Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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Una tienda demasiado pequeña
El local que Su Wan'er había encontrado era más pequeño de lo que Lin Chen esperaba.
Mucho más pequeño.
Estaba situado en una calle secundaria al oeste de Qinghe, a unos diez minutos de la zona comercial principal. Tenía una fachada estrecha, una puerta de madera algo torcida y una ventana protegida por celosías.
Dentro había espacio para un mostrador, dos estanterías y poco más.
Lin Chen recorrió el lugar en silencio.
—¿Eso es todo?
Su Wan'er cruzó los brazos.
—También hay un patio trasero.
—¿Qué tan grande?
—Lo suficiente para guardar cajas.
Lin Chen salió por una puerta interior.
El patio era pequeño.
Había un cobertizo.
Una pared agrietada.
Un pozo compartido con la propiedad vecina.
Nada impresionante.
Pero el alquiler era bajo.
Y eso importaba.
—¿Cuánto?
—Cuatro taeles al mes.
Lin Chen frunció el ceño.
—¿Cuatro?
—La calle principal cuesta tres o cuatro veces más.
—¿Y por qué está vacío?
—Porque aquí pasan menos clientes.
—Eso es un problema.
Su Wan'er negó.
—No si vendes cosas que la gente busca específicamente.
Lin Chen la miró.
Tenía razón.
No necesitaba vender verduras.
Ni arroz.
Ni productos que dependieran de tráfico espontáneo.
Sus mercancías eran raras.
Si conseguía reputación, los clientes irían hasta allí.
—¿El dueño acepta seis meses?
—Sí.
—¿Descuento?
—Veinte taeles por seis meses.
Lin Chen calculó.
No era poco.
Especialmente considerando que todavía necesitaba mantener el almacén y pagar a Su Wan'er.
Además, debía conservar plata suficiente para emergencias.
—Quince.
Su Wan'er se rió.
—Ya intenté.
—¿Y?
—Dieciocho.
—Dieciséis.
—Diecisiete.
Lin Chen la miró.
—¿Estás negociando conmigo ahora?
—Estoy practicando.
Lin Chen sonrió.
—Diecisiete.
El acuerdo se cerró esa tarde.
La tienda no pertenecía a la Cámara Comercial del Mar del Este.
Al menos no oficialmente.
La licencia quedó registrada a nombre de Lin Chen como comerciante independiente.
Aquello era más sencillo.
Menos preguntas.
La Cámara seguiría siendo su supuesto proveedor.
Una organización distante.
No una entidad que tuviera que demostrar legalmente.
La tienda necesitaba un nombre.
Lin Chen escribió varias opciones.
Casa del Este.
Pabellón del Mar.
Tienda Lin.
Ninguna le gustaba.
Su Wan'er tomó el pincel.
Escribió tres caracteres.
Pabellón de las Mil Maravillas.
Lin Chen leyó.
—Un poco exagerado.
—Vendes espejos que reflejan mejor que el agua, perfumes desconocidos y agujas que no se doblan.
—Punto para ti.
—Entonces se queda.
Lin Chen asintió.
—Pabellón de las Mil Maravillas.
El nombre sonaba pretencioso.
Pero también memorable.
Durante los siguientes días no hubo ventas.
Porque la tienda ni siquiera estaba abierta.
Lin Chen y Su Wan'er pasaron el tiempo limpiando.
Repararon estantes.
Pintaron parte de la fachada.
Contrataron a un carpintero para construir un mostrador.
Compraron frascos.
Cajas.
Tela.
Pequeños cofres.
Cada gasto dolía.
Lin Chen anotaba todo.
Alquiler.
Carpintería.
Registro.
Impuestos.
Transporte.
Decoración.
Su capital desaparecía con rapidez.
Una noche, Su Wan'er encontró a Lin Chen sentado en el suelo del local con la libreta abierta.
—¿Qué haces?
—Arrepintiéndome.
Ella se sentó frente a él.
—¿De qué?
—De abrir una tienda.
—Todavía puedes cerrarla.
Lin Chen levantó la mirada.
—No ayudas.
Su Wan'er sonrió.
—Entonces deja de quejarte.
—He gastado más de lo previsto.
—Bienvenido al comercio.
Lin Chen miró los números.
—Necesitamos ventas constantes.
—Las tendremos.
—No lo sabes.
—Tú tampoco sabes que no.
Silencio.
Lin Chen cerró la libreta.
—Hay una diferencia entre ser optimista y ser irresponsable.
—También hay una diferencia entre ser cuidadoso y tener miedo.
Eso lo hizo sonreír.
