En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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16
El silencio del ala este
Pasaron tres días más sin que la trampilla se abriera. El pan se había endurecido hasta convertirse en piedra. El agua del jarro olía a hierro. Fray Lorenzo ya no intentaba rezar en voz alta. Las palabras se le deshacían en la boca antes de salir. Cada vez que abría los labios, el polvo amenazaba con seguirlas.
La raíz le había cruzado el pecho. Por las noches la sentía cerrarse alrededor del corazón con la misma lentitud con que una planta trepa por un muro. El círculo de su palma se había extendido hasta la muñeca. Cuando cerraba el puño, el polvo caía entre los dedos y formaba círculos pequeños sobre el jergón. Ya no los cubría. Los dejaba estar. En la celda de al lado, Fray Diego había dejado de hablar en romance. Solo murmuraba el nombre. Horas enteras. A veces con voz de hombre. A veces con una voz más aguda, casi infantil. A veces con varias voces superpuestas que hacían vibrar la piedra de la pared. Fray Lorenzo escuchaba sin querer. Cada vez que el nombre se completaba, el latido de su propio pecho respondía.
Bernat no hacía ningún ruido. Desde el golpe seco de días atrás, su celda permanecía en silencio absoluto. Solo de madrugada, cuando el convento entero parecía contener la respiración, se oía un roce suave, como de ceniza que se derrumba sobre sí misma. Al décimo noveno día de recogimiento la trampilla de Fray Lorenzo se abrió otra vez. No era el prior. Era un fraile joven al que Fray Lorenzo no recordaba haber visto. Tenía la cara cubierta con un paño empapado en vinagre y los ojos muy abiertos. Empujó una bandeja nueva y habló con voz entrecortada:
—Fray Alonso ha caído enfermo. Tos seca. Fiebre. Ha ordenado que nadie más se acerque a este ala. Me ha mandado dejaros esto y cerrar de nuevo. Dice que Zaragoza responderá pronto.
Fray Lorenzo intentó preguntar por el horno de la calera. Solo salió un estertor lleno de polvo. El fraile joven retrocedió de golpe y cerró la trampilla. Se oyeron sus pasos corriendo por el corredor. Después el ruido de la llave pesada y el silencio.
Fray Diego se rió desde su celda. La risa terminó en una tos que duró varios minutos. Cuando por fin se detuvo, habló con una claridad que no había tenido en días:
—El prior ya tiene el grano. El calero lo tuvo. Ahora el joven que trajo el pan también lo tendrá. El círculo no necesita que abramos la puerta. Se filtra. Por el aire. Por el polvo que se nos pega a la ropa. Por el nombre que no dejamos de repetir.
Fray Lorenzo se arrastró hasta la pared que separaba las celdas y golpeó tres veces con los nudillos. Quería que Fray Diego callara. El otro solo repitió el nombre una vez más, despacio, saboreando cada sílaba rota. Esa noche el roce debajo del suelo se volvió más claro. Ya no era solo un arrastrar de pies. Eran voces. Muchas. Susurrando el mismo nombre en distintas tonadas. Fray Lorenzo se tapó los oídos con las manos manchadas. El polvo de sus palmas se le metió en el canal del oído y produjo un zumbido caliente. Cuando retiró las manos, el zumbido continuó.
Al vigésimo segundo día Fray Diego dejó de murmurar. Se hizo un silencio tan denso que Fray Lorenzo pensó que el otro había seguido el camino de Bernat. Después oyó un sonido nuevo: el de alguien raspando la piedra con las uñas. Durante horas. Un rasguño rítmico, insistente, que solo se detuvo cuando el alba tiñó de gris la ventana alta.
Fray Lorenzo se arrastró hasta su propia puerta y miró por la rendija de la trampilla. El corredor estaba vacío. Pero en el suelo, justo delante de su celda, había un círculo de ceniza perfecta que no estaba allí el día anterior. En el centro del círculo, una huella pequeña. Como de niño. Retrocedió hasta chocar con el jergón. El latido de su pecho se había sincronizado con el zumbido de sus oídos. Ya no sabía cuál de los dos era el verdadero. Se miró las manos. La izquierda empezaba a mostrar las mismas líneas negras que la derecha. El círculo de la palma derecha se había agrietado del todo. Debajo de las grietas se veía algo gris y brillante, como tierra húmeda.
Intentó recordar el rostro de Fray Tomás de Ávila. No pudo. Solo recordaba el olor del valle y el calor de la fosa abierta. Intentó recordar el nombre de su propia madre. Tampoco. El único nombre que le venía a la mente era el que Fray Diego no dejaba de repetir.
A la hora en que solían rezar vísperas, se oyó un golpe seco en la celda de Fray Diego. Después un derrumbe suave, como de un cuerpo que se vacía. Después silencio.
Fray Lorenzo esperó. Contó los latidos de su pecho. Al llegar a cien se arrastró hasta la pared y pegó el oído a la piedra. No oyó respiración. Solo el mismo roce lejano que venía de debajo del convento.
Se dejó caer de espaldas. Miró el techo bajo de la celda. El polvo negro empezaba a acumularse en las esquinas, como si rezumara de las juntas de la piedra. Extendió la mano derecha y tocó uno de los montículos. Estaba caliente. Cerró los ojos. El nombre completo resonó dentro de su cabeza con una claridad dolorosa. Ya no era la voz de Fray Diego. Era la suya. O lo que quedaba de ella.
Fuera, en el resto del convento, las campanas de completas no sonaron. Alguien había ordenado que no sonaran. Y en las celdas cercanas al ala este, más de un fraile se despertó esa misma noche con un sabor metálico debajo de la lengua que no había notado al acostarse.