En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 9: La versión de mí que ya no existe
La versión de mí que ya no existe
El mensaje de voz de Mateo se quedó ahí, sin abrir, como un fantasma digital que se negaba a desaparecer.
Durante toda la mañana lo miré de reojo cada vez que pasaba frente al teléfono. La notificación seguía en la pantalla, pequeña y persistente. En mi vida anterior yo habría escuchado ese audio al menos cinco veces, analizando cada pausa, cada cambio de tono, buscando alguna prueba de que esta vez sí estaba arrepentido de verdad. Después le habría respondido con un texto demasiado largo y demasiado suave.
Esta vez lo dejé ahí.
Me obligué a hacer cosas normales. Lavé los platos que habían quedado de la noche anterior. Cambié las sábanas de mi cama. Saqué la basura. Cada tarea mundana se sentía como un pequeño acto de rebeldía. Antes, los días en los que Mateo y yo estábamos peleados se me iban enteros en sobreanalizar. Ahora el tiempo se sentía distinto. Más mío.
Lucas salió de su habitación cerca del mediodía. Se veía mejor. No bien… pero mejor. Tenía el cabello peinado y había cambiado la remera arrugada por una camisa limpia.
—Salgo un rato —dijo mientras se ataba los cordones—. Necesito devolver unos libros a la biblioteca de la facultad. Si me quedo aquí encerrado voy a empezar a hablarle a las paredes.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Creo que necesito caminar solo. Pero gracias.
Antes de salir se detuvo en la puerta y me miró por encima del hombro.
—Si Mateo aparece… no le abras. Llámeme.
—No va a aparecer.
—Valeria. Tú lo conoces.
Asentí. Él se fue.
La soledad del departamento se sintió pesada de inmediato. Me senté en el sillón con la libreta y empecé a escribir. Ya no solo anotaba fechas y traiciones. Empezaba a escribir cómo me sentía en tiempo real. El miedo. La culpa absurda. La rabia. La extraña sensación de vacío que dejaba la ausencia de alguien que durante años había ocupado demasiado espacio.
Estaba en la tercera página cuando el timbre sonó.
El corazón me dio un golpe seco.
Me levanté despacio. Caminé hasta la puerta y miré por la mirilla.
Mateo.
Estaba de pie en el pasillo con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe definir del todo. No traía flores. No traía regalos. Solo él.
Respiré hondo. Conté hasta cuatro. Abrí.
—Hola —dijo.
—Hola.
—¿Puedo pasar?
—No.
La palabra salió más firme de lo que esperaba. Mateo parpadeó, sorprendido. Después soltó una risa corta, incrédula.
—En serio vas a dejarme hablando en el pasillo.
—En serio.
Él se pasó una mano por la mandíbula. Parecía cansado. Por un segundo casi me duele. Después recordé cuántas veces ese mismo cansancio había sido una herramienta.
—Valeria… esto ya se está volviendo ridículo. Llevas días sin hablarme. No contesto tus mensajes porque no mandas ninguno. No sé qué quieres que haga.
—Quiero que respetes el espacio que te pedí.
—¡Y yo quiero entender qué demonios pasó! —elevó un poco la voz y después la bajó de inmediato, mirando hacia los lados del pasillo—. Perdón. No vine a pelear. Vine porque estoy preocupado. Esto no eres tú.
La frase me atravesó.
“Esto no eres tú.”
Cuántas veces me la había dicho. Cada vez que yo intentaba poner un límite. Cada vez que me atrevía a estar enojada más de un día. Como si la versión de mí que él prefería fuera la única real.
—Tal vez esta sí soy yo —respondí en voz baja—. Y la que conocías era la versión que cabía cómoda en tu vida.
Mateo se quedó callado. Sus ojos me estudiaron como si buscara alguna grieta por donde entrar. Después dio un paso más cerca. La puerta todavía estaba entreabierta. Yo no me moví.
—Extraño —susurró—. Extraño hablarte. Extraño saber cómo estás. Extraño que me dejes quererte.
El golpe bajo llegó envuelto en ternura. Exactamente como siempre.
Sentí el viejo reflejo encenderse en el pecho. Esa necesidad casi física de cerrar la distancia, de decirle que yo también lo extrañaba, de arreglarlo todo con un abrazo y una disculpa mutua que en realidad solo sería mía.
Apreté la manija de la puerta hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Yo también te extraño a veces —admití, y odié cómo se me quebró un poco la voz—. Pero extrañar no es suficiente razón para volver a un lugar donde me hacía daño.
Mateo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió otra vez, había algo más duro en ellos.
—Entonces esto es una ruptura. Dilo de una puta vez.
La palabra quedó flotando entre nosotros.
Ruptura.
En mi vida anterior nunca había sido yo quien la decía primero. Nunca.
—Sí —escuché decirme—. Esto es una ruptura.
Mateo dio un paso atrás como si lo hubiera empujado. Se quedó mirándome en silencio durante varios segundos. Después asintió despacio, una sola vez.
—Está bien. Si es lo que quieres.
Se dio media vuelta y empezó a caminar hacia las escaleras. Antes de desaparecer, se detuvo sin mirarme.
—Cuando te arrepientas… y lo vas a hacer… no sé si voy a querer escucharte.
Se fue.
Cerré la puerta. Me apoyé contra ella. Las piernas me flaquearon y me fui deslizando hasta quedar sentada en el piso frío de la entrada. El silencio del departamento se volvió ensordecedor.
Se había terminado.
De verdad.
Las lágrimas llegaron de golpe, sin permiso. No eran solo por Mateo. Eran por todas las versiones de mí que habían sobrevivido aferradas a él. Por los años. Por las promesas. Por la mujer que había muerto sin haberse elegido nunca.
No sé cuánto tiempo estuve ahí. Hasta que escuché la llave de Lucas en la cerradura.
Entró y me vio sentada en el piso. En un segundo estuvo a mi lado.
—¿Qué pasó?
—Se terminó —logré decir entre sollozos—. Le dije que se había terminado.
Lucas no preguntó más. Solo me abrazó con fuerza, como si pudiera sostener todas las piezas que se me estaban cayendo. Me meció en silencio mientras yo lloraba contra su camisa. Lloré por Mateo. Lloré por mí. Lloré por el miedo de no saber quién era ahora que ya no era “la novia de”.
Cuando por fin me calmé un poco, Lucas me ayudó a levantarme y me llevó al sillón. Fue a la cocina y volvió con un vaso de agua y un paquete de pañuelos.
—Duele como el carajo, ¿no? —dijo suavemente.
—Más de lo que pensé.
—Ya. Pero lo dijiste tú. Eso importa.
Asentí, todavía temblando.
La tarde se fue en silencio. Lucas puso una película cualquiera que ninguno de los dos miró realmente. En algún momento me quedé dormida con la cabeza en su hombro.
Cuando desperté era de noche. El teléfono tenía varias notificaciones. Ignoré las de Mateo. Había una de un número que no tenía guardado.
“Espero que la libreta siga estando a salvo. — A.R.”
Adrián.
Me quedé mirando el mensaje mucho tiempo. No respondí de inmediato. Solo lo leí una y otra vez, sintiendo esa misma calma extraña del café.
Al final escribí:
“Sigue a salvo. Gracias por preguntar.”
La respuesta llegó un minuto después:
“Me alegra. Buenas noches, Valeria.”
Dejé el teléfono a un lado y miré el techo.
Se había terminado con Mateo.
Lucas estaba aprendiendo a soltar.
Y alguien más, por primera vez en mucho tiempo, me había hablado sin pedirme nada a cambio.
El miedo seguía ahí.
Pero ya no estaba sola con él.