Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 15 — Buenos días, hermosa
Al otro día eran aproximadamente las siete de la mañana.
Abrí los ojos lentamente y durante unos segundos no entendí dónde estaba.
Yo estaba apoyada sobre su pecho y él me abrazaba como si llevara toda la vida haciéndolo.
Me quedé quieta.
—Ay, Dios mío... —susurré.
Sentí que me ponía roja.
Me dio una risita nerviosa y volví a acomodarme durante unos segundos.
Eithan dormía profundamente. Su respiración era tranquila y, por primera vez desde que lo conocía, se veía completamente en paz.
Lo miré con una sonrisa.
—Quién iba a pensar que este hombre tan complicado iba a terminar así conmigo.
Con mucho cuidado levanté su brazo y salí de la cama intentando no despertarlo.
Me puse mi blusón y acomodé mi cabello.
Antes de salir, lo miré nuevamente.
—Duerme, pues.
Bajé hasta la cocina.
Todavía estaba un poquito nerviosa por todo lo que había pasado.
No sabía exactamente qué éramos ahora.
¿Novios?
¿Estábamos comenzando algo?
¿Simplemente nos habíamos dejado llevar?
No tenía respuestas.
Pero había algo que sí sabía.
Me gustaba estar con él.
Muchísimo.
Encendí la cafetera y preparé café.
El aroma comenzó a llenar toda la cocina.
Después saqué los huevos y empecé a preparar un perico.
—Bueno, Maidy, concéntrese —murmuré—. No se vaya a quemar el desayuno por andar pensando en Eithan.
Sonreí sola.
Estaba revolviendo los huevos cuando sentí unos brazos rodeándome suavemente por la cintura.
Me sobresalté.
—¡Ay!
Me volteé.
Era Eithan.
Estaba detrás de mí, todavía medio dormido, y llevaba solamente el pantalón. Su cabello estaba despeinado y tenía esa expresión tranquila que pocas veces mostraba.
Me miró y sonrió.
—Buenos días, hermosa.
Sentí que me ponía roja otra vez.
—Buenos días.
Se acercó y me dio un beso en los labios.
Fue un beso corto y tierno.
Cuando se separó, me miró.
—¿Cómo amaneciste?
—Bien.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Y por qué estás tan roja?
—Porque usted aparece así de repente.
Se rio.
—¿Te asusté?
—Un poquito.
—Perdón.
Volvió a abrazarme por la cintura.
—Huele delicioso.
—Estoy haciendo desayuno.
—Ya me di cuenta.
—¿Tienes hambre?
—Mucha.
—Pues ayúdame.
—¿Qué hago?
—Pon la mesa.
—¿Yo?
—Sí, usted.
Eithan puso cara de indignado.
—¿Después de una noche tan bonita me vas a poner a trabajar?
Me reí.
—Precisamente por eso.
—Qué mandona.
—Y usted qué perezoso.
Él comenzó a sacar los platos.
—Bueno, pues.
Lo observé mientras caminaba por la cocina.
Era extraño verlo así.
Sin aquella expresión de tristeza que llevaba casi siempre.
Sin alcohol.
Sin fiestas.
Sin querer escapar de sus pensamientos.
Simplemente Eithan.
El hombre que ahora me sonreía mientras colocaba los platos sobre la mesa.
—¿Qué miras? —preguntó.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Porque me parece raro verte haciendo algo tan normal.
—¿Tan normal?
—Sí. Cocinando, poniendo la mesa...
—¿Y qué pensabas? ¿Que no sé poner un plato?
—Más o menos.
—Oiga, respete.
Me reí.
Terminamos de preparar el desayuno y nos sentamos juntos.
Eithan tomó un poco de café.
—Está bueno.
—Lo preparé yo.
—Entonces está perfecto.
Lo miré.
—¿Siempre vas a hablarme así?
—¿Así cómo?
—Bonito.
Sonrió.
—Si tú quieres.
Bajé la mirada hacia mi plato.
—Sí quiero.
Eithan extendió su mano sobre la mesa y tomó la mía.
—Entonces voy a hacerlo.
Lo miré.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que hace un mes ni siquiera nos soportábamos.
—Eso es cierto.
—Y ahora estamos desayunando juntos.
—Y yo estoy pensando que podría acostumbrarme.
Sonreí.
—Yo también.
Eithan apretó suavemente mi mano.
Y mientras tomábamos café aquella mañana fría de Manizales, entendí que algo había cambiado.
Ya no éramos simplemente vecinos.
Habíamos comenzado una historia que ninguno de los dos sabía hasta dónde iba a llegar.
Pero por primera vez, ninguno parecía tenerle miedo.