—Ahora entiendo por qué tu padre te enseñó comercio.
Ella bajó ligeramente la mirada.
Lin Chen se arrepintió de mencionarlo.
Pero Su Wan'er respondió.
—Él decía que el dinero siempre tiene miedo.
—¿Qué significa?
—Que si tienes miedo de perderlo, nunca lo usas. Si no lo usas, nunca crece.
Lin Chen pensó.
—También puedes perderlo todo.
—Sí.
—Tu padre no parecía muy tranquilizador.
—No lo era.
Ambos rieron.
La tienda abrió siete días después.
No hubo ceremonia.
No hubo música.
No hubo filas.
Solo un cartel nuevo.
Dos estantes.
Un mostrador.
Su Wan'er.
Y Lin Chen.
El primer cliente tardó casi una hora en entrar.
Era una mujer mayor.
Buscaba agujas.
Su Wan'er le mostró las modernas.
La mujer examinó una.
La dobló.
Intentó romperla.
Después compró tres.
Ganancia mínima.
Pero Lin Chen sonrió.
Primera venta oficial.
El segundo cliente compró jabón.
El tercero solo preguntó precios.
El cuarto se marchó diciendo que todo era demasiado caro.
Al mediodía, Lin Chen comenzó a comprender la realidad.
La fama de los espejos no convertía automáticamente una tienda pequeña en un negocio próspero.
La mayoría de la población de Qinghe no podía gastar taeles en perfumes.
Necesitaban productos baratos.
Prácticos.
Repetibles.
Su Wan'er colocó cinco monedas sobre la mesa.
—No pongas esa cara.
—Hemos vendido menos de lo que cuesta nuestra comida.
—Es el primer día.
—Eso no hace que me guste.
Por la tarde mejoró.
Llegaron dos costureras.
Compraron agujas y tijeras.
Después una sirvienta de Lady Xu apareció preguntando por perfumes.
Compró uno.
Una hora más tarde llegó otra.
La noticia comenzó a moverse.
Al terminar el día, Lin Chen contó las ganancias.
No era una fortuna.
Pero había vendido suficiente para cubrir varios días de alquiler y gastos.
Su Wan'er lo observó.
—¿Ahora?
—Ahora no quiero cerrar.
—Sabia decisión.
Durante la primera semana ocurrió algo interesante.
Los productos más caros generaban más plata por venta.
Pero los baratos generaban más clientes.
Agujas.
Jabón.
Tijeras.
Peines.
Hilo.
Pequeños cuchillos.
Los clientes regresaban.
Recomendaban.
Preguntaban qué llegaría después.
Lin Chen comenzó a comprender que construir una empresa no consistía en buscar una sola venta enorme.
Consistía en lograr que la gente volviera.
Entonces apareció el primer problema.
Un cliente entró con una pastilla de jabón.
La lanzó sobre el mostrador.
—Quiero mi dinero.
Su Wan'er frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
—Esto es basura.
Lin Chen tomó el jabón.
Lo examinó.
Era igual a los demás.
—¿Qué problema tiene?
—Mi esposa dice que le irritó la piel.
Eso era posible.
No todos los productos funcionaban igual para todas las personas.
Lin Chen no discutió.
—Le devolveremos el dinero.
El hombre pareció sorprendido.
—¿Así nada más?
—Sí.
Su Wan'er lo miró.
Lin Chen devolvió las monedas.
Cuando el cliente se marchó, ella preguntó:
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque una discusión cuesta más que un jabón.
—Podía estar mintiendo.
—Probablemente.
—Entonces perdió el Pabellón.
Lin Chen negó.
—Si vuelve a intentarlo, no.
Su Wan'er pensó un momento.
—Entiendo.
Lin Chen tomó nota.
También necesitaba políticas.
Reputación.
Control de calidad.
Cosas que en su mundo parecían normales.
Pero aquí podían convertirse en ventajas.
Al décimo día, la tienda ya no estaba vacía.
Tampoco estaba llena.
Pero había movimiento constante.
Eso era suficiente.
Lin Chen no se había vuelto rico.
Ni siquiera cerca.
Entre alquileres, salarios, compras, permisos y transporte, gran parte del dinero volvía a salir.
Pero ahora existía algo que antes no.
Un negocio real.
Una dirección.
Clientes.
Ingresos.
Un nombre.
Cuando cerró la tienda esa noche, miró el cartel.
Pabellón de las Mil Maravillas.
Sonrió.
Pequeño.
Modesto.
Vulnerable.
Pero suyo.
Y todavía nadie sabía que detrás de aquella pequeña tienda existía una puerta capaz de unir dos mundos.