⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Interrupción forzada
Creí que la tarde terminaría en calma tras la partida de Liam, pero el verdadero desastre estalló tres días después, en la entrada principal de la universidad.
Me encontraba recostada contra mi casillero riéndome de un comentario tonto que me había hecho Marcos, un compañero de la facultad que llevaba semanas intentando invitarme a salir. Yo no tenía el menor interés en él, pero usarlo como un peón para ver la reacción de Liam siempre me divertía. Y no tardó en aparecer.
Liam venía cruzando el pasillo con su grupo habitual, pero en cuanto vio a Marcos demasiado cerca de mí, sus pasos se detuvieron en seco. Su mandíbula se marcó con tanta fuerza que pareció que iba a romper los dientes, y en menos de cinco segundos ya nos había alcanzado. Agarró a Marcos del hombro con una rudeza innecesaria y lo apartó a un lado sin siquiera mirarlo, clavando sus ojos negros y furiosos directamente en mí.
-Largo de aquí, imbécil -le gruñó a Marcos con una voz tan helada que el chico prefirió alejarse de inmediato sin atreverse a replicar.
El fuego me subió de golpe por la garganta. No iba a permitir que me tratara como a su propiedad frente a todo el mundo.
-¿Te has vuelto loco, Black? ¿Qué te pasa? -le reclamé a voz en grito, encarandolo sin un ápice de miedo.
-Lo que me pasa es que estás jugando demasiado con fuego, Zoé -me siseó él, acercándose tanto que su respiración caliente chocaba contra mi frente-. Te divierte exhibirte con cualquier idiota mientras andas rogándome a solas que te destruya en tu habitación. ¿Tanto te aburre lo nuestro que necesitas buscar validación de otros payasos?
-¿Validación yo? -le respondí con una risa cínica, sintiendo que el orgullo me quemaba el pecho-. Yo no soy la que vive aterrada de que el mundo se entere de que cojemos, Liam. Si te molesta ver que otros me miran, haberlo pensado antes de actuar como un cobarde en público. ¡Crees que me puedes tratar como quieras y yo voy a seguir esperando tus migas a puerta cerrada!
El silencio que se hizo a nuestro alrededor fue absoluto. Las palabras habían sido demasiado lejos, tocando la fibra más sensible de su fachada y de nuestra realidad clandestina. Liam dio un paso atrás, con la cara desencajada por una rabia fría que dolía más que los gritos.
-¿Eso crees? ¿Que soy un cobarde? -murmuró con una voz tan baja y peligrosa que me heló la sangre-. Qué te jodan, Zoé. Si tanto te pesa lo nuestro y te encanta el jueguito de los demás, hazlo sola de ahora en adelante. No vuelvas a buscarme.
Se dio media vuelta y se marchó con paso firme, atravesando el pasillo sin mirar atrás.
Fue una discusión monumental, de esas que no se solucionan con una noche en la cama. Durante las siguientes semanas, el distanciamiento se volvió insoportable: cero miradas en clase, cero roces clandestinos y un muro de hielo tan espeso que amenazaba con ahogarnos. Cada día sin hablar nos consumía por dentro, demostrando que, aunque queríamos alejarnos para castigarnos, ninguno de los dos sabía cómo sobrevivir al vacío del otro.
El muro de hielo que habíamos construido entre los dos comenzó a volverse insostenible a medida que pasaban los días.
Al principio, intenté mantener la cabeza en alto. Cada vez que cruzaba a Liam por los pasillos de la facultad, obligaba a mis piernas a seguir caminando con una falsa seguridad, negándome a buscarlo con la mirada. Pero la realidad era un infierno silencioso. El aire en las aulas se sentía más pesado, las noches en mi habitación se volvían interminables y el eco de su ausencia me quemaba por dentro con la misma fuerza que su presencia. Él tampoco la estaba pasando mejor; aunque intentaba refugiarse en su fría fachada de siempre, lo caché un par de veces mirándome desde el extremo opuesto de la cafetería con una rabia sorda y contenida que delataba exactamente la misma abstinencia que yo padecía.
