Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 10
El vehículo avanzaba suavemente por las calles iluminadas de la ciudad, y el silencio en el interior era cálido, no incómodo. Lidia miraba por la ventanilla, con la mente todavía en la cena, en la forma en que Damián la había cuidado y la había hecho sentir importante. Él iba sentado a su lado, cerca, y tras unos minutos de silencio suave, habló con voz baja y reflexiva.
—Sabes… estuve pensando en lo que me contaste aquella tarde bajo la lluvia —dijo él, sin apartar la vista del camino—. Y cuanto más te conozco, más claro tengo algo: ese compromiso nunca fue justo para ti.
Lidia se giró lentamente hacia él, frunciendo levemente el ceño.
—¿Por qué dices eso? —preguntó ella, con voz suave pero a la vez queriendo defender lo que había sido su vida—. Adrián no era malo. Tenía defectos, claro… pero compartimos años juntos. Yo creí que me amaba.
—No digo que fuera una mala persona —respondió Damián con calma, pero con firmeza—. Digo que no supo ver lo que tenía enfrente. No supo valorar lo que eres. Y si te fue infiel, si te mintió durante meses y encima te echó la culpa a ti… entonces no te merecía. Nunca te mereció.
—Es fácil juzgarlo ahora —dijo ella, bajando un momento la mirada hacia sus manos entrelazadas en el regazo—. Yo también me pregunto si fui demasiado exigente, si lo presioné… si de alguna manera yo también tuve la culpa de que todo saliera mal.
Damián negó con la cabeza, y se giró lo suficiente para mirarla a los ojos con seriedad.
—No te atrevas a decir eso, Lidia —le dijo con tono suave pero tajante—. Una persona que ama no busca excusas para hacer daño. No te culpas a ti misma por la traición de otro. Él tomó sus decisiones, y tú no eres responsable de ellas. Lo que pasó no fue culpa tuya. Fue su debilidad, su cobardía. Nada más.
Ella se quedó callada un instante, sintiendo cómo sus palabras tocaban justo aquella herida que todavía sangraba. Había repetido tantas veces aquellas preguntas en la oscuridad de la noche que ya formaban parte de ella. Pero escucharlo a él decirlo con tanta claridad, sin dudar, hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas.
—Yo lo amaba —susurró con la voz quebrada—. Lo amaba de verdad. Creía que sabía quién era. Y cuando descubrí lo que hacía… sentí como si me hubieran arrancado una parte de mí.
—Lo sé —dijo él con ternura—. Pero lo que amabas era la imagen que tenías de él, no al hombre real. El hombre real te mintió, te engañó, te hizo sentir menos. Y ese no es el hombre que tú creíste conocer.
Lidia miró hacia la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas tras el cristal. Y entonces, con un nudo en la garganta que le costó tragar, dijo la verdad que llevaba guardada y que apenas se atrevía a admitir ni ante sí misma:
—Hace días que me digo que lo extraño —confesó despacio—. Pero la verdad… la verdad es que ya no lo reconozco. El hombre que conocí, con el que soñé una vida entera… ya no está. O tal vez nunca existió. Y ahora cuando pienso en él, no siento amor… siento decepción. Mucha decepción.
Damián extendió la mano y la posó suavemente sobre la de ella, dándole calor y sostén.
—Eso duele, lo sé —dijo él—. Pero también es el primer paso para dejarlo ir. No puedes seguir amando a alguien que no existe, Lidia. Y no tienes por qué hacerlo.
—¿Cómo se hace? —preguntó ella, alzando la vista hacia él con los ojos brillantes de lágrimas—. ¿Cómo se borran años de recuerdos? ¿Cómo se deja de querer a alguien que resultó ser un extraño?
—No se borran —respondió él con calma—. Se aceptan. Se aprende de ellos. Y se sigue adelante, sabiendo que mereces algo mejor. Algo real. Algo que no tenga que esconderse.
Lidia apretó su mano, sintiendo que en esas palabras había más verdad que en todas las promesas que Adrián le hubiera hecho jamás.
—Tú lo ves todo tan claro —dijo ella con una media sonrisa triste—. Como si estuvieras viendo una historia ajena.
—Porque te veo a ti —corrigió él—. Veo tu fuerza, tu bondad, la forma en que te levantas cada día a pesar de todo. Y me duele pensar que alguien pudo tenerte y te dejó ir como si no valieras nada. No sabía lo que perdía. Pero yo… yo sí lo sé.
Ella contuvo el aliento, y el coche se detuvo suavemente frente a la puerta de su edificio. El motor se apagó, y en ese silencio íntimo, Lidia entendió que ya no estaba luchando solo contra el recuerdo de Adrián. Estaba descubriendo que había algo mucho más fuerte esperando en su lugar.
—Gracias —dijo, soltando el aire despacio—. Por decirme lo que necesitaba oír, aunque me costara escucharlo. Ya no lo reconozco, Damián. Y creo que… hace tiempo que dejé de hacerlo. Solo que hoy me atrevo a decirlo en voz alta.
Damián le acarició el dorso de la mano con el pulgar, en un gesto tierno y firme a la vez.
—Y es justo decirlo —respondió él—. Ahora empieza lo real. Lo que mereces. ¿Entras? Te espero hasta que estés dentro.
—Sí —asintió ella, abriendo la puerta—. Gracias por todo.
Bajó del vehículo, pero antes de entrar, se giró una última vez. Y en la penumbra del coche, vio que él la miraba con esa misma intensidad de siempre, como si supiera que acababa de cruzar el umbral y de dejar atrás, por fin, el pasado.
