a los padres de Renata. Temía que fueran como sus padres de verdad, que ponían el poder por encima de todo, que hasta la habían vendido bajo el nombre de un compromiso. Por eso se había escapado de la mansión, y por eso la había atropellado un auto y había muerto.
En la novela decían que Renata era la hija consentida de las dos grandes familias, pero todo cambió cuando dejó de querer verlos. Por las intrigas de Selena, toda su familia terminó odiándola.
Aranza no sabía cuánto tiempo llevaba Renata viviendo en el extranjero. Después de cenar tendría que calcular qué camino tomar antes de que a Renata la mataran sin que nadie supiera dónde estaba.
Al llegar al comedor...
No vio a nadie, salvo criadas y guardaespaldas. Suspiró. Parecía que cenaría sola. En su vida anterior ya se había acostumbrado a hacerlo todo sola, y en esta no era distinto.
—Señorita, el señor y la señora siguen de viaje fuera de la ciudad. Es probable que lleguen mañana —dijo una criada, al ver que Aranza buscaba a los padres con la mirada.
Ella asintió, se sentó y comió con calma, sin más preguntas. Por un rato, olvidaría los problemas que le esperaban.
* * *
A la mañana siguiente...
Aranza ya estaba lista, con el uniforme del colegio. Ese día haría quedar en ridículo, delante de todos, al maldito de Sergio. Había confirmado que todavía no se había llegado al conflicto de la novela, así que aún tenía margen para cambiarle el destino a Renata.
—Ahora vamos a enfrentarnos a esos malditos monos —dijo mientras se prendía una horquilla en el pelo.
—Ay, qué linda estoy —murmuró al verse en el espejo.
Tomó la mochila y el celular de Renata y bajó. Quería llegar temprano para ver cómo se movían las cosas y, de paso, tramitar su traslado: volvería al país para cambiar su futuro. Al fin y al cabo, el centro de la historia estaba allí. El protagonista masculino era su primo, Camilo Algerio Salvatierra, y por eso debía regresar y hacer que Selena pagara por todo lo que Renata había sufrido.
—Señorita, el chofer la espera abajo —avisó la criada.
Aranza asintió y la siguió. Renata de verdad era una princesa consentida, pensó, al ver cómo criadas y guardaespaldas la trataban como a una reina, como a una bebé.
Unos minutos después...
Por fin llegó al colegio de renombre de Inglaterra. Quedó bastante impresionada: el edificio era mucho más majestuoso que el de su antiguo colegio.
—¡Renata! —la llamó una chica desde el estacionamiento, agitando la mano.
Aranza le devolvió el saludo con una sonrisa. Sentía que la cara se le iba a dormir de tanto sonreír, pero tenía que jugar suave para que nadie la reconociera.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo Paula, que ya estaba a su lado.
Aranza arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Paula se rascó la nuca, nerviosa.
—Pues... ayer le confesaste tus sentimientos a Sergio. Y encima él te rechazó y te humilló en el patio del colegio —dijo, con cautela.
Temía que a Renata le molestara que siguiera hablando mal de Sergio. Temía que se enojara y volviera a alejarse de ella.
Aranza suspiró. Hoy tendría que armarse de cara dura para aguantar las miradas y los comentarios de todo el colegio, hasta que Sergio y Alina quedaran expuestos delante de todos.
Esperen y verán, pensó.