Habíamos jurado ignorarnos, pero nuestra relación nunca había sabido de términos medios. O nos destruíamos juntos, o nos consumíamos por separado.
La gota que derramó el vaso ocurrió un jueves por la tarde, cuando la lluvia comenzó a azotar con fuerza las ventanas del edificio principal de la universidad. Las clases habían terminado y la mayoría de los estudiantes se arremolinaba en el vestíbulo principal, esperando a que amainara el aguacero o buscando paraguas en las mochilas.
Yo estaba recostada contra una de las columnas de concreto, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida en la cortina de agua, maldiciendo mentalmente el día en que decidí pelearme con él.
-Veo que sigues sola, Zoé. ¿O estás esperando a que otro te haga el favor de alejar a los idiotas?
La voz grave, áspera y cargada de un veneno familiar me recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica.
Me giré de golpe. Liam estaba de pie a menos de medio metro, con la mandíbula tensa, el cabello levemente revuelto por la humedad del exterior y los ojos oscuros clavados en los míos con una intensidad feroz, como si quisiera devorarme vivo ahí mismo, frente a todo el mundo.
Mi corazón dio un vuelco salvaje, aunque me armé de toda la soberbia que me quedaba para no darle el gusto de verme temblar.
-Qué milagro que te dignas a hablarme, Black -le respondí con un hilo de voz cortante, alzando la barbilla-. Pensé que habías encontrado a alguien más obediente para aguantar tus inseguridades.
Liam soltó una risa seca, oscura, y antes de que pudiera parpadear, me agarró del brazo con una firmeza implacable. Sin decir una sola palabra, tiró de mí con fuerza, abriéndose paso entre los grupos de estudiantes despistados que murmuraban a nuestro alrededor, y me arrastró directo hacia una salida de emergencia trasera que conectaba con un pasillo de servicio poco transitado.
La pesada puerta metálica se cerró a nuestras espaldas con un golpe seco, aislándonos del bullicio del vestíbulo y dejándonos en penumbra, apenas iluminados por una luz parpadeante que zumbaba sobre nuestras cabezas.
Antes de que pudiera reclamarle nada, Liam me empujó con suavidad pero con absoluta autoridad contra la pared, acorralándome con sus dos brazos a los lados de mi cuerpo. El olor a lluvia, mezclado con su perfume amaderado y ese calor suyo que tanto detestaba extrañar, me inundó los sentidos de golpe.
-Eres una maldita tortura, Zoé -me gruñó muy cerca de la cara, con la respiración pesada y los ojos ardiendo de una furia desesperada-. Pasé dos semanas enteras intentando arrancarte de mi cabeza, convencido de que lo mejor era dejarte ir... y lo único que conseguí fue volverme loco.
-Tú fuiste el que dijo que no volviera a buscarte... -le recordé, aunque la voz me tembló ligeramente al ver la forma en que sus pupilas recorrían mi boca.
-¡Y miento cada maldita vez que lo pienso! -me interrumpió con un rugido bajo, estrellando su frente contra la mía mientras sus manos se deslizaban desde la pared hasta aferrarse a mi cintura con una desesperación rabiosa-. No me importa si jugaste con fuego, no me importa si el mundo entero se entera. No soporto otro maldito día sin tocarte.
El orgullo se me desmoronó en mil pedazos ante su confesión. Ya no había espacio para la distancia ni para los juegos de poder; la abstinencia había terminado, y la caída prometía ser mucho más violenta que antes.
No esperé a que dijera una palabra más. Toda la rabia acumulada de esas dos semanas de silencio se transformó en una corriente de hambre y desesperación. Alcé las manos, le agarré las solapas de la chaqueta con fuerza y tiré de él hacia mí con tanta violencia que su pecho chocó de golpe contra el mío.
