Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 13: La muralla británica y el juramento de hierro
La noticia del embarazo se asentó en el pecho de Antonella no como una carga, sino como un ancla indestructible. Durante los tres días que siguieron al resultado de la prueba, no derramó una sola lágrima más. Guardó el dispositivo en el fondo de una caja de madera junto al pasaporte diplomático y la arandela de goma negra, y tomó una decisión irrevocable: el niño que crecía en su vientre jamás sabría lo que era ser tratado como una mercancía corporativa. Sería libre, amado y educado por una mujer que se había ganado cada libra esterlina con su propio cerebro.
El timbre del departamento de Kensington sonó un viernes por la tarde, interrumpiendo el silencio lluvioso.
Al abrir la puerta, Antonella no encontró a ningún mayordomo consular. En el umbral estaba Bianca, con un abrigo de lana color canela empapado, las mejillas rojas por el frío de Londres y una maleta repleta de telas y patrones de costura. Detrás de ella, Antony Harrington sostenía dos paraguas con una sonrisa impecable y aristocrática.
—¡Anto! —chilló Bianca, arrojándose a sus brazos antes de que pudiera pronunciar palabra.
El abrazo olía a lavanda, a Nueva York y al cariño genuino que ninguna intriga familiar había podido corromper. Bianca se separó despacio, examinando el rostro pálido de su amiga con la intuición infalible de quien la conocía desde la infancia.
—Estás más delgada... y tienes los ojos demasiado brillantes —susurró Bianca, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasó? Antony me juró que estabas comiendo bien en esta ciudad espantosa.
Antony cerró la puerta, dejó los paraguas en el paragüero de porcelana y colgó su abrigo con calma ceremoniosa.
—Nueva York se convirtió en un lodazal intolerable, querida —dijo Antony, caminando hacia la chimenea para frotarse las manos—. Richard Belmont intentó presionarme a través de mi padre, pero el embajador le dejó muy claro que la delegación británica no es una agencia de detectives privados al servicio de banqueros en bancarrota. Bianca no quiso quedarse ni un minuto más en Manhattan. Así que moví algunos hilos para abrirle un taller de alta costura en Chelsea. Nos mudamos definitivamente a Londres.
Antonella sintió que un nudo se le desataba en la garganta. La presencia de ambos era el mayor regalo que el destino podía concederle en medio de la tormenta.
—Tienen que saber algo —dijo Antonella en voz baja, cerrando las cortinas del salón para amortiguar la luz grisácea de la calle—. Algo que cambia todo.
Bianca y Antony intercambiaron una mirada rápida antes de girarse hacia ella. Antonella respiró hondo, colocó una mano sobre su vientre todavía plano y alzó la barbilla con esa dignidad fiera que la caracterizaba.
—Estoy embarazada.
El silencio que cayó sobre la estancia fue instantáneo. Bianca se llevó ambas manos al pecho, con los ojos anegados en lágrimas de pura conmoción, mientras que en el rostro habitualmente imperturbable de Antony se dibujó una mezcla de asombro y preocupación diplomática.
—¿Del... del chofer? —preguntó Bianca en un susurro tembloroso, acercándose a ella con una cautela infinita.
—Del hombre con el que me casé en Las Vegas —respondió Antonella con firmeza—. No me arrepiento de nada. No voy a buscarlo, no voy a pedirle un solo centavo y no voy a permitir que la dinastía de mi padre se entere jamás de su existencia. Para el mundo, este bebé es únicamente mío. Y para él... su padre siempre será un hombre libre que manejaba un taxi bajo el neón del desierto y que me rescató cuando nadie más tuvo el valor de hacerlo.
Antony dio un paso al frente. Su porte relajado dio paso a la gravedad absoluta del hijo de un diplomático que entendía las implicaciones legales internacionales.
—Si Richard Belmont o los Prescott descubren que hay un heredero en camino, moverán cielo y tierra para disputar la patria potestad —advirtió Antony con voz solemne—. Pero mientras estés bajo el amparo de mi familia, serás intocable. Registraré tu residencia bajo una sociedad patrimonial confidencial en las Islas del Canal y la clínica privada donde des a luz sellará el historial médico bajo el estatus de privacidad consular de la embajada. Ni el mismísimo Lobo de Acero podrá asomar la nariz en Londres.
Bianca rodeó a Antonella con ambos brazos, apoyando la cabeza contra su hombro.
—Vas a ser la madre más increíble del mundo, Anto. Y ese niño va a tener a los mejores padrinos de toda Europa.
Por primera vez desde que había abordado el avión militar en Teterboro, Antonella sintió una calidez genuina en el pecho. Estaba herida, sí, pero ya no estaba desarmada.
A cinco mil kilómetros de distancia, en la cúspide de Manhattan, la atmósfera era diametralmente opuesta.
