Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 7: La mujer del jardín
El cuerpo estaba detrás de los rosales.
Evelyn lo supo antes de verlo.
El murmullo de los criados, el rostro desencajado del mayordomo y la forma en que Alistair había acelerado el paso eran suficientes.
—Quédate aquí —dijo él.
Evelyn lo miró.
—No.
—Evelyn...
—Ya no quiero que nadie decida qué puedo soportar.
Alistair se detuvo.
Por un instante pareció querer discutir.
No lo hizo.
—Entonces quédate a mi lado.
Fue una petición, no una orden.
Evelyn asintió.
Avanzaron juntos.
El cadáver estaba cubierto con una sábana.
Dos criados permanecían a unos metros, sin atreverse a acercarse.
Lady Beatrice llegó detrás de ellos.
Al ver el cuerpo, perdió el color.
—Dios mío...
Evelyn la observó.
—¿La conoces?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Evelyn no dijo nada.
El médico de la familia se arrodilló junto al cadáver y retiró parcialmente la sábana.
Era una mujer de unos treinta años.
Cabello oscuro.
Vestido sencillo.
No pertenecía a la aristocracia.
Y tenía una pequeña herida en la sien.
Evelyn sintió un extraño vacío.
No conocía aquel rostro.
Pero había algo familiar.
—La he visto antes —dijo.
Alistair la miró.
—¿Dónde?
Evelyn negó con la cabeza.
—No lo sé.
El médico examinó el cuerpo.
—Lleva muerta pocas horas.
Alistair se agachó.
—¿La cinta estaba con ella?
El médico señaló la mano de la mujer.
La cinta azul estaba enrollada alrededor de sus dedos.
Evelyn se acercó.
La mujer la sujetaba con tanta fuerza que había dejado marcas en su propia piel.
—No quería que se la quitaran —murmuró Evelyn.
Alistair observó la mano.
—O quería asegurarse de que nosotros la encontráramos.
Evelyn lo miró.
—¿Crees que la mataron por la cinta?
—Creo que alguien quería que nosotros creyéramos eso.
Evelyn comprendió inmediatamente.
El cadáver había aparecido en su jardín.
La cinta estaba en su mano.
Y alguien había dejado que el cuerpo fuera encontrado.
Demasiado conveniente.
—Entonces esto es una advertencia —dijo.
—O una trampa.
El médico continuó examinando el cadáver.
De pronto se detuvo.
—Señor Vale.
Alistair se acercó.
—¿Qué ocurre?
El hombre señaló el cuello de la mujer.
Había una marca apenas visible.
Un pequeño círculo rodeado por una estrella.
La misma estrella que Evelyn había visto en la pared de la capilla.
Alistair se quedó inmóvil.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Qué significa?
—No lo sé —respondió él.
Pero su expresión decía otra cosa.
Evelyn lo observó.
—Sí lo sabes.
Alistair no respondió.
—Alistair.
Él respiró profundamente.
—Mi hermano tenía esa marca.
Evelyn sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—¿Dónde?
—En su diario.
—¿En su cuerpo?
Alistair asintió.
—La encontré después de su muerte.
Evelyn lo miró fijamente.
—Nunca me lo dijiste.
—Porque pensé que estaba relacionada con su investigación.
—¿Y ahora?
Alistair miró el cadáver.
—Ahora creo que mi hermano no fue el primero.
Evelyn se quedó en silencio.
El misterio acababa de adquirir una dimensión que ninguno de los dos había previsto.
No se trataba únicamente de Evelyn.
Ni de Eliza.
Había alguien detrás de todo aquello.
Y llevaba años actuando.
Horas después, la casa volvió a quedar en silencio.
La policía se había llevado el cuerpo.
Los criados habían regresado a sus habitaciones.
Pero Evelyn no podía dormir.
Estaba sentada frente al espejo de su habitación.
Miraba su propio reflejo.
Por primera vez, aquel rostro le parecía ajeno.
—Eliza...
Pronunció el nombre en voz baja.
No sintió rechazo.
Tampoco reconocimiento.
Solo una extraña tristeza.
Alguien había llevado ese nombre antes que ella.
O quizá siempre había sido suyo.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Quién es?
—Yo.
Alistair.
Evelyn abrió.
Él permanecía en el corredor con algo en la mano.
—Encontré esto entre las pertenencias de la mujer.
Le entregó un pequeño medallón.
Evelyn lo abrió.
Dentro había un retrato diminuto.
De una niña.
La misma niña de la fotografía.
Evelyn dejó de respirar.
—Es Eliza.
Alistair asintió.
—Sí.
—¿Cómo puede tenerla esta mujer?
No respondió.
Evelyn volteó el medallón.
Había una inscripción en la parte posterior.
“Para mi hija. Cuando llegue el momento, busca a la señorita Bellamy.”
Evelyn levantó lentamente la mirada.
—¿Su hija?
Alistair miró nuevamente el retrato.
—Creo que acabamos de descubrir quién era la mujer.
—¿Quién?
Él señaló una pequeña inicial grabada en el metal.
M.
Evelyn negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué ocurre?
Ella recordó algo.
Una voz.
Una mujer cantando.
Una habitación iluminada por una ventana.
Y una frase que había escuchado cuando era niña:
“Mamá volverá por ti.”
Evelyn apretó el medallón.
—La conozco.
—¿A quién?
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—A la mujer que acaba de morir.
Alistair se quedó inmóvil.
Evelyn cerró los ojos.
Y entonces recordó por qué aquel rostro le había resultado familiar.
No la había visto recientemente.
La había visto trece años atrás.
La mujer que yacía muerta en el jardín había sido la última persona que Evelyn recordó abrazándola antes del incendio.
Su madre le había dicho que nunca había existido.
Pero ahora estaba muerta frente a su casa.
Y llevaba consigo un mensaje dirigido a ella.
Evelyn abrió los ojos.
—Alistair...
—¿Sí?
Miró el medallón.
—Creo que mi madre no fue la única que me mintió.
Y, por primera vez, Alistair comprendió que quizá la persona que más había protegido a Evelyn durante toda su vida...
podía ser precisamente la persona que había comenzado a destruirla.