Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 4. EL PACTO DE LOS ENEMIGOS
POV MARIO
Orfanato. Esa maldita palabra resonó en las paredes de la sala de juntas como un eco maldito. Se me revolvió el estómago y sentí un frío glacial recorriéndome la columna vertebral. El abogado Alarcón seguía mirándonos con una neutralidad profesional que rayaba en la crueldad, esperando una respuesta que definiría el futuro de dos niños inocentes.
Miré mis manos sobre la mesa de cristal. Víctor había dado la vida por mí, rompiendo el estigma de mi origen y defendiéndome de los desprecios de su propia madre. ¿Y ahora yo iba a permitir que sus hijos terminaran en una institución estatal porque mi ego de CEO era demasiado grande para compartir techo con una extraña? No. Jamás. Lucas y Mía no pagarían el precio de nuestra incompetencia. Me importaba un bledo tener que congelar mis viajes de negocios o delegar las operaciones de los cruceros en mi junta directiva; mi hermano me necesitaba desde el más allá, y yo iba a responder.
Clavé la mirada en la mujer sentada al otro extremo. Rocío. La famosa hermana pródiga. Estaba pálida, con los labios temblorosos y los ojos fijos en un punto perdido de la mesa. Parecía frágil, pero había una rigidez en sus hombros que delataba una tozudez similar a la mía. Ella también estaba atrapada.
—No hay nada que pensar —dije, rompiendo el silencio con una voz que sonó mucho más firme de lo que me sentía por dentro. Me enderecé y abotoné mi chaqueta—. No voy a dejar que mis sobrinos pisen un centro de acogida. Firmaré lo que sea necesario, Alarcón. Pero que quede claro: esto lo hago única y exclusivamente por Lucas y por Mía.
Rocío levantó la cabeza, sorprendida por mi brusquedad. Sus ojos conectaron con los míos y, por un segundo, vi en ellos un destello de alivio mezclado con una profunda determinación.
—Yo tampoco los voy a abandonar —declaró ella, tragando saliva y enderezando la espalda—. Sé lo que es quedarse huérfana a los cinco años y no voy a permitir que Mía pase por el desamparo que yo sentí, ni que Lucas cargue con un peso que no le corresponde. Traiga los malditos papeles, abogado.
El proceso de la firma fue un trámite rápido y silencioso. El único sonido en la sala era el rasgueo del bolígrafo sobre el papel satinado. Firmé yo primero, con trazos rápidos y firmes. Luego empujé el documento hacia ella. Cuando Rocío tomó la pluma, noté que sus dedos temblaban levemente, pero su firma fue limpia. En menos de diez minutos, dos personas que se despreciaban mutuamente acababan de ligar sus destinos legales, financieros y personales por los próximos catorce años.
POV ROCÍO
El olor a cuero del coche de Mario era casi asfixiante. Era un vehículo de alta gama, negro, impecable y ridículamente caro, que encajaba a la perfección con su fachada de empresario de éxito. Él manejaba con una tensión evidente, manteniendo ambas manos fijas en el volante y la mirada clavada en la carretera de la ciudad, como si el tráfico fuera su peor enemigo.
Yo iba en el asiento del copiloto, pegada a la ventanilla, viendo los edificios pasar como ráfagas borrosas. El silencio entre nosotros era tan espeso que resultaba doloroso. Llevábamos veinte minutos de viaje hacia la que había sido la casa de mi hermana, y ninguno de los dos había articulado una sola palabra. Mi mente era un caos de ansiedad. Iba a entrar en el hogar de una mujer a la que le había negado la palabra durante quince años. Iba a ver sus fotos, sus muebles, las huellas de una vida en la que decidí no participar. Y lo peor de todo: iba a enfrentarme a dos niños que acababan de perder a sus padres y que me mirarían como a una completa extraña.
—Deberíamos establecer unas normas básicas antes de cruzar esa puerta —soltó Mario de repente, sin apartar la vista del asfalto. Su tono era seco, directo, cortante.
Giré la cabeza para mirarlo de perfil. Su mandíbula estaba tan apretada que se le marcaba un músculo en la mejilla.
—Soy toda oídos, CEO —respondí, usando un tono teñido de una fina ironía para ocultar mis propios nervios.