El imperio Belmont se desangraba a la vista de todo Wall Street. En menos de dos meses, las acciones del banco familiar habían caído en picada libre tras la retirada unilateral del respaldo de Prescott Global. Richard Belmont pasaba los días esquivando a los comités de auditoría y recibiendo notificaciones de embargo sobre las propiedades en los Hamptons. Se había convertido en un paria social, castigado con saña implacable por el error de haber expulsado a la mujer equivocada.
Pero a Andrew Prescott la destrucción de sus exsuegros no le proporcionaba el menor consuelo.
En su oficina privada del piso cincuenta y cuatro, Andrew permanecía de pie frente al inmenso ventanal, con un vaso de cristal tallado en la mano y la corbata desanudada. No había asistido a una sola fiesta de gala, no concedía entrevistas y la junta directiva temblaba cada vez que convocaba una reunión extraordinaria. Su obsesión tenía un solo nombre: Antonella.
La puerta de caoba maciza se abrió sin previo aviso. Arthur Prescott entró con paso lento, haciendo resonar el bastón de cabeza de lobo sobre el piso de mármol.
—Tus sabuesos de inteligencia acaban de entregarme su informe final, Andrew —ladró el anciano, arrojando una carpeta de cuero sobre el escritorio—. Es un callejón sin salida. La delegación británica blindó los registros del vuelo diplomático bajo la Ley de Secretos Oficiales de la Corona. El cónsul Harrington prácticamente me mandó al diablo cuando insinué congelar sus activos navieros en Nueva Jersey. Tienen cobertura soberana. No hay rastro de ella en ningún sistema financiero internacional que podamos rastrear legalmente.
Andrew no se giró. Clavó la vista en la penumbra de Central Park, donde las luces de los autos formaban ríos dorados que le recordaban, con una punzada constante de dolor, la carretera interestatal hacia el oeste.
—No me hables de leyes, Arthur. Antonella sigue siendo mi esposa.
—¡Esa mujer te borró del mapa! —rugió el patriarca, golpeando el bastón contra la alfombra—. Se llevó el certificado de matrimonio, te dejó diez mil dólares como si fueras un empleado de servicio y cruzó el océano con la ayuda de un cachorro de la aristocracia inglesa. ¿Hasta cuándo vas a paralizar las operaciones de expansión del consorcio por perseguir a un fantasma? La junta directiva exige que disuelvas ese matrimonio absurdo por abandono de hogar y que busquemos una nueva alianza antes del cierre fiscal.
Andrew se giró despacio. Sus ojos ámbar brillaban con una furia tan fría y concentrada que el viejo Arthur sintió un destello involuntario de respeto.
—Escúchame muy bien, abuelo —la voz de Andrew cayó con el peso de una guillotina—. No voy a firmar ningún divorcio. No voy a sentarme con ninguna heredera de tus clubes de campo. Y si un solo miembro de la junta vuelve a cuestionar mi vida privada, venderé sus participaciones en la bolsa al peor postor antes del mediodía.
Arthur entrecerró los ojos, midiendo la determinación de su nieto.
—Estás casado con un papel sellado por un imitador de Elvis en Nevada, Andrew. Ni siquiera sabes si esa mujer te odia más a ti por engañarla o a su padre por echarla.
—Me odiará todo lo que quiera —respondió Andrew, bajando la vista hacia el clip de platino vacío sobre su mesa, el mismo que antes sostenía los billetes con los que compró el Crown Victoria—. Pero me buscó a mí para salvarse. Me miró a los ojos cuando me dio el sí en esa capilla ridícula. Y durmió en mis brazos sabiendo exactamente lo que sentía su piel contra la mía.
Se sirvió otro dedo de whisky y caminó hacia su escritorio con una lentitud amenazante.
—Deja que se esconda en Londres. Deja que crea que ganó esta partida. Yo conozco su orgullo y conozco su talento financiero; tarde o temprano, su firma aparecerá en algún movimiento bursátil europeo. Tarde o temprano, la niebla se va a despejar. Y cuando eso pase, no enviaré abogados ni helicópteros. Iré yo mismo a cobrar la deuda más grande de mi vida.
Arthur observó a su heredero en silencio durante un largo minuto. Por debajo de su amargura legendaria, el anciano esbozó una sonrisa casi imperceptible. Aquella muchacha insolente que lo había llamado fósil decrépito había logrado lo que ninguna crisis económica ni ninguna mujer refinada había conseguido jamás: despertar el instinto más sanguinario, leal y peligroso del futuro líder de la dinastía Prescott.
—Entonces ten paciencia, muchacho —sentenció el anciano, girándose hacia la puerta con el bastón en alto—. Porque si esa chica tiene la mitad del veneno que demostró en ese sótano, cuando la encuentres... la guerra de verdad apenas estará comenzando.