NovelToon NovelToon
El Yacuza Tiene Un Amante

El Yacuza Tiene Un Amante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / BL / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Liam solo quería salvar a su hermano.

Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.

Entonces Duncan le hace una pregunta:

—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?

Liam responde sin pensar:

—Lo que sea.

Acaba de cometer su primer gran error.

Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.

Pero Liam ha despertado su interés.

Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.

Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La presentación

El mensaje llegó un jueves a las seis de la tarde.

Duncan: Esta noche no vienes al departamento. Te recojo a las ocho. Traje oscuro. La camisa azul. No hagas preguntas.

Liam miró la pantalla. No hagas preguntas. En tres semanas, Duncan nunca había dicho eso. Nunca había necesitado decirlo. Liam ya no hacía preguntas; se habían apagado una a una, como velas en una habitación donde alguien abre las ventanas de par en par y el viento entra frío, arrebatándolas antes de que puedan consumirse. Pero esta vez, la frase le revolvió algo en el pecho: una inquietud pequeña, casi enterrada, la sensación aguda y helada de que algo estaba a punto de cambiar.

A las ocho menos dos minutos, el sedán negro estaba frente a la residencia, inmóvil como una sombra. Duncan no bajó. El conductor —hombre de traje impecable, cuello grueso, cara de piedra sin una sola expresión— abrió la puerta trasera con un gesto mecánico.

—El señor Duncan lo espera.

Liam subió. El interior olía a cuero nuevo y a ese perfume amaderado que ya conocía de memoria. Duncan estaba sentado al otro lado del asiento: traje negro, camisa gris oscuro sin corbata, el pelo peinado hacia atrás, el anillo de oro brillando en su dedo, y debajo de la manga, el tatuaje que Liam nunca había visto del todo. Lo miró y él sonrió, una sonrisa pequeña, cerrada, satisfecha.

—Estás guapo.

Liam no respondió. Se abrochó el cinturón y miró por la ventana mientras la ciudad empezaba a desfilar.

—¿Adónde vamos?

—A cenar. Con unas personas.

—¿Qué personas?

Duncan ladeó la cabeza, con esa expresión de curiosidad casi tierna que usaba cuando le acariciaba la nuca antes de besarlo.

—Te dije que no hicieras preguntas.

El coche se detuvo frente a un edificio entero de cristal y acero en el corazón del distrito financiero. No era restaurante ni hotel. No tenía letrero ni nombre. Solo una puerta de acero pulido, una cámara y un hombre de traje que asintió apenas el coche frenó, como si hubiera estado esperando esa matrícula toda la tarde.

Duncan bajó primero. Liam salió detrás. El hombre abrió la puerta sin decir palabra; al otro lado solo había un ascensor. Duncan marcó un código y las puertas se cerraron tras ellos.

—Duncan —dijo Liam, bajo—, ¿qué es esto?

Duncan se giró, le puso una mano en la nuca y le apretó suavemente, los dedos firmes contra la piel. Un gesto que podría haber sido cariñoso, que podría haber sido una amenaza, que era ambas cosas sin diferencia.

—Es mi mundo, Liam. El de verdad. No el de la universidad, ni el de las cafeteRías, ni el departamento donde te escondes. Este. —Lo miró a los ojos—. Y esta noche te lo enseño.

Las puertas se abrieron. La habitación era amplia, de paneles de madera oscura que absorbían la luz, una mesa larga con ocho sillas, una barra en la esquina y ventanas enteras que daban a la ciudad desde cuarenta pisos de altura. El mismo silencio denso y aislado que el departamento.

Había cinco hombres sentados: trajes oscuros, camisas sin corbata, edades entre cuarenta y sesenta. Caras duras, talladas, con cicatrices que no escondían y miradas que no pedían permiso. Fumaban, bebían whisky y hablaban en japonés con voces bajas y cortantes. Cuando Duncan entró, las conversaciones se detuvieron al instante. Nadie se levantó. Nadie inclinó la cabeza. Solo miraron, con esa atención calculada de quien evalúa una pieza nueva en un tablero que ya conoce de memoria.

Duncan caminó a la cabecera, se sentó y señaló la silla a su lado.

—Siéntate. —Liam obedeció—. Este es Liam. Está conmigo.