Liam soltó un gruñido ahogado, una mezcla de sorpresa y rendición, antes de capturar mis labios con una voracidad salvaje. No fue un beso suave ni tentativo; fue un choque de bocas desesperado, con la urgencia de quien se está ahogando y encuentra por fin una bocanada de aire. Me mordió el labio inferior con la fuerza justa para arrancarme un gemido que él se tragó de inmediato, mientras sus manos bajaban por mi espalda con furia, apretándome contra su cuerpo hasta borrar cualquier espacio entre los dos.
-Mierda, Zoé... te necesito -me siseó contra la boca, con la voz rota, mientras sus dedos se enredaban en mi cabello y me inclinaba ligeramente hacia atrás, obligándome a arquear la columna contra la pared de metal frío.
El zumbido de la luz parpadeante sobre nosotros y el repiquetear de la lluvia al otro lado de la puerta se desvanecieron por completo. Lo único real era el calor de sus manos recorriendo mis muslos, levantando la tela de mi falda sin delicadeza alguna, y la forma en que su cuerpo se encajaba perfectamente entre mis piernas.
-¿Y todavía dudas de lo que soy capaz, Black? -le reté en un susurro áspero, pegando aún más mis caderas a las suyas, sintiendo la dureza de su erección presionando contra mi ropa con una insistencia febril.
Liam no respondió con palabras. Me devoró la boca de nuevo con una rudeza que me dejó sin aliento, levantándome del suelo sin esfuerzo para que mis piernas rodearan su cintura. Pasé los brazos alrededor de su cuello, clavándole las uñas en la nuca, entregándome a ese abismo que sabíamos perfectamente que terminaría quemándonos a los dos, pero del que ya ninguno de los quería ni podía escapar.
El metal frío de la puerta de servicio crujió contra mi espalda cuando Liam me apretó con fuerza, como si temiera que, si aflojaba el agarre un solo segundo, fuera a desvanecerme en el aire. Sus labios abandonaron mi boca para recorrer con urgencia la línea de mi mandíbula, bajando por mi cuello hasta morder la piel sensible justo debajo de mi oreja. Un gemido agudo se escapó de mi garganta, arañando las paredes estrechas del pasillo, mientras mis muslos se apretaban con más fuerza alrededor de su cadera.
-No hay marcha atrás, Zoé... me escuchaste -me gruñó contra la piel, con la respiración caliente y rota quemándome el escote-. Me clavaste este infierno en el pecho y ahora te vas a encargar de pagármelo entero.
-Hazlo, entonces... a ver si tienes lo que hay que tener -le reté con la voz temblorosa, arqueando la espalda para provocarlo aún más, frotándome contra su dureza a través de la tela con una desesperación que rozaba la locura.
Liam soltó una maldición gutural, una mezcla de rabia y hambre pura. Con una mano sosteniéndome firmemente por el muslo para evitar que cayera, y la otra deslizándose con rudeza por debajo de mi ropa interior, me abrió por completo a su merced. Dos dedos suyos se hundieron en mi interior con una fuerza implacable, buscando el punto exacto que sabía que me hacía perder el control. Me encontré tan empapada, tan ardiendo de fiebre por él, que el sonido húmedo de su mano me hizo morderle el hombro con fuerza hasta dejarle los dientes marcados en la tela de su camisa.
-Mierda... estás completamente loca -jadeó él contra mis labios, perdiendo el último rastro de control que le quedaba.
Sacó los dedos de golpe y, con manos torpes pero frenéticas por la urgencia, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón. Se acomodó en posición, rozando la punta caliente contra mi entrada, preparándose para embestirme ahí mismo, en medio del frío y la penumbra del pasillo trasero.
En ese preciso instante, un ruido seco y metálico resonó al otro extremo de la puerta de servicio: el sonido de unas llaves tintineando y unos pasos pesados acercándose directos hacia nuestra salida. El conserje o alguien del personal de mantenimiento estaba a punto de abrir la puerta.