El coche avanzaba despacio por una calle arbolada, y la luz de las farolas se filtraba suavemente a través de las ventanillas, dibujando sombras suaves sobre el rostro de Lidia. Damián no apartaba la vista de ella, y tras un momento de silencio, volvió a hablar con una voz que parecía salir de lo más profundo de su sinceridad.
—Me pregunto a menudo cómo te sentiste aquel día —dijo él, con tono bajo y reflexivo—. Cuando leíste esos mensajes. Cuando te diste cuenta de que todo lo que creías era mentira. Debió dolerte como si te hubieran arrancado el pecho.
Lidia asintió lentamente, mirando sus propias manos en el regazo, y la voz le salió apenas un susurro cargado de recuerdo.
—Dolió más que eso —confesó—. Sentí que me desmoronaba. Que la persona que había estado a mi lado durante años, con la que había planeado cada día de mi futuro… nunca había existido de verdad. Como si hubiera vivido una mentira tan grande que ya no sabía distinguir lo real de lo inventado.
—Y lo peor —añadió Damián con comprensión— fue que él no se arrepintió. Te culpó a ti. Te hizo creer que tú eras la equivocada.
—Sí —susurró ella, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de nuevo—. Me dijo que yo era demasiado exigente, que no lo entendía… y durante días me lo creí. Me pregunté una y otra vez qué hice mal. En qué fallé.
Damián se giró hacia ella, y su mirada fue firme pero tierna a la vez, como si quisiera grabarle cada palabra en el alma.
—No fallaste en nada, Lidia. Escúchame bien. Amar no es un error. Entregarte por completo a alguien que dijiste amarte… no es un defecto. Es lo más hermoso que tienes. Y un hombre que no sabe recibir eso, que lo toma y lo tira a la basura… no merece que te cuestiones ni un segundo.
Ella levantó la vista hacia él, con las lágrimas ya rodando por sus mejillas, y negó con la cabeza, luchando entre lo que su corazón había sentido durante años y la verdad que ahora empezaba a ver.
—Pero compartimos tanto… —dijo con angustia—. Los viajes, las cenas, las noches hablando de nuestros sueños. ¿Todo eso fue falso? ¿Nada de lo que vivimos tuvo valor para él?
Damián le acarició suavemente la mejilla, secando una lágrima con el pulgar, con una delicadeza que la hizo temblar entera.
—Algunos momentos quizá fueron reales —admitió él con suavidad—. Pero el hombre que los vivió contigo no era el mismo que te traicionó. O tal vez sí… y simplemente no supo ser digno de ti. Lo que sí sé es que la persona que tú amaste, la que creíste conocer… esa persona ya no está. Y si no la reconoces ahora… es porque nunca fue realmente tuya.
Lidia cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, había en ellos una claridad que empezaba a imponerse sobre el dolor. Respiró hondo, como si soltara un peso que llevaba cargando desde aquel día, y dijo despacio, con cada palabra costándole pero saliendo firme:
—Ya no lo reconozco —repitió, mirándolo a los ojos—. Cuando pienso en él ahora… no veo al hombre del que me enamoré. Veo a alguien extraño. Alguien que mintió, que ocultó, que me hizo sentir pequeña. Y me da pena. Me da pena haber perdido tanto tiempo con alguien que nunca supo verme.
—No perdiste el tiempo —le corrigió él con seguridad—. Aprendiste. Y ahora sabes lo que no quieres volver a vivir. Eso también vale.
—Pero duele —susurró ella—. Duele darse cuenta de que construí mi vida sobre una base que se desmoronó. Que todo lo que creí sólido… era aire.
—La base se rompió, sí —dijo él, tomándole ambas manos entre las suyas—. Pero tú no te rompiste. Estás aquí. Sigues de pie. Y eso… eso es lo que importa. Lo demás se reconstruye. Se hace más fuerte. Más real.
Lidia lo miró fijamente, y en la penumbra del coche, sintió que por primera vez no hablaba desde la herida, sino desde la verdad.
—¿De verdad se puede volver a empezar? —preguntó con una esperanza que apenas se atrevía a nombrar—. ¿Se puede confiar en alguien más sin miedo a que te hagan lo mismo?
—Se puede —respondió él sin dudar—. No será fácil. Pero se puede. Y cuando encuentres a alguien que te valore tal como eres, que te respete, que te cuide… entenderás por qué tuvo que terminarse lo anterior. Entenderás que lo que esperabas no era eso… era algo mucho mejor.
Ella apretó sus manos entre las suyas, sintiendo el calor y la firmeza de su agarre, y sonrió a través de las lágrimas, una sonrisa pequeña pero sincera.
—Tú me haces sentir que todo es posible —dijo—. Incluso olvidar lo que me dolió.
—Porque lo es —respondió él, acercándose un poco más—. Y yo estaré aquí para recordártelo cada vez que lo olvides. No tienes que cargar sola con todo el pasado, Lidia. Si me dejas… puedo ayudarte a dejarlo atrás.
—Ya te lo estoy permitiendo —admitió ella en un susurro—. Sin darme cuenta, pero lo hago. Y eso… eso me asusta y me reconforta a la vez.
Damián le dedicó una mirada llena de promesas y de una ternura que no necesitaba palabras.
—No te haré daño —le dijo con voz grave y segura—. Eso te lo juro. Y si algún día me equivoco, me lo dirás. Y lo arreglaré. Porque tú mereces algo que no se rompa con el primer golpe. Mereces algo que dure.
Lidia asintió, sintiendo que esas palabras eran el regalo más grande que nadie le había dado jamás: la certeza de ser vista, de ser comprendida y de merecer algo real. Y mientras el coche seguía avanzando hacia su casa, supo que el pasado ya no tenía poder sobre ella, porque al fin estaba empezando a ver el futuro.