Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 20
La luz tenue de la lámpara de mesa bañaba la habitación con un resplandor cálido y suave. Estaban recostados juntos, abrazados entre las sábanas, sin prisa, sin el deseo urgente de los primeros encuentros, sino con una calma que venía de mucho más abajo. Lorenzo tenía la mano apoyada sobre su cintura, dibujando círculos lentos sobre su piel, y la miraba con una ternura tan profunda que a Ottavia se le llenaban los ojos de lágrimas dulces.
—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de todo este tiempo? —le preguntó él con voz baja y acariciándole despacio el cabello—. No fueron los encuentros, ni los besos, ni las horas juntos. Fue verte cambiar. Verte volver a ser quien eres. Esa mujer que llevabas dentro escondida, esperando a que alguien la dejara salir… verla brillar es lo más hermoso que me ha pasado.
Ottavia apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón, y sonrió con gratitud. —Tú me ayudaste a hacerlo. Tú fuiste quien me hizo ver que yo valía más de lo que creía. Que no tenía que conformarme con ser invisible.
—No me des todo el mérito —respondió él besándole la frente con suavidad—. Yo solo te abrí la puerta. Pero fuiste tú quien tuvo el valor de cruzarla. Y ahora mírate: caminas distinto, hablas distinto, ríes distinto… brillas, Ottavia. Y eso es tuyo, no mío.
Se giró hacia él y lo miró a los ojos, acariciando su rostro con las yemas de los dedos. —Pero es contigo con quien me siento así. Contigo soy completa. No tengo que fingir nada, no tengo que ocultar nada. Me ves tal como soy y aun así te quedas. ¿Sabes lo que significa eso para mí?
Lorenzo le tomó la mano y la llevó a sus labios, besándola con devoción. —Significa que encontramos algo raro y hermoso. Algo que no se planeó, pero que se siente como si siempre hubiera estado ahí. Y te confieso algo: me asusta. Esta conexión entre nosotros… es tan fuerte que a veces me da miedo no saber cómo manejarla. Pero más me asusta la idea de no tenerla.
—A mí también me asusta —confesó ella con sinceridad—. Me asusta lo mucho que significas para mí, lo rápido que me acostumbré a estar así, completa y feliz. Pero no quiero huir de ello. No esta vez.
Entonces se acercó más a él, y cuando se encontraron en el beso, fue con una lentitud nueva, con una entrega que no necesitaba prisa. Sus manos se recorrieron mutuamente con una reverencia casi sagrada, como si cada centímetro del cuerpo del otro fuera un lugar sagrado que merecía ser honrado. No era el deseo ardiente y desesperado del principio: era algo más hondo, más tranquilo, más seguro. Era el encuentro de dos personas que ya se conocen, que se admiran y que eligen estar juntas una y otra vez.
—Te adoro —le susurró Lorenzo mientras la abrazaba con toda la suavidad del mundo—. No solo por cómo eres por fuera, sino por la fuerza que llevas dentro. Eres la mujer más valiente que conozco.
—Y tú eres el lugar donde me siento segura —respondió ella, sintiendo cómo el placer crecía despacio dentro de ella, mezclado con una ternura que le hacía doler el pecho de tanta emoción—. Donde no tengo que ser fuerte siempre. Donde puedo descansar y ser yo.
Se entregaron el uno al otro con una calma que parecía detener el tiempo. Cada caricia era una promesa sin palabras, cada respiración compartida un lazo más fuerte que los unía. Había complicidad en cada mirada, en cada gesto, en la forma en que se movían juntos como si fueran una sola persona. Y aunque ambos sentían que ese sentimiento los superaba, que era más grande de lo que habían acordado al principio, ninguno se detuvo. Porque en ese momento, lo único que importaba era estar ahí, juntos, completos.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados, sin querer soltarse, con las respiraciones recuperándose al mismo ritmo. Lorenzo la sostuvo pegada a su pecho y le besó el hombro con infinita ternura.
—Esto nos asusta a los dos, ¿verdad? —dijo él en voz baja.
Ottavia asintió y apretó su mano con firmeza. —Sí. Pero es un miedo bonito. Porque es el miedo de tener algo hermoso y no querer perderlo. Y prefiero eso a vivir sin sentir nada.
—Yo también —respondió él, y la abrazó con más fuerza—. Sea lo que sea lo que nos espera, lo enfrentaremos juntos. Pero por ahora… déjame cuidarte. Déjame hacerte feliz. Eso es lo único que quiero.
Ella levantó el rostro y lo besó, despacio, con todo lo que las palabras no podían decir. —Ya lo haces. Solo con estar aquí. Ya lo haces.
—¿Sabes qué es lo que más me encanta ahora? —le dijo Lorenzo, acariciándole el rostro con la yema de los dedos mientras la miraba a los ojos—. Que ya no te escondes. Cuando te abrazo, cuando te hablo… estás aquí, completa, sin reservas. Esa mujer que eres me deja sin aliento.
Ottavia se acercó más a él, sintiéndose amada y comprendida en cada rincón de su ser. —Y tú me enseñaste que merezco estar aquí. Que no tengo que pedir permiso para existir. Lo que siento por ti me asusta, porque nunca creí que pudiera ser así… pero es real, ¿verdad?
—Es más real que todo lo demás —respondió él, besándola con una ternura que le llegó al alma—. Y aunque nos dé miedo, no lo soltaremos. Esto que tenemos… vale la pena arriesgarse por ello. Tú vales la pena.