El estómago se me encogió de golpe. El sonido de los pasos y el roce metálico de la llave en la cerradura fueron como un balde de agua helada que nos sacudió de inmediato, recordándonos el peligro inminente de estar a punto de ser descubiertos en una zona común de la universidad.
Liam se quedó completamente congelado con la respiración suspendida en la garganta, con la punta de su erección rozando apenas mi entrada y sus manos aferradas a mis caderas. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de furia asesina y adrenalina pura por la interrupción.
-Mierda... -siseó en un susurro furioso, apretando los dientes con tanta fuerza que la mandíbula se le marcó por completo.
Los pasos del otro lado ya estaban justo frente a la puerta; la llave empezó a girar en la cerradura, dispuesta a abrir en cualquier segundo.
-¡Muévete, idiota! -le siseé al oído, con el corazón latiéndome a mil por hora en las sienes, mientras le clavaba las uñas en los hombros con urgencia.
Liam no perdió ni un segundo más. Con una agilidad desesperada, me bajó de su cintura de un solo movimiento brusco, ayudándome a acomodarme la falda y la blusa mientras él mismo se subía el cierre del pantalón y se abrochaba el cinturón a toda prisa, con el pecho agitado y la mirada encendida de pura frustración.
Apenas tuvimos tiempo de separarnos medio metro y enderezarnos la ropa antes de que la puerta pesada de metal se abriera hacia adentro con un chirrido estridente.
La luz blanca y cegadora del pasillo exterior nos golpeó de golpe. Un hombre de mediana edad, con el uniforme gris de mantenimiento y un termo de café en la mano, se detuvo en seco al vernos ahí parados. Sus ojos se abrieron con desconfianza al notar nuestros rostros ruborizados, la respiración agitada y la tensión palpable que flotaba en el aire estropeado del cubículo.
-¿Qué hacen aquí? Esta zona está restringida para los estudiantes -nos recriminó el hombre con el ceño fruncido, cruzándose de brazos.
Liam dio un paso al frente al instante, recuperando esa fachada fría, imponente y de intocable que siempre usaba para salir de cualquier apuro. Su voz sonó calmada, cortante y completamente firme, disipando cualquier sospecha con una naturalidad pasmosa.
-Lo sé, disculpe. Estábamos buscando una salida que no estuviera inundada por la lluvia para llegar al estacionamiento principal, pero parece que nos perdimos en los pasillos de servicio -respondió Liam, mirándolo con la frialdad exacta de un estudiante de élite que no tolera que lo cuestionen-. Ya nos íbamos.
El empleado nos analizó un momento más de arriba a abajo, poco convencido, pero al ver la postura altiva de Liam y mi aparente incomodidad fingida, simplemente resopló con fastidio y se hizo a un lado.
-Más les vale que se vayan por donde vinieron. La próxima vez me encargaré de reportarlos con el decano -masculló el hombre, dándonos la espalda para empezar a revisar unas cajas de herramientas.
No esperamos a que lo dijera dos veces. Pasé por su lado con la vista al frente, caminando a paso rápido hacia el vestíbulo principal, con Liam pisándome los talones de cerca.
En cuanto volvimos a cruzar las puertas hacia el exterior, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza sobre el pavimento gris, Liam me agarró del codo con firmeza y me tiró hacia la sombra de una columna exterior, fuera del alcance de las miradas de los demás estudiantes que seguían esperando transporte.
Me acorraló contra la pared mojada, con los ojos oscuros echando chispas y una sonrisa torcida, tan peligrosa como hambrienta, dibujándose en sus labios.
-Eso estuvo demasiado cerca, Zoé... -me gruñó muy cerca de la boca, con la voz todavía ronca por el deseo frustrado-. Y te juro que me las vas a pagar todas juntas en cuanto te meta a mi auto.