Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 6 — La mansión Blackwood
A las seis de la tarde, Isabella estaba frente a su armario intentando decidir qué llevarse.
—Solo son doce meses —murmuró mientras sacaba otra blusa—. No necesito llevarme toda mi vida.
Emma, sentada sobre la cama, soltó una carcajada.
—Llevas una hora diciendo eso y ya tienes cuatro maletas.
—No sé qué voy a necesitar.
—Vas a vivir en una mansión, no a mudarte a otro planeta.
Isabella la miró.
—Para mí es casi lo mismo.
Emma se levantó y comenzó a ayudarla.
—¿Estás nerviosa?
Isabella guardó silencio.
—Un poco.
—¿Por él?
—Por todo.
No quería admitir que también estaba nerviosa por pasar tanto tiempo a solas con Alexander.
Hasta ese momento siempre habían estado rodeados de personas.
Ahora compartirían una casa.
Una vida.
Aunque fuera fingida.
Un automóvil negro apareció frente a la casa poco después de las siete.
Alexander bajó y entró.
—¿Lista?
Isabella señaló las maletas.
—Casi.
Alexander miró las cuatro enormes valijas.
—¿Eso es todo?
Ella abrió la boca, indignada.
—¿Todo?
—Pensé que serían más.
Emma se rio.
—Me cae bien.
Isabella la miró.
—No lo animes.
Alexander tomó una de las maletas.
—Yo llevo esta.
—Puedo llevarla.
—Lo sé.
—Entonces déjala.
—No.
Isabella negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Eso me han dicho.
El trayecto hasta la mansión fue silencioso durante algunos minutos.
Isabella observaba las luces de la ciudad por la ventana.
—¿Estás arrepentida? —preguntó Alexander de repente.
Ella se giró.
—¿De qué?
—De haber firmado.
Isabella pensó unos segundos.
—Todavía no.
Alexander la miró brevemente.
—¿Todavía?
—No te emociones. Solo llevamos unos días.
Él sonrió.
—Justo.
Cuando llegaron, Isabella quedó completamente sorprendida.
La mansión era mucho más grande de lo que había imaginado.
Tenía enormes ventanales, jardines perfectamente cuidados y una entrada iluminada que parecía sacada de una película.
—Es demasiado.
—Te acostumbrarás.
—No creo.
Alexander la observó.
—Yo tampoco me acostumbré.
Isabella lo miró sorprendida.
—¿No?
—Crecí aquí, pero nunca sentí que fuera mi casa.
Aquella respuesta la dejó pensando.
Antes de que pudiera preguntar algo más, la puerta principal se abrió.
Una mujer mayor los esperaba.
—Señor Blackwood.
—Elena, ella es Isabella.
La mujer sonrió.
—Bienvenida, señorita Valenti.
—Gracias.
—Su habitación está preparada.
Isabella miró a Alexander.
—¿Mi habitación?
—Sí.
—Pensé que…
Se detuvo.
Alexander levantó una ceja.
—¿Qué pensaste?
—Nada.
—Dilo.
—Pensé que compartiríamos habitación.
Alexander pareció divertido.
—El contrato dice que debemos vivir juntos, no que debamos compartir habitación.
Isabella sintió que sus mejillas se calentaban.
—Eso ya lo sabía.
—Claro.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
Pero claramente estaba conteniendo una sonrisa.
Elena los observó con curiosidad antes de marcharse.
Alexander tomó otra maleta.
—Ven. Te mostraré la casa.
Caminaron por varios pasillos.
Isabella descubrió una biblioteca enorme, un jardín interior y una terraza desde la que podía verse toda la ciudad.
—Esto es increíble.
—La biblioteca es mi lugar favorito.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Lees?
—Mucho.
—No pareces alguien que lea.
Alexander se detuvo.
—¿Y cómo parezco?
Isabella pensó un momento.
—Como alguien que solo trabaja.
Él sonrió.
—Quizá tengas que conocerme mejor.
Isabella sintió que aquellas palabras tenían un significado extraño.
—Quizá.
Alexander abrió la puerta de una habitación.
—Esta será tu habitación.
Era amplia, luminosa y tenía un enorme ventanal.
Isabella dejó su bolso sobre la cama.
—Es preciosa.
—Me alegra que te guste.
Alexander comenzó a marcharse.
—Buenas noches, Isabella.
—Buenas noches.
Cuando la puerta se cerró, Isabella se sentó en la cama.
Todo aquello estaba sucediendo demasiado rápido.
Había aceptado un matrimonio por contrato.
Ahora vivía en la casa de Alexander.
Y lo más extraño de todo era que, por primera vez, no estaba completamente segura de querer que aquellos doce meses terminaran tan rápido como había pensado.
Sin embargo, todavía no sabía que al día siguiente alguien llegaría a la mansión dispuesto a recordarle que aquel matrimonio tenía muchos enemigos.