—No me llames así en la casa. Para los niños soy el tío Mario, y tú vas a ser la tía Rocío, te guste o no —replicó, dedicándome una mirada fugaz y gélida—. Primera norma: delante de Lucas y Mía somos un equipo. No quiero discusiones, no quiero indirectas ni reproches sobre el pasado. Bastante tienen con el trauma de la muerte de sus padres como para presenciar una guerra civil bajo su propio techo. ¿Queda claro?
—No soy un monstruo, Mario —respondí, sintiendo que la culpa me pinchaba el pecho otra vez—. Sé perfectamente cómo tratar a unos niños que sufren. Mis tiendas virtuales venden ropa y decoración infantil; trato con familias a diario. No pienso llevar mis diferencias contigo al terreno de sus emociones.
—Me alegra escucharlo. Segunda norma: los espacios —continuó él, ignorando mi defensa—. La casa es grande, tiene tres plantas. Los niños duermen en la segunda. Tú y yo nos repartiremos las habitaciones de la tercera planta. Tu vida privada me importa un comino, y asumo que la mía a ti también. No entres en mis espacios y yo no entraré en los tuyos. Mantendremos las distancias.
—Por mí perfecto. Cuanto menos te vea, mejor podré concentrarme en gestionar mis empresas desde la oficina improvisada que tendré que montar —ataqué, cruzando los brazos—. Pero te recuerdo una cosa: cuidar a dos niños huérfanos no es solo repartirse las habitaciones como en un piso de estudiantes. Lucas tiene solo cinco años y Mía tres. Necesitan horarios, atención, guardería, apoyo y mucho soporte psicológico. Tu agenda de cruceros de lujo va a tener que adaptarse a la realidad, no al revés.
Mario frenó el coche de golpe ante un semáforo en rojo. El cinturón de seguridad se me clavó en el pecho. Se giró por completo hacia mí, y por primera vez vi una grieta de pura vulnerabilidad en su armadura de hombre de negocios.
—Sé perfectamente lo que necesitan, Rocío. He estado con ellos cada fin de semana de sus vidas. He visto a mi cuñada llorar por los rincones y a mi hermano romperse la espalda para que no les faltara nada mientras ella se hundía en esa maldita depresión. Sé lo que es el dolor familiar. Tú, en cambio, te bajaste de este barco hace quince años. Así que no me des lecciones de crianza ni de responsabilidad.
Sus palabras me dejaron muda. La mención a la depresión de mi hermana y al sufrimiento de la familia me cayó encima como un balde de agua helada. Tenía razón en algo: yo no había estado allí. No tenía derecho a actuar como la experta. Bajé la mirada hacia mis manos, tragándome el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta.
—Lo siento —murmuré en un hilo de voz, un disculpa real que nació desde el fondo de mi culpa.
Mario parpadeó, visiblemente descolocado por mi repentina rendición. El semáforo cambió a verde y él volvió a poner el coche en marcha, esta vez con menos agresividad. El silencio regresó, pero ya no era un silencio de odio, sino uno cargado de la cruda realidad que se nos venía encima.
Cinco minutos después, el coche se detuvo frente a una hermosa casa unifamiliar de dos pisos con un pequeño jardín delantero. Era un hogar cálido, con paredes de ladrillo visto y grandes ventanales, pero que en ese momento lucía extrañamente gris, como si la alegría se hubiera mudado de allí para siempre. Las luces de la planta baja estaban encendidas.
—Hemos llegado —dijo Mario, apagando el motor del vehículo. El silencio del motor hizo que el latido de mi corazón retumbara en mis oídos.
—¿Quién está con ellos ahora? —pregunté, sintiendo que el pánico me paralizaba las piernas.
—La vecina de al lado, una amiga de la familia. Ha estado cuidándolos desde ayer —Mario exhaló un largo suspiro, apoyando la frente en el volante un segundo antes de recuperar la compostura—. Escúchame bien, Rocío. Entramos ahí, les damos un abrazo y les demostramos que no están solos. El resto... lo descifraremos sobre la marcha.
Asentí con la cabeza, abriendo la puerta del coche. El aire exterior se sintió denso. Caminamos juntos hacia la entrada, dos extraños obligados a ser padres, a punto de abrir la puerta hacia la tormenta más grande de nuestras vidas.