Cinco pares de ojos lo recorrieron de arriba abajo, no con curiosidad ni juicio, sino con la misma indiferencia con la que se mira un jarrón nuevo en una estantería. Uno asintió brevemente, otro levantó el vaso, el tercero volvió a hablar como si él no estuviera ahí.

—No necesitas sus nombres. Ellos no necesitan el tuyo. —Duncan sirvió whisky y lo puso frente a él—. Bebe. Y no hables a menos que te pregunte.

La cena fue larga. Los hombres hablaban de envíos, de rutas, de un puerto en el sur que había cambiado de manos. Y dijeron: Tanaka dejó de ser útil. Lo dijeron con la misma naturalidad con la que se habla del clima, como si Tanaka fuera un objeto roto, un electrodoméstico desechable. Nadie se inmutó. Duncan hablaba poco, pero cuando él hablaba, todos callaban. Cuando levantaba un dedo, le servían más whisky. Cuando sonreía, los demás sonreían con él, por instinto, no por cortesía.

Bajo la mesa, la mano de Duncan se posó sobre su rodilla y los dedos trazaron círculos lentos y constantes sobre la tela, un gesto automático y casual. Liam se tensó y Duncan le apretó un poco más fuerte: una advertencia silenciosa. No te muevas. Estás aquí porque yo lo permito.

Uno de los hombres habló en japonés mirando a ambos. Duncan rio brevemente y tradujo sin quitar la mano:

—Dice que tienes buena cara. Que se nota que te cuido bien.

Liam asintió apenas y bebió otro trago.

A las once terminó. Los hombres se levantaron, se abotonaron las chaquetas y uno por uno se acercaron a Duncan, inclinando la cabeza un segundo en un gesto seco de subordinación. Ninguno miró a Liam. Ninguno se despidió de él.

En el ascensor, Duncan dijo:

—Lo hiciste bien. No hablaste, no miraste demasiado, no temblaste. Bien.

—¿Quiénes eran de verdad? —preguntó Liam mirando su reflejo en el acero.

—Socios.

—¿Qué hacen?

—Lo que yo les digo que hagan.

—¿Por qué me llevaste? —preguntó cuando el ascensor bajaba.

Duncan lo tomó de los hombros y lo obligó a mirarlo, su voz suave y casi tierna, más aterradora que cualquier grito.

—Para que vieras que no hay tribunal, ni policía, ni universidad que pueda tocarte. Que no hay salida. Que no hay un Marcos que venga a rescatarte. Y porque no te escondo. No me avergüenzo de ti. Cuando te siento a mi lado, es para que te vean. Para que todos sepan que eres mío.

Liam sintió el estómago contraerse. Que eres mío. No era amor. Era una marca, un sello caliente puesto en la piel para que nadie más se atreviera a tocarlo.

Ya en el coche, antes de bajar, Duncan le acarició la mejilla y el anillo de oro rozó su piel, frío como el hielo.

—Jueves que viene, nueve. Departamento. Y Liam… esta noche no te pagué. No fue una transacción. Fue una cita.

Liam entró a su habitación, se quitó el traje, dobló la camisa azul y la puso sobre la silla. Se miró las manos: las que habían sostenido el vaso, las que no habían temblado. Pensó en Tanaka, en dejar de ser útil, en los hombres mirándolo como propiedad. Y entendió todo con una claridad que le dolió en el pecho.

Duncan nunca lo había escondido. Lo exhibía. Lo vestía bien, lo sentaba a su mesa para demostrar que podía. Que podía tomar a un chico de diecinueve años y ponerlo ahí, y nadie diría ni una palabra.

Liam no era un amante. Era un trofeo. Una prueba de poder.

Se tumbó en la cama mirando la mancha de humedad en el techo. No lloró. Ya no quedaban lágrimas. Solo quedaba el próximo jueves, el traje oscuro, la camisa azul, y la certeza fría y definitiva: el mundo seguía girando allá afuera, y nadie, absolutamente nadie, miraba dos veces.

1
D_a_r_r
Realmente estoy esperando el momento que sufra Duncan 😭
Dalia Lara
me va gustando mucho la historia 🥰🥰más capítulos por favor
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play