Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 21: La Versión de Orión
—¿Así que ya lo sabías? —fue lo único que atiné a decir, cruzándome de brazos mientras sentía que las mejillas me quemaban.
Él soltó una risa suave, un sonido cálido que hizo que se me formaran nudos en el estómago. Se acomodó en el sofá, ladeando la cabeza con esa expresión indescifrable que tantas veces había interpretado mal.
—No exactamente —respondió Orión, cruzando las piernas—. Sabía quién era yo. Lo que me sorprende es que tú hayas tardado tanto en conectar los puntos, considerando cómo me tratabas desde el primer día.
Un destello de indignación me recorrió. ¿Cómo no iba a tratarlo así? Para mí, Tyron era simplemente el tipo enigmático, a veces exasperante, que aparecía en los momentos más inoportunos, el que parecía saber demasiado y siempre terminaba metido en medio de todo. Jamás, ni en un millón de años, se me habría cruzado por la cabeza que detrás de esa fachada se escondía la misma persona con la que había compartido tantas charlas intensas bajo el nombre de Orión. Era como descubrir que el protagonista de tu libro favorito había estado viviendo en tu bolsillo todo este tiempo.
—¡No era obvio! —protesté, sintiendo la necesidad de defenderme aunque mis argumentos sonaran endebles—. Tenías coartadas, tenías... otravibra, otro nombre. ¿Qué esperabas? ¿Que te dijera "Hola, Orión" a la primera de cambio?
Orión se puso de pie con un movimiento fluido y se acercó lentamente. Cada paso suyo parecía recortar la distancia no solo en el espacio, sino en todas las barreras invisibles que habíamos construido sin querer.
—Tus padres tenían razón, ¿sabes? —dijo en un tono más bajo, deteniéndose a pocos pasos de mí—. Ellos se daban cuenta de cómo cambiaba tu mirada cuando hablabas de uno y del otro. Para ellos, era tan evidente que asumieron que jugabas a mi nivel. Nunca intenté ocultarme realmente de ti; solo esperaba el momento en que decidieras mirar más allá de lo superficial.
Sus palabras me golpearon con una mezcla de frustración y una extraña y reconfortante certeza. Recordé la charla con mi mamá y mi papá, sus risas cómplices y el "¿Pensábamos que ya lo sabías?" que me había dejado con la boca abierta. Me habían delatado mis propias reacciones, mis silencios, la forma inconfundible en que mi corazón siempre terminaba reconociéndolo, sin importar el disfraz o el nombre que llevara puesto.
—Esto es injusto —murmuré, bajando la guardia poco a poco y dejando escapar un suspiro de rendición—. Me dejaste armar todo un drama en mi cabeza.
Orión sonrió de esa forma exclusiva que reservaba para estos momentos, inclinándose ligeramente para encontrar mi mirada.
—El drama fue tuyo, yo solo vine a ponerle un poco de orden a tu caos —replicó con una chispa de diversión en los ojos—. Y bien, ahora que las cartas están sobre la mesa... ¿qué plan tienes para compensarme por todo este tiempo de confusión?
El aire en la habitación cambió de golpe. Ya no había secretos entre nosotros, ni identidades dobles que valieran. Solo estábamos los dos, parados en el borde de una historia que por fin empezaba a llamarse por su verdadero nombre.