Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El sabor de la ceniza
Dimitri Blackwood no creía en el destino. Creía en las consecuencias y aquella mañana, de pie frente al espejo del baño de la suite privada de Alexander Ríos, se recordó a sí mismo que las consecuencias tenían un nombre: Ángela. El agua caliente caía sobre su espalda, pero no lograba borrar el frío que llevaba dentro. Siete años. Siete años desde que su madre no volvió a casa. Siete años desde que su padre se desplomó en el puerto como un saco de mercancías rotas. Siete años desde que encontró a Deyanira en aquel piso vacío, con una carta manchada de lágrimas y un frasco de pastillas vacío.
Dimitri cerró los ojos y por un instante, volvió a verla. Deyanira tenía diecinueve años. El pelo castaño, los ojos grandes, la sonrisa fácil. Le gustaba cantar mientras lavaba los platos y coleccionaba tickets de autobús como si fueran recuerdos de lugares a los que nunca iría. Estaba embarazada. Iba a ser madre. Iba a ser tío y luego llegó Ángela.
-No fue culpa de él, Dimitri. -le había dicho Deyanira aquella última noche, con la voz rota. -Ella lo buscó. Ella siempre lo busca. Es como si necesitara destruir todo lo que toca.
Dimitri apagó la ducha de un manotazo. El silencio del baño se volvió ensordecedor. Se secó el pelo con una toalla y se miró en el espejo empañado. Ojos claros de verde primavera, mandíbula tensa, una cicatriz fina sobre la ceja derecha. Recuerdo de una noche de bar, de un vaso roto, de una pelea que no buscó, pero que tampoco esquivó. -No era el mismo chico que servía copas en un local gay para pagar la universidad a pesar de ser heterosexual hasta la médula. Aquel chico se había muerto con Deyanira. Se vistió con movimientos precisos. Traje gris oscuro, camisa blanca, sin corbata. Alexander Ríos le había dicho que su puesto requería discreción, elegancia y una lealtad absoluta. Dimitri había aceptado las tres cosas. La lealtad no era un problema. Ya había decidido a quién serle leal. A sus muertos.
Salió de la suite y recorrió el pasillo de la mansión Ríos. La casa era un monumento al exceso. Mármol italiano, obras de arte que valían más que el salario anual de su padre fallecido, ventanales que daban a un jardín imposible y en medio de todo aquello, como una araña en su telaraña, estaba ella. Ángela Casamayor. Ahora Ángela Ríos. La encontró en el salón principal, sentada en un sofá de terciopelo azul, con una copa de champán en la mano y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño bajo, un vestido de seda color marfil y un collar de diamantes que debía costar más que la casa donde Dimitri creció. A su lado, Alexander Ríos, su esposo, su socio, su captor -la miraba con una mezcla de odio y repulsión. Dimitri sabía por qué. Alexander también tenía cuentas pendientes con Ángela.
-Dimitri. -dijo Alexander, levantándose. -Justo a tiempo. Vamos a buscar compañías más agradables. -Ángela volvió la cabeza. Sus ojos azules, fríos como el hielo de un lago en enero, se posaron en él. No lo reconoció nuevamente. ¿Cómo iba a hacerlo? Dimitri era un hombre ahora, no el adolescente flaco que servía copas en un bar y ella... ella había destruido a tantas familias que ya ni recordaba sus nombres. Además Ángela veía en él, el amor platónico de Alexander. Para ella Dimitri Blackwood era solo el sustituto de Andrés.
-Inaudito. -dijo Ángela con sarcasmo dirigido a él. -Ahora el sustituto tiene el descaro hasta de vivir en mi casa.
-Fascinante. Verdad querida. -dijo Alexander burlón.
-¡Fascinante! -ella rio amargamente. -Odio esa palabra porque es la que dicen los científicos antes de clavar un alfiler en el cuerpo de una mariposa que pegan a la pared.
-¿Te identificas con la mariposa? -preguntó Alexander genuinamente interesado. Eso de clavar alfileres sonaba bien. Ángela en cambio se paró con calma tomó la mano de Dimitri. Este se sobresaltó, pero no pudo dejar de notar que ella tenía una piel suave, perfumada, impecable. La piel de alguien que nunca había trabajado en un puerto, que nunca había llorado hasta quedarse sin lágrimas, que nunca había encontrado a su hermana muerta en el suelo de un piso recién alquilado.
-Señora Ángela no es apropiado que me toque enfrente de su esposo.-respondió Dimitri serio. Ella sonrió ante la ironía. Fue una sonrisa perfecta. Calculada. Mortal.
-¿Apropiado dices? No. Sí cuando yo lo digo esto es inaudito. -se giró hacia su esposo y le esperó. -¿Con qué parte del cuerpo se te ocurrió esta idea Alexander? -después retiró la mano de Dimitri y volvió a su champán.
-¿De verdad tengo que responder a eso?
Alexander le hizo un gesto a Dimitri para que lo siguiera a la oficina. Dimitri obedeció, pero antes de salir del salón, se permitió una última mirada a la mujer que había arruinado su vida y la de su familia.
Te acuerdas de mí, Ángela. Aunque no lo sepas. Te acuerdas de mi madre, que murió por un asalto en una calle oscura porque tú la despediste y tuvo que buscar trabajo de canguro. Te acuerdas de mi padre, que murió de un aneurisma porque tú lo despediste y tuvo que cargar cajas en el puerto hasta que su cuerpo dijo basta. Te acuerdas de Deyanira, que se enamoró de un hombre que tú le robaste, que se quedó embarazada y sola y que dejó una carta que decía: "No puedo vivir con esto. No puedo vivir sabiendo que ella siempre gana".
Dimitri cerró la puerta del salón y siguió a Alexander por el pasillo. Su corazón latía con un ritmo nuevo. Ya no era el ritmo del dolor. Era el ritmo de la caza. Alexander lo esperaba en su despacho, de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Era un hombre alto, de hombros anchos y mirada inteligente. Había heredado una fortuna y la había multiplicado, pero a cambio tuvo que sacrificar su libertad para elegir.
-Ella sigue sin reconocerte. -dijo Alexander sin volverse.
-En efecto. Para ella solo soy el sustituto. Ese es su mayor error y mi ganancia. -Alexander se giró su mirada tenía el brillo del acero. Ambos sabían por qué estaban allí.
-Me apenas haberte arrastrado a todo esto. Sé que debes odiarla más que yo.
-No quiero tu piedad.
-No es piedad. Es reconocimiento. Tú y yo somos iguales, Dimitri. Los dos hemos perdido a alguien por culpa de esa mujer. Los dos hemos esperado. Los dos estamos dispuestos a todo. -Dimitri apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas.
-¿Qué quieres que haga?
—Ganarte su confianza. Ser su sombra. Escuchar sus conversaciones, revisar sus correos, estar presente en cada reunión. Necesito saber a quién ve, con quién habla, qué esconde y cuando tengamos suficiente... la destruiremos. Ella pensará que le estoy imponiendo a mi amante sustituto para mortificarla. Eso la mantendrá distraída. -Dimitri asintió. Era un plan simple. Un plan que requería paciencia, frialdad y una capacidad de disimulo que no sabía si poseía, pero por su madre, por su padre, por Deyanira y el bebé que nunca nació, lo haría. -Hay algo más. -dijo Alexander, acercándose. Ángela tiene un amante. Un abogado. Se llama... -consultó una libreta sobre la mesa. - ...Marcos Delgado. Se ven dos veces por semana en un hotel del centro. Ella cree que nadie lo sabe. Yo lo sé desde hace meses, pero no es eso lo que me preocupa.
-¿Qué es?
-Delgado no es solo su amante. Es su socio. Están planeando algo. Algo grande y necesito saber qué es. -Dimitri sintió un escalofrío. No era miedo. Era anticipación.
-Lo averiguaré.
-Bien. -Alexander le tendió una carpeta. -Aquí tienes todo lo que sé sobre ella. Horarios, contactos, rutinas. Mañana empiezas oficialmente como su guardaespaldas. Hoy... hoy quiero que vayas a un sitio.
-¿Qué sitio?
-El cementerio de Mount Pleasant. Tumba 47, sección 12. Es donde está enterrada tu familia. -Dimitri se quedó inmóvil.
-¿Cómo...?
-Te dije que te había investigado. Todo. -Alexander le puso una mano en el hombro. -Ve a verlos. Diles que vas a hacer justicia. Luego vuelve aquí y empieza a trabajar. Va a ser duro. Tendrás que seguir siendo mi amante mientras trabajas para ella. No lo eches a perder. Me costó horrores inducirla para que se quejara con mi suegro y este me exigiera ponerte bajo su mando.
Dimitri tomó la carpeta y salió del despacho sin decir una palabra. Cruzó el pasillo, bajó las escaleras y salió de la mansión. El aire de la mañana era frío, cortante, casi doloroso. Subió a su coche. Un sedán negro que Alexander le había proporcionado y condujo hacia el cementerio. El Mount Pleasant era un lugar tranquilo, con colinas suaves y árboles centenarios. Dimitri conocía el camino de memoria. Había ido allí cada mes desde la muerte de Deyanira. A veces solo se sentaba en el césped y hablaba con ellos. Otras veces no decía nada. Solo respiraba.
La tumba 47 estaba en una ladera, bajo un arce enorme. Tres lápidas: Elena Blackwood, 1968-2018. Viktor Blackwood, 1966-2019. Deyanira Blackwood, 1999-2020 y una cuarta, más pequeña, sin nombre, donde Dimitri había enterrado simbólicamente los restos del bebé que Deyanira nunca llegó a tener. Se arrodilló frente a las tumbas. El suelo estaba húmedo. El viento soplaba entre las ramas del arce y sonaba como un susurro.
-Mamá. -dijo, con la voz ronca. -Papá. Dey. -Cerró los ojos. -Lo siento. Lo siento por haber tardado tanto, pero ya está. Ya estoy dentro. Ya estoy cerca de ella. -no lloró. Había llorado tanto en los últimos siete años que ya no le quedaban lágrimas, pero sentía un peso en el pecho, un nudo que se apretaba y se aflojaba, como una marea. -Les prometo que pagará. Por cada uno. Por todo.
Se levantó, sacudió la tierra de las rodillas y se giró para volver al coche, pero entonces vio algo. Una figura al final del sendero, junto a la verja de hierro. Una mujer con abrigo negro y gafas de sol. Pelo rubio. Postura erguida. Ángela. Dimitri se quedó helado. ¿Qué hacía ella allí? ¿Lo había seguido? ¿Sospechaba algo? Ángela no se movió. Se quedó quieta, mirándolo desde la distancia. Luego, lentamente, levantó una mano y se la llevó a los labios. Un beso. Un beso volado y se dio la vuelta y se marchó. Dimitri sintió que la sangre se le helaba. No era posible. No podía ser posible.
Pero entonces lo entendió. Ángela sabía quién era. Lo había sabido desde el principio. Y estaba jugando con él. O peor. Estaba esperándolo y eso, de alguna manera, lo hacía todo más fácil. Porque si ella quería guerra, Dimitri estaba dispuesto a dársela, pero no una guerra de ejércitos ni de abogados. Una guerra de sombras. De silencios. De pequeñas muertes cotidianas.
-Muy bien, Ángela. Si quieres jugar, juguemos.
Dimitri subió al coche, arrancó el motor. En el asiento del copiloto, la carpeta de Alexander Ríos esperaba. Dentro, la vida entera de Ángela Casamayor, ahora Ángela Ríos. Sus secretos. Sus debilidades. Sus miedos y Dimitri Blackwood, el hijo de nadie, el hermano de una muerta, el hombre que había perdido todo, estaba a punto de leerlos uno por uno. Esa noche, cuando llegó a su apartamento. Un lugar pequeño y austero, sin fotos, sin recuerdos, sin nada que pudiera romperse, se sentó en la cama y abrió la carpeta. La primera página era una foto de Ángela sonriendo en una gala benéfica. La segunda, un informe sobre sus cuentas bancarias. La tercera, una lista de nombres y en medio de aquella lista, subrayado en rojo, estaba el nombre de Deyanira Blackwood. Dimitri cerró la carpeta. La apretó contra el pecho y por primera vez en siete años, permitió que una sola lágrima rodara por su mejilla.
-Te voy a vengar, Dey. -susurró. -Te lo juro por lo más sagrado. Ella va a saber lo que es perder. Va a saber lo que es caer y cuando esté en el suelo, cuando no le quede nada, cuando mire a su alrededor y vea que todos la han abandonado... entonces, solo entonces, yo estaré allí para recordarle que todo esto lo empezó ella. Apagó la luz. La oscuridad lo envolvió y en esa oscuridad, Dimitri Blackwood sonrió. Porque la venganza, después de todo, era lo único que le quedaba y estaba dispuesto a saborearla hasta la última gota aunque le supiera a ceniza.
Dimitri Blackwood