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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 - La tormenta

El lunes amaneció gris. No del gris lindo de la mañana con niebla. Era un gris oscuro que tapaba todo el cielo. La señora Lía me había dicho el domingo que iba a llover fuerte porque lo escuchó en la radio vieja de la biblioteca. Yo no le creí mucho porque nunca llueve tanto en esta época.

A las diez empezó el viento. A las once empezó la lluvia. No era una lluvia normal. Era agua que caía de golpe, con ruido, y que hacía charcos grandes en la calle de tierra. El local de El Susurro Salvaje tiene el techo de chapa y sonaba muy fuerte adentro. Tizón se escondió abajo de la mesa y Viento, el halcón, se quedó quieto en su caja, con los ojos abiertos.

A las doce llegó Leo corriendo, todo mojado. Traía una capa de plástico que le quedaba grande. Me dijo, se inundó la parte de atrás del patio de la academia y el jardinero me dijo que hay nidos en el suelo que se están mojando. Le dije que fuéramos a ver. Cerramos el local con llave y nos fuimos corriendo bajo la lluvia.

En el patio de la academia, el agua ya llegaba a los tobillos. Había tres nidos de gallina que se habían caído de un árbol bajo y los pollitos estaban en el barro, temblando. Los agarré con las dos manos y los puse adentro de mi buzo para que no se mojaran más. En mi cabeza escuchaba muchos ruidos juntos, frío, mamá, agua. Era la primera vez que escuchaba a tantos a la vez y me dolió la cabeza. Leo agarró a otros dos y los metimos en una caja de cartón que encontramos.

Los llevamos al local. Mi madre ya estaba ahí, con botas de goma y con una escoba. Había visto que yo no estaba y fue a buscarme. Cuando nos vio entrar empapados y con pollitos en el buzo, no se enojó. Nos dijo, sequense y pongan esos bichos cerca de la estufa. Prendimos la estufa chica que me había prestado Marta y pusimos la caja cerca. Los pollitos se fueron calmando de a poco.

A la una llegó Silas con los dos perros y con una yegua marrón que cojeaba. Venía todo mojado también, con la chaqueta de cuero chorreando agua. Me dijo, se rompió una parte del techo del establo y la yegua se asustó y se golpeó contra una tabla. Tiene un corte en la pata de atrás. Le dije que pasara. La yegua era grande y casi no entraba por la puerta, pero entró y se quedó parada en medio del local, con agua cayendo de su pelo.

Le limpié el corte con agua limpia y con sal, como decía el libro. Era más grande que los cortes que había visto antes. Necesitaba una venda grande y no tenía. Mi madre dijo que iba a su casa a buscar una sábana vieja para cortar. Se fue corriendo bajo la lluvia. Silas me ayudó a sostener la pata de la yegua. Mientras lo hacía, escuché su voz clara en mi cabeza, duele, me asusté mucho, ruido fuerte. Le hablé bajito y le dije que ya estaba segura acá adentro. La yegua bajó la cabeza y me tocó el hombro con la nariz.

Cuando mi madre volvió, con la sábana y con pan caliente, vendamos la pata entre los tres. Silas me mostró cómo hacer un nudo que no se suelta con el agua. La yegua se quedó acostada en el suelo del local, porque no quería pararse más. Le pusimos la manta vieja encima.

A las dos y media, cuando la lluvia estaba más fuerte, golpearon la puerta. Era Kian. Venía con el pelo pegado a la cara y con una caja grande de plástico. Adentro había dos conejos blancos que eran del laboratorio de la academia. Me dijo, se inundó el laboratorio y la profesora me dijo que los trajera acá porque dijo que tú sabes cuidarlos. Los puso sobre la mesa. Estaban limpios y secos porque Kian los había tapado con su campera.

Le dije gracias. Me miró y me dijo, ¿necesitas ayuda? Le dije que sí, que si podía secar el piso porque se estaba llenando de agua. Agarró la escoba y empezó a sacar el agua por la puerta. No hablamos mucho. Solo trabajábamos. Leo lo miraba de reojo, pero no decía nada. A esa altura ya no me importaba quién ayudaba. Solo quería que los animales estuvieran bien.

A las cuatro, la lluvia empezó a parar. Quedamos todos adentro del local, apretados. Estábamos mi madre, Leo, Silas, Kian, Tizón, Viento, la yegua, los cinco pollitos, los dos conejos y los dos perros de Silas. El local olía a animal mojado y a sopa, porque Marta había llegado con una olla grande de sopa de verduras que hizo en su casa. Nos dio a todos en vasos de plástico.

Nos sentamos en el suelo a tomar sopa. Nadie decía mucho. Se escuchaba la chapa del techo gotear todavía y se escuchaba a los pollitos piar bajito. Tizón se había subido arriba de la yegua y dormía ahí, como si fuera su cama. Viento miraba todo desde su caja, con el ala ya casi curada.

Silas me dijo, cuando mi padre tenía el refugio, pasaba esto cada vez que llovía fuerte. La gente traía a todos los animales acá porque sabía que acá no se les decía que no. Me dijo que lo estaba haciendo bien. Le creí porque lo decía tranquilo, sin apuro.

Cuando la lluvia paró del todo, a las cinco y media, salió el sol un ratito entre las nubes. Abri la puerta del local y entró luz naranja. El agua en la calle bajaba y se llevaba hojas y barro. La gente empezó a irse de a poco. Mi madre se llevó a los pollitos a su casa porque dijo que ahí estaban más calientes. Leo se llevó a los conejos a lo de su tía porque tenía una jaula grande. Silas se llevó a la yegua de vuelta al establo, caminando despacio para no lastimarla. Kian se quedó hasta el final, ayudando a acomodar las sillas.

Antes de irse, Kian me dijo, no sabía que hacías todo esto. Yo pensaba que solo te gustaban los gatos. Le dije que me gustan todos. Me dijo que quería volver mañana a ayudar a limpiar. Le dije que podía venir si quería.

Cuando todos se fueron, me quedé sola con Tizón y con Viento. Limpié el piso con el trapo y colgué la sábana mojada para que se secara. El papel del permiso que me dio el alcalde seguía pegado en la pared, un poco mojado en una esquina, pero se podía leer. Lo toqué con la mano y sentí que no se había borrado.

Escribí en mi cuaderno, día diecinueve, tormenta grande, se inundó todo, vinieron siete personas a ayudar, curamos a una yegua, a cinco pollitos y a dos conejos, tomamos sopa en el suelo. Abajo escribí, hoy entendí que el refugio no es mío, es de todos.

Apagué la luz y cerré la puerta con llave. Afuera, el cielo estaba rosado y el aire olía a tierra mojada. Tizón iba en mi hombro y Viento en su caja, que llevaba con cuidado. Caminé a mi casa despacio, con los zapatos llenos de barro, pero sin frío.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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