Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 12
Boris Ricci había visto a su hermana entrar con dos jóvenes desconocidas. No le había dado importancia al principio. Eliana siempre estaba rodeada de gente. Pero algo en una de ellas —la de cabello castaño claro y ojos verdes— le había llamado la atención. Una sensación familiar. Un eco de algo que no podía recordar.
Se giró hacia su escritorio, donde Lorgio acababa de dejar un informe.
—¿Qué es esto? —preguntó, tomando la carpeta.
—Los resultados de la investigación sobre el hotel Majestic —respondió Lorgio, con su tono impasible de siempre—. Encontré algo. Una imagen de las cámaras de seguridad de la calle, minutos antes del primer hackeo.
Boris abrió la carpeta. Dentro había una foto ampliada y pixelada. Una silueta femenina, de espaldas, caminando hacia el hotel. Cabello claro. Complexión delgada. Nada más.
—No es mucho —dijo Boris, frunciendo el ceño.
—No, pero es un comienzo. La imagen fue tomada a las 7:45 de la noche. Quince minutos antes del primer hackeo. La misma silueta aparece en otra cámara, a las 7:00 de la mañana, saliendo por la puerta lateral.
Boris miró la foto con atención. Había algo en esa silueta. Algo que le resultaba vagamente familiar. Pero no podía precisar qué.
—Sigue investigando —ordenó, cerrando la carpeta—. Quiero saber quién es.
—Entendido.
*_*
Mientras tanto, en la mansión Ponce, el ambiente era todo menos tranquilo.
Elia lloraba a mares. Se había pasado los últimos días intentando comunicarse con Gala, sin éxito. Le había enviado mensajes, había llamado a su celular, había incluso ido a la universidad, pero Gala la esquivaba con una habilidad que la desconcertaba.
—Mamá, ¿crees que Gala está enojada conmigo? —preguntó Elia, con los ojos llenos de lágrimas—. La última vez parecía tan herida...
Rina Ponce se acercó y le acarició el cabello con ternura.
—No, cariño. No es tu culpa. Gala siempre ha sido... difícil.
—Mi hermanita tiene razón —intervino Miguel, que estaba de pie junto a la ventana—. Esa mujer no sabe apreciar lo que tenemos para ella. Se va, nos deja, y encima te hace sentir culpable.
—No, Miguel, no te enojes con mi hermana —dijo Elia, secándose las lágrimas—. De verdad, solo me preocupa que pase dificultades, que se meta en problemas. Es tan bella y los hombres... ya sabes.
La intriga estaba sembrada. Rina frunció el ceño, preocupada. Miguel apretó los puños, furioso.
En ese momento, Lucio entró en la sala con cara de pocos amigos.
—No hablen más de esa malagradecida —dijo, su voz fría como el hielo—. En cuanto tenga tiempo, la traigo de regreso. No quiero que la empresa Ponce tenga problemas por una mujer así. Definitivamente no.
Y salió de la sala, dejando a todos en silencio.
Elia bajó la mirada, ocultando una sonrisa. Todo estaba saliendo según su plan. Gala estaba lejos, sí, pero eso no significaba que hubiera ganado. Elia todavía tenía cartas bajo la manga. Todavía podía manipular la situación desde las sombras.
Solo necesito paciencia, pensó. Y encontrar la manera de que Boris se fije en mí. De que Gala sea la esposa que él desprecia. Y yo, la que lo consuela.
Pero lo que Elia no sabía era que Gala ya no era la misma. Que ahora conocía todas sus trampas. Y que estaba forjando su libertad, ladrillo a ladrillo, lejos de su alcance.
Los Ponce estaban decididos a traer a Gala de vuelta.
Pero Gala ya no era una pieza en su tablero.
Ahora, era una jugadora.
Y estaba lista para mover su siguiente ficha.
Los días pasaron y Gala se acomodó a su nuevo trabajo con una facilidad que sorprendió a todos, incluida a ella misma. Estudiaba en la mañana, trabajaba en el hotel por la noche, y aunque el cansancio a veces le pesaba en los huesos, había algo profundamente satisfactorio en construir su propia vida, ladrillo a ladrillo, sin depender de nadie.
Ya no era solo recepcionista. Su habilidad con los idiomas la había convertido en una pieza clave para eventos ejecutivos, simposios y reuniones de negocios. Gala no solo coordinaba; cuando era necesario, traducía negociaciones de alto nivel, y lo hacía con una excelencia que dejaba a todos impresionados. Y lo más importante: le pagaban aparte por su trabajo de traductora. Su cuenta bancaria, antes vacía, comenzaba a tener un saldo que le permitía respirar.
—Pequeña Gala —dijo el gerente una tarde, asomándose a su oficina—. Hoy hay una reunión en un privado. Es gente de alto nivel. Me dicen que envíe a mi personal más serio; no quieren coquetería ni intromisiones innecesarias. Me gustaría que te hagas cargo. Eres joven, pero muy responsable, seria, profesional. No te he visto comer nunca, a pesar de que más de uno te ha cortejado.
Gala sonrió. Era cierto. Varios ejecutivos habían intentado acercarse a ella, invitarla a cenar, ofrecerle regalos. Ella siempre declinaba con una amabilidad cortante que no dejaba lugar a dudas.
—No se preocupe, gerente. Haré mi mejor esfuerzo —respondió con seguridad—. Y si hay algún servicio ejecutivo que requieran los invitados, les ruego que me lo digan.
El gerente asintió, satisfecho, y se retiró.
Gala respiró hondo. Estos días había ganado más confianza, más valor en sí misma. No era fácil olvidar diez años de ser sometida, maltratada e ignorada. Pero cada día que pasaba, cada negociación que traducía, cada problema que resolvía, era un ladrillo más en la muralla que estaba construyendo alrededor de su nueva vida.
Esa noche, llegó al hotel a la 1:00 de la mañana, como siempre. Su cabello estaba impecable en un moño bajo, su maquillaje era ligero, y su uniforme del hotel —una blusa color marfil y una falda plisada azul marino— le daba un aire de elegancia profesional. Se veía preciosa, pero al mismo tiempo, mostraba que no estaba ahí para coquetear o tomar ventaja.
Llevó consigo a una compañera de trabajo, una veterana y muy capaz, además de un compañero, el mejor recepcionista del mes: capaz, discreto, eficiente.
Gala se alistó para tener todo listo. Revisó la lista de invitados, los nombres, las empresas. Y entonces lo vio.
Lorgio.
El nombre estaba ahí, en la lista, como jefe de seguridad de Ricci Corp. Gala sintió un dolor en el estómago, una opresión que le cortó la respiración. Lorgio siempre fue la mano derecha de Boris. Verlo ahí, recién ahora podía relacionarlo con la lista de invitados.
En su vida anterior, era Lorgio quien le llevaba lo que ella necesitaba a la mansión Ricci. Pero también era quien más le pedía que fuera sensata, que no se metiera en problemas, que no intentara escapar. Y cuando ella escapaba, también era Lorgio quien la atrapaba primero y la traía de vuelta.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia